La primera vez que alguien me hizo de verdad
Llevaba meses fantaseando con él. Ese viernes, con mis padres fuera y la casa en silencio, tomé la decisión más atrevida de mi vida.
Llevaba meses fantaseando con él. Ese viernes, con mis padres fuera y la casa en silencio, tomé la decisión más atrevida de mi vida.
Cuando ellas llegaron al edificio, mi vida gris encontró un foco. Lo que no esperaba era que ese foco terminaría consumiéndome por completo.
Levanté la vista de los libros y sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Supe en ese instante que aquel chico iba a complicarme la vida.
Llegué con mi grabadora y mis preguntas preparadas. Ella me recibió con una taza de café y una sonrisa que no era exactamente profesional.
Él tenía casi setenta años, manos fuertes y ningún pudor. Yo tenía cuarenta y dos, un marido en el piso de abajo y las defensas completamente por los suelos.
Cuatro amigas, una casa cerca de la playa y una botella de vodka. Lo que empezó como un juego se convirtió en la noche más intensa de mi vida.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.
Llevaba todo el día esperándome y yo lo supe antes de que dijera una sola palabra. El delantal, su sonrisa, y el calor que salía de ella.
Sabía lo que quería hacer esa noche. Solo necesitaba oscuridad, silencio y el coraje de no ponerme límites a mí misma ni por un instante.
Cuando entró a mi cuarto esa noche, sin nada encima, supe que no era solo por el miedo a los truenos. Mi madre lo sabía todo. Y yo lo sabía también.
Llevábamos semanas hablando por mensajes. Cuando al fin la vi llegar con esas mallas ajustadas, supe que esa noche iba a ser diferente.
El autobús iba vacío y mi novia lo sabía. Cuatro horas de noche, un chofer en la cabina y nosotros dos solos en el fondo.
Ella tenía 67 años y la sonrisa de quien ya lo ha visto todo. Cuando la llevé a la cama esa noche de nochevieja, no calculé que me quedaría mirándola durante horas.
Sofía llevaba semanas con esa mirada traviesa. Cuando me propuso que un extraño la viera tocarse por cámara mientras yo observaba en silencio, dije que sí sin dudarlo.
Andrés quería compartir a su mujer con el capitán. Valeria resistió tres días. Cuando llegó Pilar, ninguno de los cuatro salió igual.
Se metió en mi cama con el camisón subido hasta la cintura. Dijo que era para hablar. Pero cuando encontró lo que había debajo de la sábana, todo cambió.
Valeria me pidió que los mirara. Solo mirar. Un bar secreto, su amante, la dueña del local y yo. Nadie calculó cómo iba a terminar esa noche.
Había algo en la forma en que me miró desde el andén. No era una mirada cualquiera. Supe que si le seguía, no volvería a ser el mismo.