Contraté una mucama sumisa y terminé de rodillas
Limpió mi cocina de rodillas, con un uniforme que no cubría nada, mientras yo creía estar al mando. Tardé poco en entender quién mandaba de verdad esa noche.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Limpió mi cocina de rodillas, con un uniforme que no cubría nada, mientras yo creía estar al mando. Tardé poco en entender quién mandaba de verdad esa noche.
Carolina chupaba el chorizo recién frito con los ojos cerrados, y Marcos supo en ese instante que esa noche la cena se convertiría en algo muy distinto.
Lo había guardado tanto tiempo que ya formaba parte de mí: ese deseo que solo aparecía cuando estaba demasiado excitada para tenerle vergüenza a nada.
Nunca le había confesado a nadie hasta dónde llegaba cuando me quedaba sola. Esa mañana decidí grabarlo y dejar que un desconocido lo viera todo.
Cada noche despierto empapado en sudor con la misma escena: doña Vilma cerrando la puerta con llave, calzándose los guantes y prometiéndome que esta vez no habría risas.
Las palabras salieron de mi boca antes de pensarlas, y en cuanto las dije supe que ya no había vuelta atrás. Él me miró distinto.
Cada mañana bajaba a desayunar rezando por encontrarlo otra vez en calzoncillos, fingiendo que no se me iba la mirada. Él lo sabía. Y empezó a buscarlo.
Beatriz bajó a la cocina creyendo que lo de la noche anterior había sido un desliz. Su yerno la esperaba con un café frío y una condición que lo cambiaría todo.
Dejó la maleta en medio del living y empezó a tratarme de inútil. Aguanté tres días. Al cuarto, le bajé los humos sobre la cama y descubrí que la altivez le duraba poco.
Yacía atada con seda negra, temblando, susurrando una súplica que yo no pensaba conceder. Esa medianoche le enseñé otra vez lo que significa pertenecerme.
El espejo me devolvía a una novia perfecta. Nadie imaginaba lo que me obligarían a hacer en la habitación 131 antes de subir al coche nupcial.
Levantó la mano contra mí delante de todos, y en cuestión de segundos pasó de creerse un macho intocable a suplicar de rodillas, desnudo y temblando.
Bastó una frase en aquella terraza para que dejara de ser su amigo y pasara a ser su juguete. Lo que vino después no lo había imaginado ni en mis peores noches.
Llegó con la mochila al hombro y un trabajo a medias. No imaginó que esa tarde alguien le ordenaría sentarse recta y mirarlo a los ojos.
La tenía enjaulada al lado de la mesa, en cuatro patas, mientras mis amigos comían y le tiraban las sobras al suelo metálico. Solo era el principio.
Nadie en mi barrio imagina que la mujer aburrida del cuarto piso sueña cada noche con perder el nombre, la ropa y la dignidad ante alguien mucho más joven que ella.
Atada en la jaula, Renata aún se creía intocable, segura de que sus esclavos darían la vida por ella. Darío sonrió: iba a demostrarle cuánto valía esa lealtad.
Tenía el chalet, los coches y una esposa que detenía conversaciones. Nadie sabía que, dentro de aquellas paredes, él no era más que su sirviente desnudo.
Damián nos vio entrar maquilladas y obedientes, levantó su copa y sonrió. Esa tarde íbamos a descubrir hasta dónde estábamos dispuestas a llegar las tres por complacerlo.
Siempre supe que mi sitio estaba de rodillas, pero jamás imaginé que tres mujeres me harían suplicar para decidir si merecía servirlas.