Mi labial rojo la delató frente a su novio
Salí del baño con la boca corrida y un latido nuevo. Ella, con la huella roja de mi labial en sus labios, no sabía que su novio ya la estaba mirando.
Salí del baño con la boca corrida y un latido nuevo. Ella, con la huella roja de mi labial en sus labios, no sabía que su novio ya la estaba mirando.
Cuando dejó caer la cabeza sobre mi hombro a las dos de la madrugada, supe que esa noche el regreso no sería como los otros. Y su mano ya buscaba la mía.
Daniela arrastraba a su novio inconsciente hacia el taxi. Levantó la vista hacia el conductor y supo, antes de que él hablara, que la noche aún no estaba terminada.
Cada noche fui al mismo restaurante solo para verla. La última, me dejó un papelito con un número y una hora escrita a mano. A las once en punto, marqué.
Llegó al aparcamiento sin saber qué esperar; cinco minutos después, un Clio gris frenó pegado al suyo y desde el cristal lo miraba una mujer que no había visto en su vida.
La sala estaba casi vacía cuando empezó la película, y yo ya sabía que no iba a mirar la pantalla. Tenía otros planes para esa última fila.
Aquella noche en el hotel descubrí que algunos placeres tienen un precio que el cuerpo paga al día siguiente, y que mi esposo nunca olvidaría.
Cuando sonó el timbre a las nueve en punto del segundo día, ya sabía que aquel hombre no iba a marcharse sin tocarme. Lo que no imaginaba era lo del tercero.
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.
Cuando se dio vuelta sobre la cama y vi lo que colgaba entre sus piernas, supe que esa tarde en el hotel del pasaje no iba a salir de mí en años.
Cuando sus dedos rozaron los míos sobre la mesa, supe que esa noche iba a recuperar algo que mi novia llevaba meses haciéndome olvidar de a poco.
Cuando vi su cuerpo desnudo sobre la toalla azul supe que no me iría sin cumplir tu encargo. Aún no lo había tocado y ya empezaba a responder bajo mi mirada.
Cuando los dos hombres que mi marido había contactado se fueron, me quedé con las ganas. Hasta que escuchamos una voz desde la habitación de al lado y todo cambió.
Llevaba dos días bajando las cortinas para esconder lo que hacía. Aquella última mañana decidí dejarlas abiertas, y la mujer del uniforme se quedó plantada al otro lado del patio.
Le aullé al desconocido con máscara de lobo en medio de la pista. No imaginé que esa misma noche me llevaría al baño ni que volvería a verlo una semana después.
Iba con prisa hacia el portal, vi su melena oscura desde lejos y la abracé por detrás sin pensarlo dos veces. No era ella. Y aun así, no me apartó la mano.
Iba sola en el asiento de adelante. El calor, su mirada en el espejo, y un comentario suelto que jamás debí haber respondido como lo hice esa madrugada.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
En el barrio, Camila era invisible. Hasta esa tarde gris en que un desconocido en el supermercado encendió en ella algo que llevaba años en silencio.
Nunca había besado a una mujer. Pero aquella mañana, en el probador de una tienda casi vacía, ella puso las manos en mi cintura y dejé que pasara todo.