El postre que nos servimos fuera del restaurante
Bianca puso tres tangas en el centro de la mesa y anunció que el premio del juego lo cobraríamos con el postre. Ninguno imaginaba dónde pensaba servírnoslo.
Bianca puso tres tangas en el centro de la mesa y anunció que el premio del juego lo cobraríamos con el postre. Ninguno imaginaba dónde pensaba servírnoslo.
Cuando bajé desnuda por un café a medianoche, no esperaba encontrarla en la cocina, en camisón, con una confesión que lo cambiaría todo entre nosotras.
Veníamos a recuperar nuestra relación y terminamos desnudos frente a dos desconocidos en una cala que solo nosotros conocíamos esa mañana.
Mi mujer llevaba semanas pidiéndome carta blanca para una noche. No imaginé que nuestros anfitriones tenían preparada una sorpresa que iba a dejarnos a los cuatro sin aliento.
Desperté desnuda junto a un hombre que no era mi marido y, por primera vez en años, me sentí completamente deseada. Él todavía no había terminado conmigo.
Bajé del baño y me la encontré de rodillas frente a él. En vez de frenarlo, me senté en la butaca de enfrente y decidí mirar hasta el final.
Llevaba el huevo vibrante puesto desde que salieron del hotel, y Lorenzo decidía cuándo correrse delante de todos. Esa noche su marido ya no era parte de la ecuación.
Nadia creía que la pasión con Andrés se había apagado. Esa noche, frente a dos parejas desconocidas y un dado de doce caras, descubrió hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Diego y yo llevábamos años bromeando con cambiar de pareja por una noche. Cuando Sofía me tomó de la mano hacia su dormitorio, dejó de ser una broma.
La hermana del novio me esperaba cada noche, pero la verdadera sorpresa llegó cuando mi amigo me pidió un favor que ninguno de los dos olvidaría.
Se enfundó el vestido negro, me besó y dijo «no me esperes». Yo sabía exactamente con quién iba a pasar la noche, y eso era justo lo que me excitaba.
Eran casi las once cuando entró por la puerta con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien, la misma que ponía cada vez que algo prohibido acababa de pasarle entre las piernas.
Estaba desnuda haciendo yoga frente a la camper, ajena a todo. Cuando abrió los ojos y nos tendió la mano, supe que esa mañana no volveríamos iguales a casa.
Adrián nos pidió un favor por teléfono, pero la verdadera sorpresa empezó en nuestra habitación de hotel, mucho antes de la cena que tenía preparada para los seis.
«Sabía que me excitaba imaginarla con otro hombre. Lo que no sabía era hasta dónde estábamos dispuestos a llegar cuando dejé de poner las reglas.»
Llevaba noches imaginándolo. Esa madrugada, sentada en el sillón con una copa en la mano, por fin lo vi: mi marido entrando en el cuerpo de otra.
Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en mí por encima del hombro de su acompañante. No me conocía, pero su mirada ya me había desnudado entera.
Mi mujer cabalgaba sobre mí pensando en el vecino mientras él, al otro lado del tabique, hacía lo mismo con la suya. Era cuestión de tiempo que dejáramos de imaginarlo.
Cuando Néstor abrió la puerta buscando a quién emparejarse, mi novia ya tenía las manos donde no debía y una idea en la cabeza que lo cambiaría todo.
Nunca habíamos entrado a un local así. Cuando aquella pareja de la playa cruzó la puerta y se sentó en nuestra mesa, supe que la noche ya no nos pertenecía solo a nosotros.