La práctica privada que lo cambió todo
Todo el campus envidiaba al chico que el grupo de Rebeca había adoptado. Nadie sabía lo que le costaría ser de las suyas.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Todo el campus envidiaba al chico que el grupo de Rebeca había adoptado. Nadie sabía lo que le costaría ser de las suyas.
Cuando la hermana del bravucón buscó a Valeria en el gimnasio, traía una sola petición: que le enseñara a poner al tirano en su sitio. Esa noche, lo hizo de rodillas.
Me mandó una foto que solo se podía ver una vez. Cuando la abrí en el coche, frente a su portal, supe que esa noche iba a ser muy diferente.
Cuando ellas llegaron al edificio, mi vida gris encontró un foco. Lo que no esperaba era que ese foco terminaría consumiéndome por completo.
Fui a Madrid para hacer camas y fregar suelos. Nadie me advirtió que también aprendería a arrodillarme ante dos mujeres que lo decidirían todo sobre mí.
La puerta se abrió y Nadia me miró de arriba abajo con una sonrisa lenta. Detrás, Raquel cruzó los brazos. —Habla —dijo—. ¿Qué quieres?
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.
Sabía lo que quería hacer esa noche. Solo necesitaba oscuridad, silencio y el coraje de no ponerme límites a mí misma ni por un instante.
Entré a su cuarto esperando lo peor y salí con la certeza de que nunca volvería a verme los pies de la misma manera.
Ella llegó veinte minutos antes de la hora. Mi vecina seguía en el sofá. No tuve tiempo de nada: la puerta se abrió y todo empezó a desbordarse.
Caminé veinte cuadras con borcegos bajo el sol de mediodía para llegar con los pies exactamente como él los quería. Lo que vino después fue perfecto.
La conocí en un trabajo grupal del primer año y desde el principio hubo algo diferente. Lo que Camila guardaba en secreto sobre sus deseos me dejó sin palabras.
La criatura no te caza. Solo te observa correr y espera que te quedes sin fuerzas. Sabe desde el principio cómo termina esto.
Cuando exhaló el humo directo a mi cara y sonrió, supe que aquella noche no iba a terminar bien. Ni bien ni inocente.
Rodrigo abrió la puerta y encontró a su vecina en el pasillo, los ojos llorosos, el vestido tenso. Lo que le pidió minutos después no tenía nombre.
Adrián me ofreció llevarme a casa con mi guitarra. Debí haberle dicho que no. Pero había algo en su manera de mirarme que no me dejó responder.
Lo vi sentado en el banco y supe que era él. El hombre del plug con el corazón. Decidí darle lo que nunca había pedido: un espectáculo solo para sus ojos.
En el día a día no me pisa nadie. Pero cuando las luces se apagan y él me mira de esa manera, desaparezco. Solo existo para cumplir lo que me ordena.
Cuando Sofía nos citó a ver el cuarto del bebé, ninguna imaginaba que terminaríamos escuchando sus confesiones más íntimas y sin filtro.
Me había prometido que no volvería. Tenía las palabras preparadas, la voz firme. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, todo lo que había ensayado se desmoronó.