El amigo de la otra cuadra y los masajes que cambiaron todo
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Lucas llevaba cinco años en el oficio y creía haberlo visto todo, hasta que el encargado abrió el gabinete y se topó con cuatro gigantes desnudos esperando.
Cuando entró al baño no esperaba que se arrodillara entre mis piernas, ni que su lengua decidiera por mí lo que llevaba años evitando preguntar.
Bajamos al salón donde varias parejas se entregaban entre ellas. Yo solo debía mirar. Pero la imagen de él entrando en otra mujer regresó por las noches.
Bajamos a una playa vacía y nos quitamos los trajes de baño. Diez minutos después, sentí que los binoculares del segundo piso de aquella lancha grande no nos perdían de vista.
Pedí lubricante y condones de fresa, llamé un Uber y me dejé llevar hasta su cochera, sin saber que aquella tarde volvería a sentirme como una mujer entre las manos de un hombre.
Llevaba semanas escribiéndome con ella sin saber que vivíamos a quince minutos. Cuando me mandó la dirección a la una de la madrugada, no lo pensé dos veces.
Llevaba un bikini de chapa y la mitad del cuerpo al aire cuando ella apareció vestida igual que yo, sonriéndome como si ya supiera cómo terminaría la tarde.
Iba con la boca entre sus piernas a ciento veinte por hora cuando sonó la bocina del camión por segunda vez. Supe que el viaje no terminaba en la próxima curva.
Cuando sonó el timbre por segunda vez aquella tarde, supe que el chico del sofá no era el repartidor del anuncio. Y entonces se miraron.
Apretados entre la gente, vi una mano subiéndole la falda. Ella me buscó con la mirada y, por dentro, yo tampoco quería que parara.
Cuando llegamos esa noche, mi mujer ya tenía el plug puesto. Lo que no esperábamos era cruzarnos con un chico de diecinueve años que cambiaría la rutina.
Llevaba meses encerrado y sin sexo cuando bajé la app y puse «busco cuarto». El mensaje del desconocido parecía oferta de hospedaje. Su mano en mi nalga me sacó del engaño.
Cuando lo vi en la mirilla de la puerta, con la chaqueta mojada por la lluvia y esa media sonrisa, supe que todo lo que habíamos imaginado por pantalla iba a quedarse corto.
Habíamos jurado que en el playroom solo sería sexo oral. No contábamos con la mirada del hombre de al lado, ni con las manos de su mujer en mi espalda.
Lo juzgué nada más verlo en la marquesina con su polo rosa y su jersey al hombro. Veinte horas después, ese mismo niño rico me abría la puerta de su casa.
La cerradura me pesaba entre las piernas, el vestuario estaba vacío y él había llegado media hora antes. Lo que pasó después no estaba en el plan.
Llevábamos meses fantaseando con verla en pantalla, pero ninguno imaginó que el chico tras el objetivo dejaría la cámara para meterse en la cama con nosotros.
Llevaba meses sospechando que sus carreras nocturnas eran otra cosa. La seguí una vez y entendí por qué volvía siempre tarde y con olor a hombre.
Habían cancelado la reunión, me dieron la tarde libre y decidí que me iba a poner el camisón rosa. Lo que no calculé fue quién iba a estar mirándome desde la vereda.