Las pastillas que me volvieron su juguete femenino
Pensé que todo había terminado cuando el director me pagó y me despidió. No imaginaba que la verdadera dueña de mi cuerpo era ella, la mujer del escritorio de al lado.
Pensé que todo había terminado cuando el director me pagó y me despidió. No imaginaba que la verdadera dueña de mi cuerpo era ella, la mujer del escritorio de al lado.
Desde mi nuevo escritorio tenía una vista perfecta de la recepción. Lo que no esperaba era sorprenderla con la mano bajo el vestido, creyendo que nadie la observaba.
El cuarto día en la playa una desconocida me pidió que vigilara sus cosas. Horas después descubrí de quién era esposa, y ella ya había decidido qué pasaría conmigo.
La consultora que entró a presentar números resultó ser la mujer más perfecta que había visto. Antes de medianoche, de rodillas, me pedía que la marcara como mía.
La conocía del trabajo: brillante, arrogante, imposible de aguantar. Lo que no imaginaba era encontrármela desnuda, de rodillas y vendada, esperando órdenes.
Sus tacones retumbaban por toda la planta y todos creían que las órdenes las daba yo. Solo ella sabía lo que pasaba cuando cerraba la puerta de mi despacho.
Acepté la cena pensando en una charla amable. Su hermana me miró desde el otro lado de la mesa como si ya supiera cómo iba a terminar todo.
Cuando me jaló hacia el callejón oscuro y me besó contra la pared, supe que el viaje que había ganado en la oficina no iba a ser lo que yo imaginaba.
Cuando los truenos empezaron a sacudir el edificio supe que aporrearía mi puerta. Lo que no imaginé fue que esa noche terminaría dentro de mi cama.
Nunca me había desnudado frente a nadie. Esa tarde, en su sofá de cuero, un hombre que me doblaba la edad me pidió que me quitara el blazer detrás del que llevaba toda la vida escondida.
La tormenta había vaciado el edificio. Solo quedábamos él y yo, hasta que un sonido apenas audible me hizo levantarme de la silla y caminar hacia su despacho.
Llevaba una semana en el puesto y ya estaba de rodillas en su despacho, contando cajas en voz alta, sin imaginar lo que aquella mujer pensaba enseñarme esa tarde.
La Licenciada que me hacía firmar contratos millonarios apareció con dos valijas y la cara descompuesta: su casa estaba bajo el agua y necesitaba dónde dormir.
Veinte años entrando a las ocho y saliendo a las cinco, sin que nadie sospechara nada. Hasta el día en que tres hombres entraron a reparar la nave.
Lo seguí por el pasillo sin pensarlo, con el corazón en la garganta. Sabía que si empujaba esa puerta no habría vuelta atrás, y aun así la empujé.
La odiaba con todo. Cada vez que abría la boca me robaba el aire. Y sin embargo esa tarde, solos en la sala de juntas, descubrí cuánto la deseaba.
Llegó con los labios recién pintados y me dejó su marca en las dos mejillas, delante de toda la redacción. Yo solo pensaba en arrastrarla detrás de la puerta antes de que se fuera.
Tengo el cargo, el poder y la última palabra. Entonces llegó él, veintisiete años y una calma peligrosa, y entendí que obedecer también podía excitarme.
Desperté empapado y su mensaje ya brillaba en la pantalla: no se le ocurra borrar nada. Llevaba sus calzoncillos puestos y él todavía no había terminado conmigo.
Llevábamos un mes coqueteando entre monitores cuando me llevó al asiento trasero de mi coche. Lo que descubrí semanas después lo cambió todo, y no como yo temía.