La boda donde dos esposas decidieron no volver a su mesa
Acudió solo a la boda de un amigo. En su mesa, dos mujeres casadas y hartas de sus maridos ebrios. Lo que pasó después en su habitación no estaba previsto.
Acudió solo a la boda de un amigo. En su mesa, dos mujeres casadas y hartas de sus maridos ebrios. Lo que pasó después en su habitación no estaba previsto.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Vivía a doscientos metros de mí. El riesgo de cruzármelo en la panadería al día siguiente me daba miedo, pero esa tarde la calentura le ganó a todo lo demás.
Le ofrecí masajearle los pies sin saber que ella iba a poner el suyo justo donde yo no me atrevía a pedirlo, y que ninguno diría una palabra.
La primera vez que un hombre me pidió arrodillarse para besar mis plantas, entendí que no era un capricho suyo: era un poder que llevaba conmigo desde siempre.
—Estoy harta de ser virgen —me dijo Sofía, apoyándose en la mesada—. Y nada me importa menos que lo que opine mi hermana.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
El masajista te hizo una seña para que te sentaras. No a tocar: solo a ser testigo de cómo ella se entregaba, centímetro a centímetro, sobre la camilla.
Dijo que le dolía la espalda para no ir a las actividades. Yo me ofrecí a cuidarlo. Los dos sabíamos que el dolor era la excusa más vieja del mundo.
Llevábamos años jugando a desear a otros entre susurros. Esa noche, en la mesa de un restaurante, mi marido me deslizó una idea que ya no tenía vuelta atrás.
Cuando abrí el regalo de reyes y vi un vale para un masaje con Pilar, me reí. No sabía que mi mujer llevaba meses planeando exactamente lo que iba a ocurrir.
Acepté la demostración por el calor y el aburrimiento. Nunca imaginé que terminaría medio desnuda en la camilla, con seis desconocidos mirándome.
Mi mujer le había prestado un juguete con una sola condición. Cuando bajé a la sala, Lorena ya me esperaba desnuda y con prisa: «No hay tiempo que perder».
Aquella tarde de enero, cuando ella me dijo que tenía dos turnos cancelados y la camilla libre, no imaginé que iba a salir de allí siendo otra mujer.
Le ofrecí un masaje para sus pies cansados y, sin darme cuenta, crucé la única línea que jamás debí cruzar con ella esa noche.
Solo quedaban diez minutos y ella suplicó entrar. Marcó, se lesionó otra vez... y cuando volví al vestuario seguía allí, envuelta en una toalla y con una sonrisa que lo cambiaba todo.
Me tumbé desnudo en la camilla a propósito, sin taparme, solo para ver qué hacía él cuando entrara con el aceite caliente.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
El cartel pedía ayudante sin experiencia y horario corto. No pregunté qué clase de servicios ofrecían en la trastienda; debí haberlo hecho antes de firmar.
Reservé un turno para soltar la tensión de la semana. No imaginé que las manos de aquella chica iban a despertar algo que nunca me había animado a buscar.