Mi jefe me ofreció dinero por arrodillarse ante mis pies
Me ofreció dinero por dejarlo arrodillarse. Lo que no le dije es que, una vez en el piso, sería yo quien decidiera cuánto le iba a costar cada centímetro.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Me ofreció dinero por dejarlo arrodillarse. Lo que no le dije es que, una vez en el piso, sería yo quien decidiera cuánto le iba a costar cada centímetro.
Me pidió que no me lavara antes de ir. Pensé que sería un capricho más, pero esa noche descubrí hasta dónde podía llegar mi propia vergüenza.
Cuando abrió la puerta y lo vio ahí parado, supo que nadie lo había mirado nunca como ella estaba a punto de mirarlo. Y él pensaba demostrarle que todos se equivocaban.
«No te muevas de ahí», me ordenó con la voz baja, apretando el talón contra mí. Y yo, un desconocido, obedecí sin pensarlo dos veces.
«Quiero ver algo nuevo», dijo desde el sillón. Y yo ya sabía exactamente con qué iba a sorprenderlo, aunque significara arrastrar a Vera conmigo.
El aire de la habitación se había vuelto irrespirable cuando Él nos miró y dijo que esa noche teníamos que demostrarle hasta dónde éramos capaces de llegar por su placer.
Entré al chat solo para vender lencería usada por unos billetes fáciles. Nunca imaginé que aquel hombre del pañuelo azul me haría volver al baño por mi cuenta.
Bastó deslizar el tacón fuera del talón para que dejara de mirarme a los ojos. Y yo descubrí cuánto poder cabía en la punta de un pie.
Pensé que solo iría a mirar cómo se rodaba la película más sucia de Europa. No me avisaron de las dos butacas, ni de la mujer que ocupaba la de al lado.
Llevábamos toda la noche en lo mismo, pero verla de espaldas, a punto de meterse al agua, me recordó que la mañana también tenía sus reglas.
Le dije que había baños en el local. Vi cómo entendía lo que de verdad le ofrecía, y cómo su cuerpo lo deseaba antes de que su orgullo terminara de rendirse.
Nunca había aceptado un encargo así: él solo quería sentarse a mirar mientras otros me usaban, y guardar para el final lo que ellos dejaban dentro de mí.
Tenía los pies hinchados por el partido y una sonrisa que lo sabía todo. Yo solo quería arrodillarme y demostrarle hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
El mensaje de aquella mañana no dejaba lugar a dudas: esa tarde yo no iba a ser un hombre, iba a ser su juguete. Y ella pensaba cobrarse cada promesa al pie de la letra.
Cuando levanté la copa y noté que el líquido estaba tibio, supe que aquella desconocida acababa de convertirme en su juguete favorito de la noche.
No podía dejar de mirarle las botas. Cuando me pilló, en vez de apartarse, me preguntó si era de los que se mueren por besar suelas.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
Le dije que sí sin saber si podría cumplirlo. Esa noche descubrí que mis límites eran mucho más flexibles de lo que yo creía, y que me gustaba.
En el juego del «yo nunca» conté mis fetiches sin pensarlo. Semanas después, él montó la escena perfecta para convertirme en la más patética de los dos.
Nunca me había sentido tan a merced de nadie: desnuda, obediente y esperando a que ella decidiera qué hacer conmigo y cuándo podía aliviarme.