Lo que descubrí en el club gay de la Americana
Pagué la entrada, dejé la ropa en el casillero y me quedé en bóxer. No sabía que en menos de dos horas iba a olvidar mi nombre cuatro veces seguidas.
Pagué la entrada, dejé la ropa en el casillero y me quedé en bóxer. No sabía que en menos de dos horas iba a olvidar mi nombre cuatro veces seguidas.
Hablamos durante semanas sin enviarnos una sola foto, hasta que ella me dijo que quería ser la primera en hacérmelo, en persona, en su cama.
Apenas me abrió la puerta me besó, sin preámbulos, sin que importara que yo tuviera novio esperándome en casa dos horas más tarde.
Subimos al amanecer con la cámara y una idea atrevida. No esperaba que dos extraños aparecieran justo cuando empezaba a soltarme entre los pinos.
Apretujado en el asiento de atrás, su pierna sudorosa contra la mía, sentí cómo su mano se deslizaba bajo la camiseta mientras mis padres conversaban adelante.
Cuando empujé la puerta de la consulta y vi a dos hombres en bata, supe que aquella revisión médica no iba a ser como las demás.
Llevaba días escondido entre las matas, mirándola moverse sobre otro hombre cada noche. Cuando él faltó por una fiebre, yo me acosté en su lugar.
Crucé la puerta nervioso, las manos sudando, sin saber cómo coquetearle. Cuando le rocé el paquete con los dedos, supe que esa tarde no me iba a ir solo con un corte.
Cuando subí al auto y la vi al volante, ya no me importaron los expedientes ni los plazos. Esa última semana hábil antes de Navidad me cambió la agenda entera.
Quería que la miraran. Que se la comieran con los ojos. Lo que no esperaba era que uno de los desconocidos del fondo se atreviera a buscarla en las duchas.
Esa carpeta no debía existir. Pero la abrí, y entre cientos de fotos mías dormida y desnuda, encontré algo peor: el correo donde él las regalaba.
Llevaba años fantaseando con perder la virginidad, pero nunca imaginé que sería entre dos hombres peleándose por decidir quién entraría primero.
Llevaba quince años casada y nunca había mirado a otro hombre. Hasta que Lorenzo le ofreció enseñarle su taller a las siete de la mañana y cerró la puerta con llave.
Tenía la casa para mí sola, cuatro tragos en el cuerpo y la certeza de que cuatro hombres me observaban desde el andamio. No iba a desperdiciar la mañana.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Cuando él me ató el antifaz negro y abrió la puerta del reservado, no imaginé que detrás de una de aquellas máscaras me esperaba alguien que conocía desde la infancia.
Cuando vi a esa mujer cruzar la calle, con la blusa a punto de estallar, supe que mi noche de tedio había terminado. No imaginé acabar agachada tras un árbol.
Llevaba media vida con la misma mujer cuando aquella desconocida del estampado de leopardo se sentó a mi lado y me miró como hacía años nadie me miraba.
Cuando sonó el timbre a las nueve y media, supe que esa noche con mis compañeros no terminaba ahí. Entraron dos hombres y mi amante les hizo una propuesta que me dejó muda.
La carpeta cayó al suelo a propósito, y yo decidí seguirles el juego. Me agaché despacio frente a esos dos viejos, con el parque entero como escenario.