Encendí la cámara y dejé de ser su marido
Cuando apuntó la cámara por primera vez, se dijo que era la última. Seis semanas después, aún seguía grabando. Y Laura seguía sonriendo desde el otro lado del objetivo.
Cuando apuntó la cámara por primera vez, se dijo que era la última. Seis semanas después, aún seguía grabando. Y Laura seguía sonriendo desde el otro lado del objetivo.
Caminaba sola bajo la lluvia con ropa pegada al cuerpo cuando él me vio desde la obra. Ninguno de los dos dijo mucho. No hizo falta.
Cuando su mano rozó mi muslo por segunda vez ya no fue accidente. Las burbujas del spa lo ocultaban todo y ella lo sabía perfectamente.
Carlos me miraba desde la otra mesa con esa sonrisa de hombre que cree saber lo que quiere. No tenía idea de lo que estaba por descubrir.
Nunca había estado con una mujer. Cuando abrí la puerta y la vi ahí parada, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Nunca pensé que depilarme iba a cambiar algo. Pero cuando él me pasó la cera por los glúteos y me pidió que me pusiera en cuatro, algo en mí se encendió.
Se presentó con tacones rojos, mallas de cuero y sin ropa interior. Desde el primer momento supe que esa mañana con mi suegra iba a ser diferente.
Me acosté boca abajo, dejé la puerta abierta y esperé. No tardaron en llegar. Lo que pasó durante la siguiente hora superó cualquier viernes anterior.
Sus dedos subieron despacio por mis muslos. Supe entonces que ese masaje iba a ser algo completamente diferente a lo que había pedido.
Llevábamos minutos caminando cuando empecé a reconocer las calles. Cuando él abrió esa puerta, supe que ya había estado allí, aunque nunca imaginé en qué circunstancias.
Cuando el extraño del asiento de al lado empezó a mirar sus piernas, ella no cerró las rodillas. Yo tampoco hice nada para detenerlo.
Salir con tanga y corpiño bajo las calzas era mi ritual secreto. No esperaba que alguien se animara a seguirme. Ni que yo quisiera tanto que lo hiciera.
Natalia tenía las piernas abiertas en la camilla y el doctor fingía aplicarle crema. Yo miraba desde el rincón, inmóvil, sin querer que parara.
Quedé con él en una plaza que no conocía, en una ciudad que no era la mía. Me invitó a su departamento y perdimos la noción del tiempo.
Vivía en el campo y podía vestir ropa de mujer todo el día sin que nadie me molestara. Hasta que un desconocido escribió diciendo que le gustaban mis fotos.
Tendida al sol sin ropa, con una docena de hombres mirándome fijamente, entendí que esa playa no era como las demás. Y no quise escapar.
La promoción dos por uno del spa me cambió los planes, y algo más: cuando la desconocida se metió en el jacuzzi y me miró de esa manera, supe que la noche sería larga.
Entre las ocho y el mediodía, tres hombres distintos cruzaron mi puerta. Cada uno buscaba algo diferente, y yo tenía ganas de darlo todo.
Mis amigas tardaban y él apareció sin que yo lo llamara. En diez minutos ya sabíamos los dos adónde íbamos a terminar.
Había filtrado decenas de perfiles hasta llegar a Marcos. Todo lo que pedía, y la paciencia que nunca sobra. Pero alguien siempre llega demasiado pronto.