Mi secreto salió a la luz con el guardia ese domingo
Me paseé por la planta vacía convencida de que nadie sabía lo que llevaba debajo. No conté con que el guardia tampoco dejaría de mirarme el trasero.
Me paseé por la planta vacía convencida de que nadie sabía lo que llevaba debajo. No conté con que el guardia tampoco dejaría de mirarme el trasero.
Cada semana repetían el mismo ritual privado, pero esa noche, con su prima durmiendo al otro lado del pasillo, ella descubrió cuánto le gustaba obedecer.
Cada paso hacía tintinear los engranajes del corsé y dejaba ver el liguero. Esa noche ninguno de los dos pensaba salir de la fiesta como había entrado.
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Le pedí que respetara lo pactado y, mientras la cuerda me sostenía las muñecas, recé en silencio para que no me hiciera caso. No me lo hizo.
Tres días huyendo por el desierto la dejaron sin fuerzas. Cuando por fin encontró agua, un cañón de escopeta la apuntaba a la cara y una voz le exigió desnudarse.
Llevaba toda la semana cuerda y prudente. Bastó una botella de cava en aquella terraza para que dejara de serlo, justo cuando sonó el timbre por segunda vez.
Se conocían desde la adolescencia y se deseaban en silencio. Cuando ambas se casaron con hombres que las dejaban libres, dejaron de esconderse.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde llegaría su curiosidad antes de que se atreviera a mirar.
Cuando Mariela me apoyó las manos en las caderas en la cocina, supe que esa misma semana iba a terminar reservando una sesión en su cabina.
Le pedí a Damián que me acompañara y se quedara en la sala de espera. El doctor lo invitó a pasar. Yo no dije nada. Ese silencio lo cambió todo.
Pensé que confesarle mi fantasía la espantaría. En cambio, volvió de visitar a su hermana decidida a cumplirla, y a convertirme en el espectador de mi propia humillación.
Pensé que tenía la casa entera para mí. Cuando escuché esa voz grave a mis espaldas, supe que mi secreto acababa de quedar al descubierto.
Fumaba desde los dieciocho y nada me había hecho parar. Hasta que mi mujer encontró a esa doctora de tacones imposibles y sonrisa de depredadora.
Compré lencería nueva, una peluca negra y tacos altos para ese sábado. No imaginé que mi cuerpo me jugaría una mala pasada justo en el mejor momento.
Esa semana me había comportado como una insolente, y él me lo advirtió: ya veríamos si seguía tan altiva cuando lo tuviera frente a frente, de rodillas.
Siempre fue ella quien empuñó la correa. Esa noche, encadenada al potro, descubrió que también las reinas terminan arrodilladas ante un ama más cruel que ellas.
Nadie lo sabe. Ni siquiera la persona con la que duermo cada noche. Pero cuando cierro los ojos me veo frente al espejo, transformado en otra, lista para él.
Solo llevaba un vestido corto y nada debajo. Quería sentir el aire libre entre las piernas y, sobre todo, quería que me miraran sin que nadie lo supiera.
Una ráfaga de aire me levantó la falda y nadie debajo importó: yo solo buscaba unos ojos capaces de mirarme de frente, sin disimulo, y encontrarlos.