El audio secreto que me delató ante mi compañera
Llevaba meses deseando a mi compañera de piso, hasta que un día encontré una actriz con su misma voz. Esa tarde, creí que tendría toda la casa para mí.
Llevaba meses deseando a mi compañera de piso, hasta que un día encontré una actriz con su misma voz. Esa tarde, creí que tendría toda la casa para mí.
Llevaba años con esa parte de mí guardada en un cajón. Aquella tarde de calor, cuando Mariana sirvió la segunda copa y me sostuvo la mirada, supe que iba a sacarla.
La voz de Diego en el audio sonaba derrotada. Cuando escuché el nombre de ella, supe que llevaba meses engañándome desde su oficina.
Tenía veintiún años y era la hija de la pareja de mi mejor amiga. Yo le enseñaba ecuaciones; ella me enseñaba a no preguntar dónde había estado las noches que no aparecía.
Cuando Diego cerró la puerta de la furgoneta y desapareció hacia las luces del supermercado, supe que tenía media hora para hacer todo lo que llevaba meses imaginando.
Sonó el teléfono justo cuando él entraba por la puerta. Era mi novio. No podía colgar. Y mi ex no pensaba esperar a que terminara la llamada.
Subió a la camioneta diciendo que no podía abrocharse el cinturón. Cuando me incliné a ayudarla, su mano fue a otro lado y todo cambió de rumbo.
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Cuando me dijo en el coche que llevaba diez años solo con un hombre, supe que esa visita al cliente no iba a terminar como ninguno de los dos había planeado.
El timbre sonó pasada la medianoche y abrí esperando una pizza. Era un extraño con una botella en la mano y la verdad sobre mi mujer en los labios.
Cuando le ofrecí ducharnos juntas para quitarnos el sudor, pensé que sería un gesto inocente. Su forma de mirarme desde la puerta del baño me dijo otra cosa.
Cuando Aitana entró en la cafetería con esa camiseta ajustada, supe que no íbamos a hablar solo de pasos de baile. Tampoco íbamos a tomar café.
Entré a su casa sabiendo exactamente qué iba a pasar. Él estaba en la sala. Ella estaba en otro estado, ajena a todo.
Éramos enemigos declarados desde los cinco años. Nadie imaginaría que la chica que me hacía sangrar la nariz sería también mi primera mujer.
Me fui al convento a escapar de lo que sentía. Allí conocí a Valeria, con sus pecas y su mirada esquiva, y entendí que hay deseos que no se pueden rezar.
Cuando abrió la puerta no llevaba maquillaje y su mirada tenía algo de melancolía que me llegó al pecho antes de que intercambiáramos una sola palabra.
Llegó con la intención de decirle que no volvería. Subió en el ascensor repitiéndoselo. Pero cuando Elena cruzó la habitación hacia ella, todo lo que había ensayado se deshizo.
Jamás pensé que estar detrás de la cámara viendo a mi mejor amiga con otras dos mujeres iba a ser tan difícil de olvidar.
Teníamos los últimos días libres antes del casamiento. Sin ropa en casa, tomando mate, planeando la boda y recordándonos por qué nos habíamos elegido.
Me puse el vestido negro sin sujetador porque nadie me iba a ver. Error. Tres chicos de veinte años me miraron como si fuera lo único que existía en el mundo.