La alumna que me enseñó a desear a una mujer
Cuando cerró el pestillo y se colocó detrás de mí, supe que aquella revisión de notas no iba a terminar como esperaba.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Cuando cerró el pestillo y se colocó detrás de mí, supe que aquella revisión de notas no iba a terminar como esperaba.
La primera vez lo dejamos mirar desde el rincón. Esta vez íbamos a hacerle participar, aunque ninguna podía imaginar lo lejos que llegaríamos.
Fue cuando me pidió que le desabrochara el vestido. Solo eso. Después cerré la puerta con pestillo y todo cambió.
Tardó demasiado en volver del baño. Cuando entré a buscarla, entendí todo: no había estado sola ni un momento desde que cruzó esa puerta.
Tres días sola en la playa, un hostel con literas y la excitación acumulada de todo el día. Me metí en la cama creyendo que estaba sola. No lo estaba.
Renata llegó a mi departamento con una botella de vino que nadie le había pedido. A la mañana siguiente ninguna de las dos fingió que había sido solo el vino.
Me susurró al oído que esa noche era solo para chicas. Debería haberme ido. En cambio, algo en mí decidió quedarse.
Marcos me la presentó con una sonrisa cómplice. La miré de arriba abajo y supe enseguida que detrás de esa fachada recatada había algo que necesitaba liberarse.
Valeria cerró el pestillo de la puerta y se giró hacia el entrenador con una sonrisa. Las demás se quedaron inmóviles. Nadie hizo nada para detenerlo.
Cuando la vi cruzar la terraza con esa expresión que conozco de memoria supe que las palabras no iban a ser suficientes. Por suerte llevaba su arma favorita en el bolso.
Estaba sola en el salón cuando ella entró, arrastró su silla hasta quedar frente a mí y cruzó las piernas. —No pares —dijo. Y yo no paré.
La promoción dos por uno del spa me cambió los planes, y algo más: cuando la desconocida se metió en el jacuzzi y me miró de esa manera, supe que la noche sería larga.
Estaba leyendo sobre súcubos cuando una voz respondió a su pregunta desde el otro lado de la habitación. No era un sueño: la criatura ya estaba ahí.
Cuando abrió la puerta no llevaba maquillaje y su mirada tenía algo de melancolía que me llegó al pecho antes de que intercambiáramos una sola palabra.
Papá había salido temprano. Bajé a la cocina en camisola y la encontré de espaldas frente a la estufa. Llevaba semanas esperando ese momento.
Llegó con la intención de decirle que no volvería. Subió en el ascensor repitiéndoselo. Pero cuando Elena cruzó la habitación hacia ella, todo lo que había ensayado se deshizo.
La pantalla mostraba su salón: las dos cuñadas sentadas muy juntas, sin sospechar que yo las estaba mirando. Esa tarde empezó algo que ninguna podría olvidar.
Daniela tenía veinte años, vivía en el cuarto piso, y nunca había estado con una mujer. Ese día cambió todo eso de golpe.
Cuando se acercó a mí en el bar, supe que esa mujer iba a hacer lo que quisiera conmigo. Y yo quería exactamente eso.
Después de meses en cautiverio, lo último que Valeria esperaba era que Sofía misma le pidiera que la atara. Pero así comenzó aquella primera noche.