Me até a la cama y no fui yo quien me soltó
Las correas se cerraban más cuanto más tiraba. Estaba atada, ciega y empapada en mi propia cama cuando la puerta del dormitorio se abrió y oí dos voces.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Las correas se cerraban más cuanto más tiraba. Estaba atada, ciega y empapada en mi propia cama cuando la puerta del dormitorio se abrió y oí dos voces.
La primera dómina me había dejado con hambre. Cuando vi su publicación —«busco una baby»—, no lo dudé: respondí esa misma madrugada.
Cuando la anestesia se disipó y abrió los ojos, ya estaba desnudo, esposado a una silla y rodeado por cuatro mujeres que llevaban un mes esperando ese momento.
Llevábamos meses rozándonos en los pasillos sin decir nada. Esa noche, en el bar, ella se apoyó contra la pared y supe que ya no había vuelta atrás.
Era viernes y solo quería terminar la cerveza e irme a casa, hasta que una mano femenina se apoyó en mi brazo y dejó dos copas sobre la mesa.
Desde el umbral de la celda la vi contonearse contra la madera grasienta, los ojos fijos en el reloj. Una hora. Después entraría el hombre de la fusta.
—Te lo advierto: todo lo que me hagas, lo vas a sufrir o lo vas a disfrutar tú también. Esa es mi única condición —dijo ella, mirándolo desde arriba.
Ni siquiera leí las cláusulas. Sabía lo que quería: vivir con él, hacer lo que se me antojara con su cuerpo y, cuando muriera, quedarme con todo.
Solo iba a estacionar la camioneta. Pero el teléfono de mi padre se encendió en el asiento, y lo que descubrí cambió la forma en que miraba a mi madrastra.
La regla era simple: no ducharse hasta que ella lo permitiera. Y Lucía obedecía de rodillas, esperando el siguiente castigo como quien espera un regalo.
Subí a la camilla con la bata mal cerrada, creyendo que era una revisión de rutina. No imaginé hasta dónde estaría dispuesta a dejar que llegaran sus manos.
La miraba doblar sábanas con esas calzas claritas y rezaba para que no notara el bulto en mi short. Hasta que un día giró la cabeza y me preguntó por qué la miraba así.
Llamé a su puerta sabiendo que ya no había marcha atrás. Quince años esperando este momento, y por fin me tocaba pagar lo que no me atreví a hacer aquella noche.
Las órdenes fueron claras: nada de móviles, nada de cámaras. Y un contrato que firmé sin leer del todo, porque ya sabía que esa noche dejaría de ser una persona.
Cerré la puerta, lo besé sin permiso y entendí que esta vez no me iba a ir hasta conseguir exactamente lo que había venido a buscar, con toda la sala escuchando.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Reproduje el video antes de enviarlo y supe que no era suficiente: todavía quedaba orgullo en mi voz, y él lo notaría enseguida.
Brindamos, di el primer sorbo y casi lo escupo. Él sonrió y me dijo al oído que no me iría de ahí hasta vaciar la botella. Su familia estaba a un metro.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.