Volví al juego y ella seguía esperándome en el banco
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos cuando volví al juego, y todos terminaban con la misma captura: su avatar sentada en el banco vacío, esperándome a horas distintas.
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos cuando volví al juego, y todos terminaban con la misma captura: su avatar sentada en el banco vacío, esperándome a horas distintas.
Subí al ascensor con las manos sudadas. Llevaba semanas hablando con él por internet, pero ahora estaba ahí, a tres pisos de saber si era capaz de hacerlo.
Carla entró al baño aislado del festival apretando como podía y se quedó hipnotizada con el vello rosa de la desconocida que estaba meando frente a ella.
Cuando me alejaba sola por la orilla, sentí su mirada fija en mí desde el bar. Y supe que esa semana aún no se había terminado del todo.
Llegué temprano a la piscina con un bikini que dejaba poco a la imaginación. Quería saber si la chica de la sonrisa coqueta se animaría a algo más.
Era pasada la una cuando llamó a mi puerta. Vivía a dos cuadras, con su novio, y juraba que solo me haría una mamada rápida. Ninguno cumplió la promesa.
Bastó un comentario anónimo y una respuesta privada para que la autora del relato y su lectora terminaran besándose entre las Torres de Serranos.
La llave cayó al agua y la puerta trasera se trabó. Atrapados en un metro cuadrado, esposados y semidesnudos, descubrimos algo que ninguno imaginaba.
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Salí a despejarme un sábado por la tarde. Cuando levanté la vista del café, ella ya estaba sentada frente a mí, sonriendo como si me conociera de toda la vida.
Pensé que ya sabía lo que era el placer hasta que esa noche, descalza sobre la arena, una mano desconocida me apartó el pelo de la nuca.
Entré sola al probador con un body de encaje rojo en la mano. No sabía que del otro lado de la cortina un extraño esperaba el momento exacto para mirarme.
Acababa de mudarme cuando vi a la chica del patio de al lado quitarse la toalla. No imaginaba que ella ya sabía exactamente dónde estaba yo.
Mis amigos paseaban riendo entre vitrinas. Yo me detuve frente a la suya y, por la forma en que me devolvió la mirada, supe que aquella noche no era para ellos.
Me dije a mí misma que solo era curiosidad. Subí cuatro fotos, puse mi nombre falso y esperé a ver si todavía me miraban. Esa misma semana apareció Matías.
Su relato me había tocado más de lo previsto. Tres días después, sin avisarla, me bajé del tren en Sevilla y subí hasta su puerta.
Bajé al pasillo del baño cuando ya nadie miraba. Escuché su voz primero, después la suya. No abrí la puerta. Me quedé quieto, oyendo cómo se rompía mi vida.
Lo vi al otro lado de la estantería abierta y supe que no estaba estudiando. Cuando entró al baño y me habló del cansancio, ya sabía que esa tarde no abriría un libro.
Subí a la furgoneta de un grupo de guiris sin pensarlo dos veces. Mi novio tardaría diez minutos en volver del supermercado. A mí solo me hacía falta uno.
Tenía cincuenta y dos años, un matrimonio tibio y unas medias de encaje que esa mañana decidió usar. Lo que no esperaba era el hombre que subiría dos paradas después.