Me dejé ver por el jardinero del vecino
Solo quería terminar lo que la arena de la playa había empezado, pero verlo ahí cortando el pasto fue una invitación que no supe rechazar.
Solo quería terminar lo que la arena de la playa había empezado, pero verlo ahí cortando el pasto fue una invitación que no supe rechazar.
Aquella tarde de calor le escribí a un seguidor al azar y le ofrecí algo nuevo: dejar que me viera entera en el agua, sin nada encima, mientras mi novio sostenía la cámara.
Estaba medio dormida, con el camisón hasta la cintura, cuando vi en el espejo del tocador la silueta del hombre asomado a mi ventana.
Llevaba todo el verano esperando a que se vaciara la cala. La encontré desierta, sí, pero el viento me trajo unos gemidos detrás de las dunas que tuve que buscar.
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Aquella noche de septiembre, su marido había salido con sus colegas y ella se creía sola. Yo, en la terraza contigua, descubrí mucho más que una vecina aburrida.
Me oculté tras la columna sin pensar. Lo que vi en esa ducha del gimnasio cambió mi forma de mirar a las otras mujeres del vestuario para siempre.
Mis faros iluminaron un instante el capó de aquel coche y lo que vi ahí me obligó a dar la vuelta en la rotonda siguiente y volver.
Siempre fui la callada del salón. Nadie sospecharía que aquel viernes, mientras los pasillos quedaban en silencio, subí al tercer piso con Damián y dejé mi mochila sobre una banca.
Las camas chirriaban en sincronía. Si ella gemía, mi novia gritaba más. Era una competencia silenciosa entre cuatro personas separadas por unos centímetros de tabique.
Apreté las sábanas debajo de mí, fingiendo dormir, sabiendo que su mirada recorría mi cuerpo desde el otro lado de la puerta. Esta noche no iba a esconderme.
Nadie esperaba que yo volviera tan pronto. Lo que vi en ese garaje —mi madre, sin camiseta, con los puños vendados— no podía desaprenderse.
Su rodilla se movía contra mi cadera en la oscuridad y, cuando giré para besarla, descubrí que la cama del otro lado del cuarto también se agitaba en silencio.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Bajé del coche convencida de que la casa estaba vacía. Entonces escuché los gemidos venir del piso de arriba y encendí la cámara del cuarto.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
Empezó como un juego de miradas en el gimnasio. Terminó arrodillada en un probador con un desconocido y una cámara mirando cada movimiento.
Cuando se apoyó en el marco de la puerta y me señaló la erección que asomaba del calzoncillo, supe que el encargo había salido mejor de lo que imaginaba.