Bajé en toalla nueve pisos con todos mirándome
La toalla apenas me cubría cuando llamé a la puerta del vecino del séptimo. Aceptó ayudarme a abrir mi departamento solo si dejaba caer lo único que me quedaba encima.
La toalla apenas me cubría cuando llamé a la puerta del vecino del séptimo. Aceptó ayudarme a abrir mi departamento solo si dejaba caer lo único que me quedaba encima.
Pensé que el trayecto Valencia-Barcelona iba a ser largo y aburrido, hasta que un chico se sentó a mi lado y me escribió desde el asiento contiguo.
Vi cómo el vendedor me miraba mientras atendía a mi mujer. Cuando giró la cabeza la segunda vez, supe que no íbamos a salir del centro comercial sin más.
Cuando el primero se acercó al coche, mi mujer ya tenía la falda subida y la blusa abierta. Lo que vino después lo vi todo desde un sillón, vaso en mano, sin respirar.
A las dos de la mañana, en aquella sala con luces rojas, dejé de fingir que solo había venido a acompañar a mi marido. Estaba mirando. Y me estaba gustando demasiado.
Crucé miradas con él en la cafetería del área de servicio. Supe que iba a seguirme al baño, y supe que de ahí no iba a salir igual que había entrado.
Había cinco asientos vacíos en el bus y aun así eligió el mío. Sonrió, se acomodó el chal sobre el regazo, y supe que algo iba a empezar antes de salir.
Compré una entrada para la primera función del martes con un plan claro en la cabeza y un abrigo doblado en el bolso. No iba al cine a ver la película.
Llevaba semanas observándome desde su mesa de la esquina, con esa calma que me desordenaba algo por dentro. Cuando se sentó frente a mí en mi descanso, no vino sola.
Esa mañana decidí salir sin nada bajo la falda. No quería que me tocaran, solo que me miraran. Y en la heladería del segundo piso alguien lo notó.
Cuando se quitó la camisa para cambiarse de ropa, supe que no iba a poder concentrarme en nada de lo que decía sobre tornillos y estantes.
Pensé que la oscuridad del cine iba a distraerme del fracaso con ella. No conté con que ese mismo señor que nos había sorprendido meses atrás estuviera lavándose las manos junto a mí.
Vi al chofer mirarnos por el retrovisor y, en vez de cubrirme, dejé que me bajara el top. A las tres de la mañana, mi ex y yo éramos un espectáculo gratis.
Llevaba meses con la aplicación abierta sin escribir nada. La noche que por fin respondí, había un hotel discreto y un hombre llamado Iván esperándome.
Salí a la terraza con la bata desabrochada, sin saber que alguien me observaba desde el edificio de enfrente. Cuando lo vi, decidí no taparme.
La tienda estaba vacía a las tres de la tarde. Cuando él bajó el cierre y me llevó al probador, supe que esa siesta no iba a parecerse a ninguna otra.
El anuncio prometía solo masturbación entre machos. Subí con un six pack al cuarto piso del hotel, sin imaginar lo lejos que terminaríamos esa misma tarde.
Abrí la app un viernes santo y un hombre de cuarenta y tantos vivía a dos cuadras. Llevaba condones cuando toqué su puerta, pero no iban a servir para lo que vino después.
Solo quería terminar lo que la arena de la playa había empezado, pero verlo ahí cortando el pasto fue una invitación que no supe rechazar.
Cuando levanté la vista entre los pastos, dos faros se apagaron a treinta metros. Adentro del coche, una sombra inmóvil no dejaba de mirarnos.