Mi compañero de oficina me encontró desnuda en la playa
«Bienvenida a mi playa», dijo su voz a mi espalda. Yo estaba completamente desnuda sobre la toalla, y él era la última persona que esperaba ver allí.
«Bienvenida a mi playa», dijo su voz a mi espalda. Yo estaba completamente desnuda sobre la toalla, y él era la última persona que esperaba ver allí.
Ella me dijo «desconfía de mi marido» y yo me reí. Tres meses después, mi mujer entró en mi despacho incapaz de mirarme a los ojos.
Le dije que se desnudara él también. Era lo justo: él ya me había visto sin ropa en la pantalla y yo llevaba toda la tarde fingiendo curiosidad técnica.
Llevaba meses viéndola con suéter y lentes detrás del monitor. Esa noche, con un vestido vino y una copa de más, me miró de una forma que lo cambió todo.
Aceptó el trabajo para huir de una relación apagada. Lo que no imaginó fue que aquel jefe arrogante escondiera a un hombre capaz de dejarla sin aire.
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Esa polla que la había dejado temblando el sábado pertenecía al hombre que el lunes firmaría sus evaluaciones. Y ninguno de los dos pensaba detenerse.
Cuando se quedó a practicar unas posturas, noté cómo me miraba. No tenía pareja desde hacía meses y mi cuerpo había decidido por mí mucho antes que mi cabeza.
Nunca había estado en un sex-shop, me dijo. Entramos juntos a una cabina y, entre gemidos en la pantalla, me pidió algo que jamás imaginé escuchar de su boca.
Mateo acababa de echar a su mujer del restaurante cuando llamaron a la puerta del despacho. Era la camarera de los tatuajes, y no venía a hablar de las cuentas del día.
Un muchacho que revisaba un contenedor me chistó en la calle, y cuando me dijo por qué, quise desaparecer. Lo que no imaginé fue cómo terminaría agradeciéndole.
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
Me vestí para impresionar, pero al cruzar la puerta de aquella oficina entendí que no iba a usar el currículum para conseguir el trabajo.
Frené la bici, le arreglé la cadena y seguí a mi oficina sin saber que esa desconocida iba a costarme el empleo... y a darme mucho más que un mal día.
Llegué sola a un piso recién mudado, con un leggins ajustado y un suéter fino. El de la mudanza me miró distinto al cerrar la puerta, y supe que no iba a quedarme con las ganas.
Habían viajado para cerrar un contrato, no para esto. Pero en el ascensor de aquel hotel, Lucía entendió que llevaban meses fingiendo que no se deseaban.
Fui a resolver un papeleo aburrido y salí temblando. Lo que ese hombre hizo con sus manos detrás de su escritorio todavía me quita el sueño.
Solo iba a ser la excusa para que su mujer no sospechara. Nunca imaginé que terminaría sentado frente a ellos, sin poder apartar la vista de lo que hacían.
Llevaba casi dos meses sin saber de él. Entonces llegó el mensaje: «Mañana ven al trabajo con ropa interior de mujer». Y supe que no podría negarme.
Bajó la voz hasta un susurro ronco al otro lado del tabique, y supe que jamás volvería a sentarme frente a él en una reunión sin recordarlo.