La noche que perdí el combate y todo lo demás
Acabé en la lona del gimnasio, debajo de un compañero, con el sabor a sangre todavía en la boca y a Carla esperándome en casa sin sospechar nada.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Acabé en la lona del gimnasio, debajo de un compañero, con el sabor a sangre todavía en la boca y a Carla esperándome en casa sin sospechar nada.
Subo a propósito la falda un dedo más cada mañana, esperando que alguna mujer mayor me mire con esa mezcla de censura y deseo que aparece en todas mis fantasías.
El verano apretaba, la piscina se iba quedando vacía. Sus miradas se cruzaron una vez más de la cuenta, y las dos supieron que esa noche no se iban a casa solas.
Tenía los dos brazos enyesados y dos meses por delante sin poder tocarse. Cuando me lo dijo, supe que esa visita al hospital no sería como las otras.
Se metió en su cama con la mano todavía oliendo a otro y le pidió al oído todos los detalles. Micaela ya estaba mojada antes de abrir la boca.
Nos sentamos frente a frente con un martini cada una. Una regla: vernos, hablarnos, olernos. Tocar, prohibido. Y ella tenía un cubito de hielo en la mano.
Le dije que había olvidado el bikini sin querer. Lo que no sabía era que ella iba a aceptar el reto de entrar al sauna conmigo, las dos sin nada encima.
Cuando se quitó el mono frente a la ventana y caminó desnuda al baño, supe que esa noche no iba a dormir. Mi nueva vecina acababa de mudarse y yo ya no podía dejar de mirar.
Lucía nunca quiso saber nada con un hombre. Camila era una bomba que volvía locos a los huéspedes. Yo solo tenía una pregunta que no podía guardarme.
Cuando me propuso quedar para «comparar notas» sobre él, dije que sí sin pensar. No imaginé que el primer beso lo daríamos en el sofá del fondo de la cafetería.
Cuando bajé las escaleras desnuda, mi cuñada todavía no sabía qué clase de sorpresa le había preparado mi suegro para esa noche.
Ella entró al baño mientras yo me duchaba. Propuso compartirla para ahorrar tiempo. Lo que vino después no lo planeó ninguna de las dos.
Cuando Valeria le pidió ayuda con su pierna, Sandra solo quería ser una buena compañera. Lo que ocurrió esa semana no lo había buscado ninguna.
Cuando Claudia posó sus manos en mi espalda, algo cambió. No era el tipo de masaje que esperaba, pero era exactamente lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo.
Fui a devolverle los quinientos pesos que metió en mi carpeta. No esperaba encontrarla llorando, ni quedarme hasta las seis de la mañana.
La noche que vi salir a esa chica del cuarto de la hermana Graciela, debí haber seguido caminando. En cambio, me quedé. Y eso lo cambió todo.
Valeria acababa de conseguir su primer contrato en la industria. Su madre tenía preparada una sorpresa en el motel de siempre, la misma habitación donde todo empezó.
Ella abrió la puerta con un vestido que no dejaba nada a la imaginación. Supe que esa cena no iba a ser como las otras, pero no imaginé hasta dónde llegaríamos.
Limpiaba los despachos del pasillo cuando la encontré sola, con el escote abierto y el cuello tenso. Le ofrecí un masaje. Ninguna de las dos pensaba que llegaríamos tan lejos.
Hacía días que Luciana había tenido su debut bisexual y ya pedía más. Lo que planeamos esa noche en Buenos Aires cambió todo para ella.