Nuestra primera noche de intercambio con otra pareja
Llevábamos meses fantaseando con dar el paso. Esa noche, en el salón de unos desconocidos, mi mujer me miró antes de cruzar el punto sin retorno.
Llevábamos meses fantaseando con dar el paso. Esa noche, en el salón de unos desconocidos, mi mujer me miró antes de cruzar el punto sin retorno.
Llegamos al club pasada la medianoche sin saber muy bien qué buscábamos. Lo supimos cuando Mara salió del agua, nos miró a los dos y sonrió como si ya nos conociera.
Damián me siguió hasta el agua para verme el culo de cerca. Lo que empezó como un juego entre risas terminó con las dos parejas encerradas en su apartamento.
Mi mujer juraba que jamás cruzaría esa puerta. Tres horas después, era ella quien me suplicaba que no parásemos delante de todos.
Cuando Diego me extendió la mano para bailar, supe que mi esposo solo iba a mirar. Y que yo, por una vez, dejaría de ser la señora decente que todos creían.
Llevábamos toda la mañana provocándonos con la crema solar cuando la chica de la toalla de al lado decidió sumarse al juego.
Cuando Lucía se quitó el bikini frente a mí en su habitación, entendí que aquel fin de semana en la playa ya no iba a tratarse solo de tomar el sol.
Después de veinticuatro años casados, Marina me susurró que solo quería mirar. Tres horas más tarde, yo miraba cómo otro hombre la hacía perder la cabeza.
Compré lencería para una noche a solas con mi esposa. Jamás imaginé que terminaría viéndola en brazos de otro hombre mientras la mujer de él se acomodaba en mi regazo.
«Van a ser unas compras con final feliz», me dijo con esa sonrisa que no era inocente. No imaginé que esa noche acabaríamos en un laberinto de setos con otra pareja.
Crucé la cortina convencida de que buscaba a un hombre. La mano que me tomó en la penumbra era suave, perfumada y no me soltó hasta cambiarlo todo.
Subimos con dos botellas de champán y la idea de pasar un rato agradable. Nadie nos dijo que la familia de enfrente entendía las cenas de otra manera.
Cuando Lucía y yo llegamos a esa casa, lo que vimos en el salón nos dejó sin aire. Supe que la noche apenas empezaba y que ninguno quería marcharse.
Llevaba un año escuchándola contar quién la tocaba mientras yo solo miraba. Esa nochevieja, con la copa en la mano, me susurró al oído que esta vez no me iba a quedar afuera.
Marina me vendó los ojos y susurró que esa noche eligiera yo. Tres mujeres me miraban desde la penumbra de la terraza, y mi corazón latía como un tambor.
Nunca había mirado a otra pareja coger a un metro de mí. Con mi amiga gimiendo en la cama de al lado, descubrí que mirar y dejarme ver me encendía como nada.
El plan era perfecto: con el disfraz de mi amigo, mi esposa jamás sabría que el desconocido que la sacaba a bailar entre las máscaras era yo.
Sofía dormía de espaldas a mí cuando los primeros gemidos atravesaron la pared. La desperté con la mano entre sus piernas: —Calla y escucha, le dije.
Si aguantábamos cinco minutos, ellas competirían después. Lo que empezó como una broma entre amigos nos terminó dejando a los cuatro desnudos en la misma cama.
Bajamos a la sauna sin bañadores y entendí que mi mujer y su prima ya lo habían hablado todo: ese fin de semana en la montaña no iba a ser lo que nos contaron.