Mi novia decidió cuándo podía ir al baño
Nunca me había sentido tan a merced de nadie: desnuda, obediente y esperando a que ella decidiera qué hacer conmigo y cuándo podía aliviarme.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Nunca me había sentido tan a merced de nadie: desnuda, obediente y esperando a que ella decidiera qué hacer conmigo y cuándo podía aliviarme.
Cada gesto está calculado: el roce de las medias, el tacón que cuelga de mis dedos, la sonrisa que les hace sentir culpables. Hoy me he levantado con ganas de jugar.
Me pidió que me desnudara bajo esa luz cruda y obedecí sin preguntar; algo en su voz me decía que esa tarde dejaría de pertenecerme a mí misma.
Le pedí que se calzara mis tacones para sacarle una cabeza de altura, y en su cara entendí que esa noche él no mandaba nada.
No sabía cómo vestirme para mi primera vez en un sitio así. Lo que no imaginaba era que la noche terminaría conmigo de rodillas, en la oscuridad, deseando más.
No buscaba nada concreto cuando me senté en la barra. Pero aquel hombre de pelo cano me miraba como si ya supiera lo que yo todavía no me atrevía a admitir.
El candado se abrió con un chasquido seco y supo, antes de salir de la jaula, que él regresaba con el olor de otra mujer pegado a la piel.
Le prometí que no habría alivio hasta pisar la arena. De rodillas y con los ojos vendados, descubrió cuánto le gustaba la idea de que alguien la mirara.
Nunca pude distinguirlas. Una me besaba con ternura; la otra me ataba y me usaba. Tarde entendí que jamás hubo un error: las dos lo planearon todo.
No vería ni una sola cara. Solo sentiría manos que no conocía decidiendo cuánto valía mi cuerpo esa noche, mientras él miraba desde el otro lado de la pared.
Cuando el dedo huesudo del chamán se detuvo sobre ella, supo que su cuerpo sería el precio. Y que la selva entera la vería pagarlo, palmo a palmo.
Lo que vio por aquel agujero en la pared lo cambió todo. Días después, era él quien estaba desnudo sobre la camilla, suplicando que ella no se riera.
La llave cayó por la rejilla y ya no había vuelta atrás: estaba sola, desnuda y encadenada, sin saber cuántas horas tardaría él en volver a por mí.
Cuando cayeron las murallas y desenvainaron las espadas sobre sus caballeros, solo le quedaba una moneda de cambio: arrodillarse desnuda ante el hombre que lo había destruido todo.
Vino a mi casa con dos cervezas y una historia que necesitaba sacarse de adentro: la noche en que entendió que disfrutaba perder el control por completo.
Bastó una mano firme en su nuca para que entendiera que esa noche las reglas las ponía yo. Lo demás dependía de que ella se atreviera a quedarse.
La primera noche en la celda 118 le bastó para entender que ya no era dueño de su cuerpo, sino una pertenencia más del hombre de la litera de abajo.
Antes de leer una sola línea, la fotografía cayó de entre las páginas: mi amiga, bronceada y desnuda bajo un sarape, con un grueso anillo de hierro al frente del collar.
La conocí en la estación, despidiendo a su hijo. Parecía intocable, una médica seria y cauta. Nadie imaginaba lo que sería capaz de hacer cuando yo la convenciera de soltar el control.
El vestido rojo, los tacones y la jaula fría bajo la falda: Selena le había advertido que esa noche no saldría como hombre, sino como lo que ella decidiera.