El masaje compartido en la cabaña frente al mar
Pedimos los masajes juntos para no separarnos. Lo que no sabíamos era que aquellas cuatro manos extra venían dispuestas a quedarse hasta el amanecer.
Pedimos los masajes juntos para no separarnos. Lo que no sabíamos era que aquellas cuatro manos extra venían dispuestas a quedarse hasta el amanecer.
Carmen lo había planeado todo: las duchas del sótano, las parejas nerviosas y una sola regla, que nadie se quedara mirando desde fuera.
Ella calentó a medio grupo de extranjeros desde la piscina, y cuando uno se plantó frente a mi tumbona descubrí que aquel verano no íbamos a privarnos de nada.
Cuando Renata sacó el tanga del bolsillo y lo dejó sobre la mesa, supe que aquella sobremesa no iba a terminar con un café.
Crucé media Europa por un cliente que me compraba contenido cada semana. Lo que no imaginé fue lo que me esperaba la segunda noche, en aquel cuarto lleno de cuerpos.
Lo senté en el sofá, frente a la cama enorme, y le susurré al oído: «Quédate ahí quieto, que esta vez la sorpresa es para ti». No tenía idea de lo que venía.
Apenas puse un pie en la escalera, unas manos me agarraron las caderas por detrás. Ese día, el placer empezaba antes incluso del café.
Subimos a la habitación de arriba sin saber que esa noche íbamos a cruzar todos los límites que creíamos tener bien claros.
Bajó la voz y me lo dijo al oído mientras bailaba: esta noche quiero que me veas con tus dos amigos. Y yo, en lugar de frenarla, le seguí el juego.
No abrí los ojos enseguida: dejé que esas dos lenguas siguieran su juego sobre mí, sabiendo que era apenas el principio de un día en el que nadie iba a pedir permiso.
La dejé a dos calles del punto de encuentro y, cuando se subió al coche, se presentó como si yo fuera otro pasajero más. Ninguno de los tres sabíamos lo que vendría.
Bruno trajo cruasanes y la noticia de que la oveja negra de la familia pasaría el fin de semana con nosotros. No imaginé hasta dónde llegaría esa tarde.
Yo mismo la animé a aceptar la propuesta de su amante. Jamás imaginé que esa madrugada volvería rodeada del recuerdo de unos desconocidos.
Sabía que aquel disfraz de diabla era demasiado atrevido, pero lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llegar cuando dejé las braguitas escondidas en el baño.
Tomé la pastilla azul antes de salir del vestuario porque sabía lo que venía. Lo que no sabía era hasta dónde íbamos a llegar Romina y yo esa noche.
Creí que sería un día de mar entre amigos. No conté con el chico de cubierta que no me quitaba los ojos de encima, ni con todo lo que vino después.
Cuando la Señora chasqueó los dedos, supe que esa noche mi mujer dejaría de ser solo mía y que yo miraría cada segundo sin poder apartar los ojos.
Cuando las cuatro se metieron al agua sin la parte de arriba del bikini, supe que esa tarde nadie iba a volver a casa siendo el mismo de antes.
Cuando los gemidos del cuarto cerrado llegaron hasta el jardín, Andrés supo que tenía que ver con sus propios ojos lo que estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Damián se apartó de la puerta con el pulso acelerado: lo que acababa de ver entre sus amigos no se borraría jamás de su memoria.