Cuando desperté, los dos ya me habían elegido
Los dos estaban en el umbral de mi habitación, mirándome dormir. Ella se tocaba. Él también. Y cuando abrí los ojos, ninguno de los dos se detuvo.
Los dos estaban en el umbral de mi habitación, mirándome dormir. Ella se tocaba. Él también. Y cuando abrí los ojos, ninguno de los dos se detuvo.
Caminé veinte cuadras con borcegos bajo el sol de mediodía para llegar con los pies exactamente como él los quería. Lo que vino después fue perfecto.
Con diecinueve años y una vida entera entre colegios femeninos, aquella noche aprendí más de lo que podía imaginar.
Él apareció en mi puerta: dos metros de piel oscura y ojos que me desnudaron antes de que abriera la boca. Todavía no sé cómo llamar a lo que pasó esa noche.
Me pidió fuego y cuando le acerqué el mechero sus ojos me deslumbraron. Cinco minutos después íbamos camino a su piso y yo todavía no entendía en qué me había metido.
Llevaba años callándome esa curiosidad. Cuando estábamos en la oscuridad y él estaba a un metro, sentí que si no lo pedía entonces, nunca lo iba a pedir.
Cuando volví a casa, ella tenía los labios húmedos y una sonrisa que no encajaba. Lo que me contó después me dejó sin palabras... y completamente excitado.
Llevábamos meses juntos frente a la pantalla, cada uno en su lado. La tarde que Marcos extendió la mano hacia mí cambió todo entre nosotros para siempre.
La sala de profesores parecía vacía a esa hora. Empujé la puerta sin llamar y ahí estaba ella, en el sofá, completamente entregada a sí misma.
Cuando escuché abrirse la puerta supe que era mi hijo. Ya era tarde para detener lo que estaba pasando, y tampoco quise hacerlo.
Rodrigo abrió la puerta y encontró a su vecina en el pasillo, los ojos llorosos, el vestido tenso. Lo que le pidió minutos después no tenía nombre.
Lo había visto en la playa, en una tienda, entre pinos. Tres veces sin atreverme. La cuarta vez estaba en la cocina de su hermano, con una camiseta sin mangas.
Llevaba años viendo cómo lo hacían en pantalla. La primera vez que toqué a una chica de verdad entendí que ningún video te prepara para esa sensación.
Claudia la miraba de esa manera que Sofía ya no podía seguir fingiendo no entender. Esa tarde ninguna de las dos iba a apartar la vista.
Lo vi sentado en el banco y supe que era él. El hombre del plug con el corazón. Decidí darle lo que nunca había pedido: un espectáculo solo para sus ojos.
Desde que empezamos a beber juntos, noté cómo me devoraban con los ojos. No era curiosidad: era hambre. Decidí darles lo que querían sin dejar que me tocaran.
Éramos un matrimonio acostumbrado a compartirlo todo. Cuando Marcos llegó de gira con esa sonrisa de siempre, entendimos que la cena iba a esperar.
Rodrigo la sostenía de las caderas durante el ejercicio y ella fingía no notar su erección. Cuando encontró sus bragas en su cuarto, ya no pudo ignorar lo que ocurría.
Cuando ella me preguntó quién me gustaba más de los dos, yo llevaba veinte minutos mirándolos desde mi toalla con la boca seca.
Mientras mi marido dormía, yo tenía la mente encendida. En el hockey, en las fiestas familiares, en la cocina a solas: mis fantasías no me daban tregua.