La tarde que mi mujer volvió del masajista
Caminé hacia casa con la certeza de que otro hombre estaba con mi mujer en ese momento. Y lo único que sentía era ganas de que volviera.
Caminé hacia casa con la certeza de que otro hombre estaba con mi mujer en ese momento. Y lo único que sentía era ganas de que volviera.
Llevaba meses en el mundo swinger como soltero, hasta que me citaron en un departamento y reconocí a la abuela de mi mejor amigo sirviéndome whisky.
Avisé que era yo, como hacíamos siempre. Él respondió que pasara. Lo encontré en el baño, afeitándose, desnudo. Tenía el cuerpo que yo había tratado de no mirar durante meses.
Vestido de fulana, colgado del arnés y con el corazón latiéndome de vergüenza, comprendí que había llegado más lejos de lo que nunca había pedido. Y aún así pedí más.
Estaba leyendo sobre súcubos cuando una voz respondió a su pregunta desde el otro lado de la habitación. No era un sueño: la criatura ya estaba ahí.
Llegué al departamento con cinco días de trabajo encima y los encontré a todos bronceados y sin ropa. Esa noche mi madre apareció junto al sofá con una pregunta que no esperaba.
Solo en casa por primera vez en meses, encendí la pantalla con la vaga intención de matar el tiempo. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de descubrir sobre mí mismo.
La pantalla mostraba su salón: las dos cuñadas sentadas muy juntas, sin sospechar que yo las estaba mirando. Esa tarde empezó algo que ninguna podría olvidar.
Llevaba años mirándola en silencio, diciéndome que era solo una obsesión que pasaría. Esa mañana, con lo que había grabado en la mano, supe que todo iba a cambiar.
Llevaba diez minutos encerrada cuando empujé el pestillo y dejé que la puerta se abriera. Los sonidos me rodeaban. Ya no me importaba quién pudiera verme.
Daniela tenía veinte años, vivía en el cuarto piso, y nunca había estado con una mujer. Ese día cambió todo eso de golpe.
Nunca había pensado en eso hasta que mis nuevas amigas lo mencionaron. Aquella noche, sola en mi cuarto, la curiosidad fue más fuerte que el miedo.
Llevábamos meses hablando de esa fantasía: que alguien nos viera. Esa noche en el motel lo convertimos en un juego con reglas y sin marcha atrás.
Llevaba días conteniendo el deseo mientras él viajaba. Esa tarde no aguanté más: me puse la tanga roja y salí a cazar.
Estaba al límite. Sin dinero y sin opciones, marqué el número de Rodrigo sabiendo exactamente lo que implicaba volver a verlo.
Esa mañana la ducha duró casi una hora. Empezó con espuma y terminó con algo que nunca antes me había atrevido a descubrir del todo.
Roberto llevaba meses en ayuno sexual forzado. Esa noche en Sevilla, Valeria prometió cambiar las reglas. Nadie esperaba lo que haría Natalia.
Llevaba lencería negra y el anillo puesto. Marcos se sentó en el sillón frente a la cama. El otro hombre ya estaba en la puerta.
Llevaba años ocultando esa parte de mí, pero con ella era distinto. Cuando me dijo que quería vernos, supe que no había forma de decirle que no.
La primera vez que me puse un par de tacones ajenos supe que esa imagen en el espejo era la versión más honesta de mí misma. Tardé años en aceptarlo.