Mi juguete favorito encontró novia y no lo permití
Volvió a bloquearme de todo y reapareció con una novia «decente». Craso error: nadie le quita su juguete a una mujer como yo sin pagarlo caro.
Volvió a bloquearme de todo y reapareció con una novia «decente». Craso error: nadie le quita su juguete a una mujer como yo sin pagarlo caro.
Llevaba una semana mandándole fotos para volverlo loco. Cuando volvió, descubrí que el castigo por mi impaciencia sería arrodillarme y esperar con la lengua afuera.
Cuando encontré uno de sus zapatos olvidado en el vestuario, debí haberlo dejado donde estaba. En cambio crucé media ciudad para devolvérselo, y todo se torció.
Empezó como un juego con disfraz y botas altas, pero terminó conmigo de rodillas a las tres de la madrugada, incapaz de saciar lo que él despertó en mí.
Le tapé los ojos un segundo, lo justo para encender la grabadora detrás de la almohada. Él nunca supo que esa noche quedó atrapado para siempre en una cinta roja.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Le grité que la reja estaba abierta para que entrara con las dos manos ocupadas. Lo que no anticipó fue la bombita que le esperaba justo al cruzar el umbral.
Entré a su cuarto solo para hablar y terminé descubriendo algo que despertó cada hormona de mi cuerpo. Cuando él me atrapó, ya no hubo forma de fingir que no lo deseaba.
Llevábamos semanas buscando público en Telegram sin suerte. Esa noche, en un pinar a oscuras, alguien aparcó al lado y se quedó mirando lo que mi novia me pedía hacerle.
Bajé al embalse a huir del calor y terminé tumbado en la orilla, incapaz de moverme, mientras los dedos de una desconocida decidían a qué ritmo me rendía.
Voy desnudo por casa porque nadie me ve. Eso creía, hasta que la vecina de enfrente me saludó con una sonrisa que ya lo sabía todo de mí.
Adrián me indicaba cuántas tomar y en qué orden, y yo obedecía sin preguntar. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llevar el control sobre mi cuerpo.
Cuando la luz del baño se encendió de golpe me quedé inmóvil, con su bañador en la mano y sus ojos clavados en los míos. Supe que ya no mandaba yo.
Bajé al jardín a oscuras sin saber que esta vez ella no me dejaría solo con su ropa interior: tenía algo de su madre guardado para mí.
Llevaba algo escondido en la mano y esa sonrisa no presagiaba nada inocente. —Saca la lengua —me ordenó, y yo ya sabía que iba a obedecer.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.
Durante años fantaseé con servir a una mujer que me quisiera a sus pies. Renata no fingía dominar: lo hacía con una calma que me dejaba sin aire.
Subió los pies a mis piernas, me ordenó desabrochar las cintas de sus sandalias y, con una sonrisa que no era inocente, me dijo que ese sería el precio de su silencio.
Le ofrecí revisarle el tobillo como médico. Ella cruzó la pierna, acercó el pie a mi cara y supe, en ese instante, quién mandaba de verdad.
Recostada en el borde de la cama, con las medias negras subiendo por mis piernas, le advertí que esa noche no usaría las manos: lo desharía solo con mis pies.