Entré al consultorio como hombre y la doctora me cambió
Fumaba desde los dieciocho y nada me había hecho parar. Hasta que mi mujer encontró a esa doctora de tacones imposibles y sonrisa de depredadora.
Fumaba desde los dieciocho y nada me había hecho parar. Hasta que mi mujer encontró a esa doctora de tacones imposibles y sonrisa de depredadora.
Compré lencería nueva, una peluca negra y tacos altos para ese sábado. No imaginé que mi cuerpo me jugaría una mala pasada justo en el mejor momento.
Esa semana me había comportado como una insolente, y él me lo advirtió: ya veríamos si seguía tan altiva cuando lo tuviera frente a frente, de rodillas.
Siempre fue ella quien empuñó la correa. Esa noche, encadenada al potro, descubrió que también las reinas terminan arrodilladas ante un ama más cruel que ellas.
Nadie lo sabe. Ni siquiera la persona con la que duermo cada noche. Pero cuando cierro los ojos me veo frente al espejo, transformado en otra, lista para él.
Solo llevaba un vestido corto y nada debajo. Quería sentir el aire libre entre las piernas y, sobre todo, quería que me miraran sin que nadie lo supiera.
Una ráfaga de aire me levantó la falda y nadie debajo importó: yo solo buscaba unos ojos capaces de mirarme de frente, sin disimulo, y encontrarlos.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Compartíamos camarote desde hacía un mes, pero esa madrugada, con sus lágrimas todavía húmedas, descubrí que ella nunca había estado con otra mujer.
El camión quedó varado en la fábrica hasta el día siguiente, y aquella tarde de cervezas terminó destapando lo que ninguno de los dos había contado jamás.
Siempre fui un hombre de fútbol y conquistas, hasta que la primera tanga rozó mi piel depilada y entendí que ya no había vuelta atrás.
Aquella mañana me rasuré las piernas, me puse las plataformas blancas y salí del auto sabiendo que toda la gente de la calle me iba a mirar. Y vaya que me miraron.
Llegué a su puerta temblando, sin saber que esa noche un vestido barato y unos tacones de plástico iban a cambiar todo lo que creía saber sobre mí.