La travesti de la cinta azul en el cortijo
Me pusieron la cinta azul al cuello, la única distinta del resto, y bajé esas escaleras sabiendo que aquellos seis hombres iban a descubrir lo que escondía.
Me pusieron la cinta azul al cuello, la única distinta del resto, y bajé esas escaleras sabiendo que aquellos seis hombres iban a descubrir lo que escondía.
Hacía once meses que mi esposo no me tocaba. Esa noche, a solas con su mejor amigo y una lata de pintura, descubrí cuánto me había estado conteniendo.
Llevaba meses mirando sus fotos en la pantalla. La noche que me decidí a escribirle, no imaginaba que ese cuerpo iba a cambiarme para siempre.
Bajé al estacionamiento dispuesta a llorar sola, pero la mano que golpeó el vidrio del coche aquella noche no traía consuelo: traía una propuesta que no supe rechazar.
Bajé a la cocina a las tres de la mañana y la puerta de su cuarto estaba entornada. Adentro, una rubia despampanante ensayaba poses frente a la cámara. Y giró a mirarme.
Acepté la invitación al café convencida de que solo hablaríamos. Lo que no esperaba era que Mariana me ofreciera a su marido como prueba de que sí sabía dar placer.
Entré al baño como un hombre y salí con un minivestido y plataformas. Mi novia me esperaba en la sala con tres desconocidos y una sonrisa que lo decía todo.
Cuando el director gritó «corten», pensé que la jornada terminaba. Pero la actriz se quedó conmigo en el camerino, y ahí empezó otra escena que nadie iba a grabar.
Natalia solo quería depilarse antes de ir a la playa. No esperaba que la esteticista del hotel fuera tan impresionante, ni lo que encontraría bajo su bata.
Nunca había salido vestida a la calle. Ese viernes decidí que era el momento: minifalda, tacones y el vagón más lleno del año. Lo que pasó superó todo lo imaginado.
Me tendió la mano para saludarme y el corazón me dio un vuelco. Meses de charlas, de risas, de tensión acumulada. Solo faltaba saber qué haríamos con todo eso.
Nos dejaron solos en el hotel con la excusa de los zapatos. Cuando me arrodillé a calzarla, todo cambió. No debería haber pasado, pero ninguno de los dos lo detuvo.
Llevaba tres años trabajando con él. Sabía exactamente lo que era, lo que fingía ser. Ese fin de semana en el resort, Rodrigo iba a conocerse de verdad.
Llevábamos años de matrimonio cuando me confesó que su mayor fantasía no era con otro hombre. Era conmigo y otra mujer. Y tenía a la candidata perfecta esperando.
La idea fue suya: probar algo nuevo para reavivar la pareja. Cuando vi cómo lo miraba desde el fondo del salón, supe que esa noche yo ya había perdido.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa minifalda ajustada, supe que la noche no iba a terminar como la había planeado.
Llevábamos diez años juntos y yo fantaseaba con compartirla. Cuando ella se mudó por trabajo, alguien más cumplió esa fantasía sin que yo lo supiera.