La noche que Laura perdió la calma y yo la gané
Laura llevaba la rabia en la piel y yo sabía exactamente cómo ayudarla a soltarla. Esa noche en el departamento no fue como las otras.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Laura llevaba la rabia en la piel y yo sabía exactamente cómo ayudarla a soltarla. Esa noche en el departamento no fue como las otras.
Fui a cambiarme los zapatos y terminé espiando al matrimonio dueño de la finca. A la mañana siguiente, su hija y su madre hicieron que yo también participara.
Accedí al sistema de cámaras de mi suegro por rutina y lo que encontré al otro lado me dejó clavado en la silla durante horas.
Llevábamos semanas mirándonos en el pasillo. Ella casada, yo sabiendo que no debía. Pero la noche que quedamos solas cerrando, todo lo que habíamos callado dejó de caber.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Una semana de trabajo sin respiro, apenas besos antes de dormir. Pero el viernes llegó y ella apareció en lencería negra con una sonrisa que lo decía todo.
Estaba desnuda cuando escuché la música. Me giré y ahí estaba Sofía, de rodillas, con una cajita en las manos y los ojos llenos de lágrimas.
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.
Cuando entró en mi cocina, no tenía ni idea de lo que le esperaba. Yo sí lo sabía, y desde que cruzó la puerta, solo pensé en una cosa.
Nadia me apretó la mano antes de entrar. Yo pensé: o nos despiden o nos casamos. Salimos con fecha de boda y con ganas urgentes de celebrarlo.
Estábamos buscando el spa para la luna de miel cuando ella puso los pies en mi regazo y empezó a acariciarme sin decir una palabra.
Le dije que quería besarla en plena calle sin importarme quién mirara. Ella apartó las sábanas, empezó a tocarse y me miró fijo. Las compras podían esperar.
Teníamos los últimos días libres antes del casamiento. Sin ropa en casa, tomando mate, planeando la boda y recordándonos por qué nos habíamos elegido.
Cuando le bajé el pantalón del pijama para ponerle la inyección, algo se despertó que llevaba semanas intentando ignorar. Esa vez no pude seguir fingiendo.
Pensé que era una mosca. Cuando entendí que eran sus dedos, ya era tarde para detenerla, y peor todavía: para detenerme a mí misma.
Aquella madrugada, cuando él se durmió, una cruzó el pasillo descalza y se metió en la cama de la otra. No iba por hablar, ni por curiosidad.
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
La cremallera se abrió y dos cabezas se asomaron como si llevaran rato esperando turno. No nos sorprendimos. Tampoco nos cubrimos.
No era lesbiana y faltaban seis semanas para mi boda. Pero esa noche en el hotel, Elena me enseñó todo lo que nunca había querido admitir.
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.