La fantasía que Valeria convirtió en mi condena
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Me dijeron que el cliente era especial. No me dijeron que era el hombre más temido de la ciudad. Ni que en cuanto lo até, empezaría a romperse de verdad.
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
Cuando Diego entró al apartamento, Laura no sabía que ese hombre joven y callado le iba a devolver algo que había perdido sin saber exactamente cuándo.
Bajé 22 kilos. Mi cuerpo tiene cicatrices que nunca vi venir. Y cada semana le miento a mi familia con una sonrisa forzada en la pantalla.
Llegó empapado, con las marcas de la última sesión todavía latiendo bajo la ropa. Nadie en la ciudad sabía que el hombre más temido venía a arrodillarse ante mí.
Me despertaron con un pitido y tres esclavos desnudos en el pasillo. A las nueve me daban cien azotes. A las diez me encerraban en una jaula.
Cuando la vi bajar por las escaleras envuelta en gasas de colores, con esa mirada de hambre, supe que aquella tarde iba a cambiar muchas cosas.
Tiene muchos nombres para mí. Ninguno importa mientras la miro obedecer desde el otro lado de la pantalla, esperando el día en que la tenga de rodillas frente a mí.
Él salió del baño y la encontró como la había dejado: rendida sobre la sábana, marcada con sus huellas. Las nalgas enrojecidas eran su firma en ella.
La Ama anunció la revisión con esa sonrisa que siempre me helaba la sangre. Supe de inmediato que ese día sería diferente a todos los anteriores.
Estaba sola en el salón cuando ella entró, arrastró su silla hasta quedar frente a mí y cruzó las piernas. —No pares —dijo. Y yo no paré.
Lorena me dijo esa tarde, con una calma que me dejó sin palabras, que su hermana necesitaba compañía y que no le importaría que fuera yo.
Vestido de fulana, colgado del arnés y con el corazón latiéndome de vergüenza, comprendí que había llegado más lejos de lo que nunca había pedido. Y aún así pedí más.
Cuando me dijeron que era su propiedad, pensé que era una amenaza vacía. Pero cuando Celestina apareció con la fusta en la mano, entendí que no había vuelta atrás.
Llegó con la intención de decirle que no volvería. Subió en el ascensor repitiéndoselo. Pero cuando Elena cruzó la habitación hacia ella, todo lo que había ensayado se deshizo.
Esa mañana era el cumpleaños de Valeria y yo había planeado cada detalle. Faltaba una sola pieza: la desconocida que esperaba en la estación con una gabardina y sin nada debajo.
Cuando por fin lo dije en voz alta, su mirada cambió. Ya no era solo mi amigo. Era otra cosa, y yo lo había pedido desde el principio.