La noche que mi amigo Bruno cruzó la línea conmigo
Habíamos visto videos raros en su computadora aquella vez en la oficina. Lo que no esperaba era que meses después, esa misma curiosidad terminara en el sillón, debajo de la cobija.
Habíamos visto videos raros en su computadora aquella vez en la oficina. Lo que no esperaba era que meses después, esa misma curiosidad terminara en el sillón, debajo de la cobija.
Se metió en su cama con la mano todavía oliendo a otro y le pidió al oído todos los detalles. Micaela ya estaba mojada antes de abrir la boca.
Pensé que solo era curiosidad. Hasta que vi su foto, sentí cómo se me aceleraba el pulso, y entendí que llevaba tres años evitando lo que ya había decidido.
Le dije que había olvidado el bikini sin querer. Lo que no sabía era que ella iba a aceptar el reto de entrar al sauna conmigo, las dos sin nada encima.
Cuando se quitó el mono frente a la ventana y caminó desnuda al baño, supe que esa noche no iba a dormir. Mi nueva vecina acababa de mudarse y yo ya no podía dejar de mirar.
Bajé del coche con la comida que le había preparado, abrí la puerta del patio sin pensarlo y lo vi: desnudo, los ojos cerrados, sin la menor intención de parar.
Hasta esa noche había sido completamente heterosexual. Bastó una película mal elegida, una almohada improvisada y la respiración de un desconocido en mi nuca.
Cuando empujé la puerta entreabierta esa madrugada, no esperaba ver a mi propia hija atada a la cama, vendada, con la sonrisa de Tiago mirándome desde el otro lado.
Descubrí que algunos hombres se paraban frente a las rendijas de los privados, respirando agitados. Esa noche decidí darles algo que mirar.
Cuando vi ese consolador rojo escondido en su cajón, supe que no iba a poder olvidarlo. Lo que no sabía era que él ya me había grabado.
Empujé la puerta entornada del baño esperando ver vapor y, en cambio, la vi a ella con la cabeza echada atrás y dos dedos donde no debía mirar.
Cerré la puerta del hotel, le miré las manos temblorosas y supe que aquel desconocido estaba tan asustado como yo. Y ninguno de los dos pensaba marcharse.
Pensé que solo lo espiaría un segundo, pero sus jadeos me clavaron al pasillo. Esa noche, cuando volvió borracho del bar, supe que iba a pasar algo irreversible.
Lo masajeé después de la playa, sin pensar. Sentí su erección bajo el bañador y supe que aquel verano no iba a terminar como los otros.
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Subí los cuatro pisos con el corazón disparado. Quería un juguete, pero salí con algo más: la mirada de la chica detrás de los lentes grabada para esa noche.
Ella entró al baño mientras yo me duchaba. Propuso compartirla para ahorrar tiempo. Lo que vino después no lo planeó ninguna de las dos.
Años después sigo recordando sus bragas al viento, su mano entre las piernas y el beso que me lanzó desde la acera antes de desaparecer. Nunca dijimos una sola palabra.
Salí del baño sin ropa y él estaba ahí, en el pasillo, tan desnudo como yo. Nos miramos sin poder movernos. Ese segundo bastó para que todo cambiara.
Andrés sabía exactamente lo que hacía con sus manos. Yo llegué con dolor de espalda y salí con algo que no tenía nombre, algo que todavía pienso cuando me duermo.