El desconocido que no dejó de mirarme en la playa
Sabía que todos me miraban cuando dejé caer el vestido. Lo que no esperaba era que uno se levantara, caminara hasta el agua y se atreviera a hablarme.
Sabía que todos me miraban cuando dejé caer el vestido. Lo que no esperaba era que uno se levantara, caminara hasta el agua y se atreviera a hablarme.
Aquella tarde de calor le escribí a un seguidor al azar y le ofrecí algo nuevo: dejar que me viera entera en el agua, sin nada encima, mientras mi novio sostenía la cámara.
Vacaciones en pareja, un bikini que cubría apenas lo necesario y dos viejos amigos que aparecen sin avisar. Lo que pasó en la playa nudista nunca lo conté en casa.
Nunca me había fijado en otro hombre hasta que sus ojos se cruzaron con los míos en aquel bar. Tres copas después estaba en su casa, sin saber qué hacer con las manos.
Llevaba todo el verano esperando a que se vaciara la cala. La encontré desierta, sí, pero el viento me trajo unos gemidos detrás de las dunas que tuve que buscar.
Elegí el asiento del fondo, como siempre. No esperaba que el viejo se sentara al lado, ni que un billete arrugado fuera apenas el principio de esa noche.
Subí al asiento trasero con un vestido demasiado corto. Cada vez que cruzaba las piernas, sus ojos volvían al espejo. Decidí no acomodarme la falda.
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Cuando me agaché a buscar una revista del estante más bajo, sentí el aire frío entrar entero entre las piernas. Tres pares de ojos se levantaron a la vez. No me bajé la falda.
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Entré desnudo y caminé entre cuerpos sin saber qué buscaba. Cuando subí a la hamaca con un vaso de vino, un hombre de cuarenta años se acomodó al lado y me preguntó si me molestaba.
Le dio una nalgada cuando ella pasó por su lado. Una hora después, fui yo quien le pidió que la cuidara mientras yo desaparecía entre los coches.
Choqué con él al retroceder entre los puestos de verduras y su bulto rozó mis nalgas. Esa noche no pude dormir pensando en lo que había sentido.
La lluvia nos dejó atrapados en el coche y él propuso un mirador apartado. Yo sabía qué pasaba en ese sitio, y aun así dije que sí.
Buscamos intimidad en la última ducha del camping. Lo que no sabíamos era que alguien del otro lado estaba esperando que nos descubriéramos.
Estaba sentada en el sillón redondo del fondo, con las piernas cruzadas y la copa medio vacía, cuando vi al chico de pelo rizado dejar su trago y caminar directo hacia mí.
Mis faros iluminaron un instante el capó de aquel coche y lo que vi ahí me obligó a dar la vuelta en la rotonda siguiente y volver.
Llevaba tres horas buscando culos en el metro y ya regresaba a casa con las manos vacías cuando ella subió en la estación más concurrida y se paró justo delante de mí.
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Me planté en su esquina sin saber bien qué buscaba. La primera vez que un desconocido me pidió precio, la voz me tembló más de lo que esperaba.