La loba que me reclamó esa noche en el bosque
Llegó a la guarida convertido en poco más que un esqueleto encadenado. La loba prometió enseñarle lo que significaba servirle... y él aprendió mejor de lo que ella esperaba.
Llegó a la guarida convertido en poco más que un esqueleto encadenado. La loba prometió enseñarle lo que significaba servirle... y él aprendió mejor de lo que ella esperaba.
Desperté sin un rasguño en una cama que no era la mía, curada por un desconocido de belleza imposible. Lo que no me dijo fue lo que esa cura le había hecho a mi cuerpo... y a mi deseo.
Cuando la ventana del desván cedió ante el viento, ya no vio a la sirvienta que servía su café: vio a la mujer empapada que sostenía su mundo entero.
Sabía lo que habían pactado, pero ninguna palabra la preparó para lo que sentiría cuando cruzó esa puerta y la sala se cerró detrás de ella.
—No tienes que creer que puedes —le dijo al oído—. Yo sí lo creo. Tu único trabajo de esta noche es rendirte y dejar que tu cuerpo obedezca.
Teníamos un pacto y una sola palabra para frenarlo todo. Pero mientras dormía boca abajo, supe que esa mañana no iba a pronunciarla.
Me ordenó separar las piernas y apoyar las manos en la nuca. Lo que él tomaba por un cacheo de rutina era, en realidad, el principio de mi juego.
Durante un año soñó con el día en que pudiera devolverle cada engaño. La noche del Día de Muertos, un amuleto de obsidiana le ofreció exactamente eso.
Llevaba tres semanas tragando polvo y soledad cuando el conductor me miró fijo, sin sonreír, y dijo: «Ven, mi casa». No era una invitación: era una orden, y lo seguí.
Esa noche cumpliría por primera vez el ritual: desnuda, atada al potro, con un guerrero veterano dispuesto a arrancarle el placer que pertenecía a la diosa.
Cuando entré al café y lo reconocí, supe que aquella sesión de fotos no iba a quedarse solo en fotos. Su mirada ya me había desnudado antes de que yo dijera una palabra.
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Diego se tocaba pensando en Nadia cuando su deseo abrió una puerta cerrada hacía mil ochocientos años. Lo que cruzó tenía hambre, y la ciudad sería su banquete.
Le mandé una foto de una cajita y cuatro palabras: «esta noche jugaré contigo». No sabía que el juguete nuevo no era para mí, sino para él.
Nunca se lo conté a mi pareja. Pero cuando cierro los ojos no soy yo quien decide: alguien entra, me sujeta y mi cuerpo deja de obedecerme.
Cuando entró y se detuvo medio segundo de más en sus pies, supe que algo en mí se había roto. Y, para mi sorpresa, no fueron celos lo primero que sentí.
Llevo el tanga debajo del culotte y nadie lo sabe. Es mi secreto sobre la bici, el comienzo de la fantasía que ensayo en la cabeza una y otra vez.
Crucé el umbral sin ropa interior, tal como ella había ordenado. Lo que no sabía era que, al otro lado de la puerta, me esperaba un rostro que conocía demasiado bien.
Cuando crucé la puerta y la vi de pie en mitad de la sala, supe que la lección de esa noche no la olvidaría jamás: había vuelto, y eso lo cambiaba todo.
Nunca había pagado por la atención de nadie, pero esa madrugada, frente a la pantalla, sus palabras me redujeron a algo que jamás imaginé querer ser.