Valeria esperaba que yo hiciera el primer movimiento
Se lo confesé en mi despacho una mañana, y su respuesta me dejó sin palabras: «Me volvías loca esperando que hicieras algo». Ese día fue el inicio.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Se lo confesé en mi despacho una mañana, y su respuesta me dejó sin palabras: «Me volvías loca esperando que hicieras algo». Ese día fue el inicio.
Habíamos planeado el sábado, pero ella llamó el viernes: ven hoy, estoy ansiosa. Cuando abrió la puerta, ya no pude seguir fingiendo que esto no era serio.
Llevaba veinticinco años casada sin preguntarme qué me faltaba. Esa tarde, sola en casa con Valeria, la amiga de mi hija, lo descubrí.
Me detuve a mitad de la escalera. La puerta estaba abierta y lo que vi me dejó sin palabras: mi mujer, de rodillas, entre las piernas de mi hermana.
Me mandaron a dirección y encontré a la coordinadora en plena masturbación. Ahí supe que tenía poder. Y también que iba a disfrutarlo mucho.
La tenía desnuda en mi cama cuando decidí contarle todo: mis clientes, mis noches, mi doble vida. Necesitaba ser honesta antes de pedirle lo que iba a pedirle.
Estábamos desnudas cuando el timbre sonó. Camila salió a abrir y yo me vestí a toda prisa. Lo que vino después lo cambió todo entre nosotras.
Estábamos completamente desnudas, con las piernas cruzadas y las tazas en la mano, y fue ahí cuando Sofía me preguntó si quería mudarme con ella.
Llevaba apenas una semana descubriendo el placer con otra mujer cuando la sobrina de mi marido llegó a la puerta. No lo pensé. La besé.
Salimos seis al bar de Rosa. A las tres de la mañana seguíamos los mismos seis en casa de Valeria, pero ya nadie tenía ropa puesta.
Corrí la cortina sin ruido. Sofía estaba de espaldas, con el agua cayéndole por los hombros, sin saber lo que estaba por pasarle.
La vi a través del vaho, sin que ella lo supiera. Cuerpo moreno, pechos firmes, el agua cayéndole por los hombros. Y yo sin poder apartar los ojos.
La sala olía a aceite de coco. Su masajista de siempre no había podido venir. La sustituta era Elena, y algo en su manera de mirar me hizo notar que ese masaje no iba a ser como los demás.
Natalia nunca había dormido conmigo en la misma habitación. Esa noche en Cartagena descubrí que tampoco le importaba estar sin ropa delante de mí.
La puerta de su despacho estaba entornada. Lo que vi al asomarme no me generó celos. Me generó ganas de algo que no esperaba.
Llegamos del trabajo, cerramos la puerta y nos olvidamos del mundo. Hasta que el mensaje de la prima de Vale apareció y cambiamos de conversación.
Natalia y yo compartíamos habitación. Solo eso. Pero cuando apagamos la luz y nuestros cuerpos quedaron a centímetros, los planes cambiaron.
Valeria y yo llevábamos días dando rodeos hasta que, solas junto a la piscina, empecé a contarle todo: lo del permiso de Marcos, lo de los clientes, lo de la playa.
Llevábamos semanas de miradas y roces en el gimnasio cuando Bruno me invitó a cenar. No esperaba lo que me iba a pedir sentado frente a mí, con Nadia esperando en el cuarto.
Nunca imaginé que Mamá Noel me llamaría a su habitación esa noche. Lo que ocurrió entre nosotras dos superó todos mis sueños eróticos juntos.