Cuidé a mi hermana ciega y todo cambió entre nosotros
Prometí ser sus ojos y sus manos hasta que pudiera valerse sola. Lo que no calculé fue lo que iba a sentir cuando le bajara la braga por primera vez.
Prometí ser sus ojos y sus manos hasta que pudiera valerse sola. Lo que no calculé fue lo que iba a sentir cuando le bajara la braga por primera vez.
Cuando me detuve frente a esa puerta cerrada, supe que no iba a entrar todavía. No tenía sueño. Y él tampoco.
Llegué a casa con el cuerpo encendido y los pensamientos en un lugar que no debía. Me tiré en la cama y dejé que la imaginación se hiciera cargo.
Años de amistad y yo mirando lo que nunca debí mirar. Una noche tomé una decisión que lo cambió todo entre nosotros para siempre.
Fui a visitar a mi sumisa, pero fue su criada quien abrió la puerta. Algo en su mirada me hizo olvidar para qué había venido exactamente.
El autobús estaba repleto y apenas podía moverme. Cuando sentí la primera caricia en el muslo, pensé que sería un accidente. Pero no lo era.
Cinco años juntos y yo nunca imaginé lo que guardaba en su celular. Cuando lo vi, no me enojé. Lo dejé en la mesita y empecé a planear.
Cuando escuché el carrito del elotero pensé solo en saciar el antojo. Lo que no esperaba era que terminara su noche en mi cocina, mirándome como si yo fuera el postre.
Bajo mi camisa de botones hay encaje. Bajo el pantalón formal, medias de red y ligueros. Mis compañeros ven a Matías. Yo sé quién soy en realidad.
Desde mi azotea tenía vista directa al patio de mi vecina. Llevaba semanas mirándola cuando noté algo raro en sus movimientos. Nunca imaginé lo que descubriría.
Me puse la ropa interior más provocadora que tenía y caminé sola hasta la orilla del río. Esa noche descubrí que el cuerpo siempre sabe lo que quiere.
Pedaleaba despacio, sin ropa interior, solo porque me gustaba sentir el aire. No esperaba que el asiento se convirtiera en algo más.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Abrí el cajón de la mesa de noche. El libro estaba ahí, donde siempre. Y en diez minutos ya no podía quedarme quieta.
Guardé el vibrador en la mochila y salí de casa sin decírselo a nadie. El camino de los pinos estaba oscuro y frío, y esa noche quería exactamente eso.
Llevaba semanas con el masajeador guardado en el cajón sin animarme. Esa noche el chat con un desconocido me hizo decidirme por fin.
Salí corriendo en camisón, sin nada debajo, con el vibrador en la mano. La puerta dio un clic y supe que me había encerrado. En el pasillo ya había alguien.
Me mandó una foto que solo se podía ver una vez. Cuando la abrí en el coche, frente a su portal, supe que esa noche iba a ser muy diferente.
Cuando entré por esa puerta con mi padre, no sabía qué esperar. Cuando salí, una hora después, ya no era el mismo chico que había entrado.
Andrés se fue al trabajo y yo bajé a la cocina sin ropa. Marcela estaba en la ventana con una taza de café y me miró de una forma que no era exactamente materna.