La orden de la princesa que no pude desobedecer
«Soy tu señora y te ordeno que te quedes quieto», susurró. Yo había sobrevivido a tres misiones de combate, pero nada me había preparado para obedecerla a ella.
«Soy tu señora y te ordeno que te quedes quieto», susurró. Yo había sobrevivido a tres misiones de combate, pero nada me había preparado para obedecerla a ella.
La regla había sido siempre la misma: su virginidad era intocable. Esta noche, frente a una sala de hombres ávidos, esa regla se rompería ante el mejor postor.
Me entrenaron para complacer y obedecer, pero esa puerta entreabierta despertó algo distinto: una chispa de desafío que ni las esposas frías contra mi piel lograron apagar.
Bajé al despacho esa madrugada solo para descubrir el plan que tenían para mí. Y, en lugar de huir, me arrodillé y dije que sí a todo.
Cuando él apretó el hombro del tipo que la había acosado, Mariela sintió algo que no debía: la certeza de que ese chico podía hacer con ella lo que quisiera.
Nadie se atrevía a moverse, hasta que ella alzó el frasco de aceite hacia los desconocidos y, sin decir una palabra, los invitó a formar parte del juego.
Marcela me miraba por el retrovisor con una sonrisa que no era la de una madre tranquila. Yo no sabía que esa tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Corrí bajo el aguacero hasta mi puerta creyendo que ya estaba a salvo. No me di cuenta de que él había entrado detrás de mí, hasta que sentí su mano en mi espalda.
Sé que no debería, pero cada vez que camino sola de madrugada lo busco con la mirada: ese desconocido que me arrincone contra la pared y no me pida permiso.
Cruzó medio reino por una reliquia legendaria; lo que no esperaba era arrodillarse ante quienes la custodiaban, ni desearlo con cada fibra de su cuerpo.
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Lo vigilé desde antes de su falta. Dijo que yo era demasiado perfecta para caminar entre el barro, sin saber que esa frase lo condenaba a no salir nunca de él.
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.
El testamento decía que la fortuna de mi familia se había construido entre las piernas de mi madre. Esa misma noche entendí que ahora me tocaba a mí.
Tropecé con la raíz y, antes de levantarme, ella ya estaba sobre mí. Su piel fría rozó la mía y supe que esa noche no iba a salir del bosque siendo el mismo.
Pensé que el ruido entre las cajas eran ratas. Era ella, agazapada en la oscuridad, y en cuanto olió mi miedo supe que esa noche no volvería a casa siendo el mismo.
Llevaba semanas imaginando una noche así, sin nombres ni promesas. Lo que no imaginé fue que él me estuviera mirando desde la barra como si ya supiera todo.
Nadie le creyó que la bestia existía. Por eso volvió al monte a buscarla, aunque eso significara perderse para siempre en la nieve y en sus garras.
Esperaba un esposo enclenque al que despreciar. Cuando el rey se inclinó a besarle la mano, la punta de su lengua le rozó la piel y supo que se había equivocado.
Me ordenó desnudarme en su comedor y empezar a barrer. Yo solo era su juguete esa tarde, y cada palmada en el culo me recordaba quién tenía el control.