Volví a pedirle lo que deseaba en su apartamento
Cerré la puerta y él ya me tenía contra la pared; lo que habíamos escrito durante semanas por fin iba a pasar sin frenos.
Cerré la puerta y él ya me tenía contra la pared; lo que habíamos escrito durante semanas por fin iba a pasar sin frenos.
Después de correrme en la ducha, no imaginé que esa noche terminaría entre dos hombres dispuestos a hacerme vivir justo lo que más deseaba.
La cajera me miró raro cuando pasó por caja los pepinos, la zanahoria y la berenjena. No imaginaba dónde iban a terminar unas horas después.
Preparé el desayuno gateando para no despertarla. No imaginaba que antes del anochecer ella me explicaría, con una sonrisa, que yo solo era una inversión suya.
Siempre que me la imaginaba arrodillada frente a otro hombre algo se encendía en mí. Esa noche, en el motel, dejé de imaginarlo: ella estaba dispuesta a dármelo.
Desperté con la piel pintada de achiote y unos labios desconocidos en el cuello, sin saber que esa noche la selva me daría un cuerpo que jamás creí posible.
Nunca hablamos. Solo miradas que se cruzan dos paradas después de la mía. Pero en mi cabeza ya pasó todo, y vuelve a pasar cada mañana que lo veo subir.
Escuché sus pasos firmes en la cocina y bajé la mirada sin atreverme a sostenerla. Ya no era el hombre que fui: era lo que ella había decidido que yo fuera.
Cuando la puerta violeta se cerró bajo mis pies, supe que ya no estaba en mi ciudad: aquí los hombres mandaban y ellas solo esperaban una orden.
Llevaba años fingiendo que me bastaba con ser una cosa o la otra. Esa noche, frente a la hoguera, una desconocida me dijo que yo era las dos.
No dormí en toda la noche. Al amanecer ella me vestiría, me maquillaría y me llevaría al lugar donde decidirían qué clase de hombre seguiría siendo… si es que seguía siéndolo.
Llevaba años entregando muchachos al templo soñando con poseer a la suma sacerdotisa. Aquella noche de luna llena, su deseo se cumplió de la peor manera.
Llevaba años apagada hasta que una tarde, sola en casa, entendí que mi cuerpo seguía vivo, hambriento, y que ya nadie iba a despertarlo por mí.
Antes de meterme a la ducha, me acosté en la cama con mi vibrador morado y decidí que esa tarde nadie iba a decirme cuándo parar.
Esa noche yo no era el anfitrión, sino el adorno. Mi esposa me eligió el vestido, me calzó los tacones y me ordenó sonreír mientras sus jefas me evaluaban.
Eran las 18:53 cuando sonó el telefonillo. Tres semanas esperando y de pronto ahí estaba ella, seria y elegante, dispuesta a cumplir cada una de sus condiciones.
Bajé la voz hasta volverla un susurro: —Imagina que vamos por la autopista y alguien, desde otro coche, ve justo lo que te hago con la mano.
Esa noche dejé de ser la señora correcta de siempre. Escribí lo que de verdad quería, pulsé enviar y esperé a que tres desconocidos vinieran a buscarme.
Tres meses se hicieron nueve, y entre cascadas y orquídeas descubrí que mi cuerpo distinto no era una condena, sino el centro del deseo que la aldea celebraba.
Vino a casa solo para que le retratara la boca. Lo que ninguno de los dos previó fue lo que esa cámara despertaría entre nosotros aquella tarde.