Como travesti, le rogué a mi vecino que me usara
Tres semanas sin saber de él y no aguanté más. Le escribí «holi» y su respuesta me recordó lo único que era para él: su puta obediente.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Tres semanas sin saber de él y no aguanté más. Le escribí «holi» y su respuesta me recordó lo único que era para él: su puta obediente.
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.
Cuando Sofía entró al salón y encontró al prestamista atado y a su marido con la escopeta en la mano, supo que su mentira había llegado al final.
Cuando aceptamos bajar del coche, no sabía que mi blusa terminaría hecha jirones, las maletas en mis manos y el resto del fin de semana sin ropa interior.
Cuando desperté no recordaba cómo había llegado a esa cama. Estaba atada de pies y manos, y ella, vestida de cuero negro, me observaba desde el umbral.
Cuando mi ama abrió la puerta y olió el humo del salón, supe que esa tarde iba a probar la vara como nunca antes la había probado.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
Aquella noche descubrí que mi tía Catalina escondía algo bajo su apariencia de esposa modelo, y que yo iba a ser la primera en averiguarlo.
La cerradura me pesaba entre las piernas, el vestuario estaba vacío y él había llegado media hora antes. Lo que pasó después no estaba en el plan.
Si te viera con ese vestido verde, me acercaría gateando y te besaría los pies antes de pedir permiso para mucho más. Hoy desperté hambrienta de ti.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
Cuando subí al taxi rumbo a las afueras todavía podía echarme atrás. No lo hice, y horas después me arrepentiría con las muñecas atadas al cabecero de su cama.
Un bravucón que nunca aprendió a respetar. Ese día en el parque iba a recibir la lección que nunca olvidaría, de las mismas manos que había intentado humillar.
Quería jugar conmigo como si fuera una muñeca. Me vistió capa por capa, me puso la correa y dijo que eso era apenas el principio.
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.
Cuando vi la silla preparada con ese objeto enorme sobresaliendo del asiento, supe que la noche no sería una cena normal.
La vela ardía a dos centímetros del alambre. Solo necesitaba aguantar un minuto sin moverse y la marca sería suya. Natalia no dudó ni un instante.
Cuando le dije que había sido una niña mala, ya sabía lo que vendría. La até, la castigué y tomé lo que era mío. Ella solo pedía que no parara.
Pidieron ser marcadas. Valeria fue la primera en hablar. Cristina asintió. Lo que vendría después de la llama no se parecía a nada que hubieran imaginado.