Mi primera vez fue con el vecino de enfrente
Mi novio no apareció en la posada navideña. En cambio, su padrino —mi vecino de enfrente— me ofreció un trago, y esa copa de más lo cambió todo.
Mi novio no apareció en la posada navideña. En cambio, su padrino —mi vecino de enfrente— me ofreció un trago, y esa copa de más lo cambió todo.
Después de años con ese secreto, lo dije de golpe: mi esposa se acostaba con otros y yo lo sabía. Lo que vi en los ojos de mi tío no era juicio, sino algo más oscuro.
En cuanto los últimos compañeros se fueron, ella subió al piso de arriba. Se quitó la falda primero. Luego la camisa. Luego todo lo demás.
Valeria cerró el pestillo de la puerta y se giró hacia el entrenador con una sonrisa. Las demás se quedaron inmóviles. Nadie hizo nada para detenerlo.
Cuando la vi cruzar la terraza con esa expresión que conozco de memoria supe que las palabras no iban a ser suficientes. Por suerte llevaba su arma favorita en el bolso.
La recepcionista salió a almorzar y el doctor cerró la puerta del consultorio. Yo había ido por una simple rozadura. Salí por algo completamente distinto.
Valeria tardó diez minutos en agarrar el valor para bajar del auto. Cuando se paró bajo la farola, yo miraba desde el retrovisor sin poder respirar.
Nunca había estado con una mujer. Cuando abrí la puerta y la vi ahí parada, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Nunca pensé que depilarme iba a cambiar algo. Pero cuando él me pasó la cera por los glúteos y me pidió que me pusiera en cuatro, algo en mí se encendió.
Estaba sola en el salón cuando ella entró, arrastró su silla hasta quedar frente a mí y cruzó las piernas. —No pares —dijo. Y yo no paré.
Llevaba semanas masturbándome a escondidas con videos de hombres bien dotados. Entonces lo vi salir del agua y lo supe: ese muchacho era lo que me faltaba.
Veinte años, virgen, y paralizada en el pasillo cuando lo vi por la rendija. Lo que pasó esa noche no fue lo que esperaba, pero fue exactamente lo que necesitaba.
Santiago entró al aula ese lunes con esa camisa ajustada y una voz grave que me puso la piel de gallina desde la primera palabra que pronunció.
Salí por la puerta principal. Volví por el garaje. Me quedé quieto en el pasillo oscuro mientras mi mujer hacía lo que siempre había fantaseado con dos desconocidos.
Pedaleé hacia el río con la sangre ya caliente, sabiendo lo que iba a hacer cuando nadie pudiera verme. Esa tarde, por fin, la fantasía sería real.
Llevaba semanas mirándolo cruzar el pasillo. Esa tarde me llamó a su despacho, y algo dentro de mí supo que algo iba a cambiar.
Busqué los prismáticos casi sin pensarlo. Cuando los enfoqué, ella ya me miraba desde su ventana. Y en lugar de cerrar la cortina, la descorrió del todo.
Cuando salí de la ducha, ella estaba ahí con lencería negra y esa sonrisa que hacía años no veía. Esa noche tenía un plan para mí que yo nunca hubiera imaginado pedir.
El chico llegó con su camilla bajo el brazo y ella ya tenía dos copas de vino encima. Lo que siguió fue mucho más que un masaje de espalda.
Valeria cumplía 26 años cuando nos fuimos de vacaciones juntos. Yo llevaba días sin poder dejar de mirarla, y ninguno de los dos sabía lo que iba a pasar.