La mañana que escapé del trabajo para verlo a él
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
El short de bicicleta apenas disimulaba lo que llevaba debajo, y cuando me pidió que me quitara la ropa supe que aquella tarde no iba a ser una depilación normal.
Subí al avión con el rabo duro, igual que cada día desde que tengo memoria. Lo que no imaginaba era que aquella sacerdotisa me cambiaría la vida en una sola noche.
Llevaba meses pensándolo. Esa noche, en un hotel lejos de casa, encendí la app y aceptó subir a mi habitación el primero que apareció a un metro de distancia.
Entró nervioso, casi sin mirarme, y se quitó la ropa antes de que yo terminara de buscar el canal. Tenía piercings en las tetillas y una sonrisa torcida.
Me miré al espejo con su lencería puesta, los tacones y los labios pintados, y supe que no podía quedarme en casa. Eran las dos de la mañana.
Pensé que solo era curiosidad. Hasta que vi su foto, sentí cómo se me aceleraba el pulso, y entendí que llevaba tres años evitando lo que ya había decidido.
Lo de buscar sexo por internet siempre había salido bien, hasta esa tarde de viernes en la habitación 207, cuando entendí que con extraños uno nunca sabe.
Cuando mi madre se abrió de piernas en la hamaca, supe que esa tarde en la playa nudista no íbamos a volver solos a la villa.
Volvimos del bar mareadas, las dos solas en la habitación. Y entonces golpearon la puerta cinco hombres a los que ya les habíamos dicho que no.
Uno era atlético y casado. El otro, un señor de paso por mi ciudad. Con los dos descubrí cosas que nunca había sentido y que todavía me persiguen cuando cierro los ojos.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. Pensé que era ella otra vez; era él, con dos bolsas en las manos y una mirada que no dejaba lugar a dudas.
Descubrí que algunos hombres se paraban frente a las rendijas de los privados, respirando agitados. Esa noche decidí darles algo que mirar.
Volvíamos de la playa hacia el camping cuando una chica nos hizo dedo en mitad del camino. No sabía que esa noche iba a descubrir otra cosa.
Esa tarde no buscaba amor ni explicaciones; buscaba dos cuerpos distintos en una misma habitación de motel y la certeza de que nadie sabría jamás lo que pasó allí.
Cuando lo vi entrar al cuarto oscuro detrás de mí, supe que la noche no iba a terminar en mi cama. Tenía el cuerpo de los que solo se ven en revistas.
Pensé que la lluvia me dejaría sin nada. A veinte metros vi al muchacho moreno junto a la banca, empapado, y entendí que la noche apenas empezaba.
Llevaba años imaginándolo viendo videos a escondidas. Una tarde, un mensaje en una página de contactos, y un desconocido subió a mi coche dispuesto a cambiarlo todo.