Doce horas con él en el ascensor del apagón
Cuando las luces se apagaron en la planta 22 y supe que íbamos a estar horas a solas con él, no imaginé hasta dónde sería capaz de llegar.
Cuando las luces se apagaron en la planta 22 y supe que íbamos a estar horas a solas con él, no imaginé hasta dónde sería capaz de llegar.
Aquella tarde la planta estaba vacía. Cuando ella entró al ascensor y me miró así, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera.
Empecé a tocarme cada vez que oía su voz en el taller a distancia. Nunca imaginé que meses después abriría la sala de juntas y los encontraría a los dos.
Era mi auxiliar en la oficina, una belleza imposible que me robaba la mirada. Una noche, desde el chat, descubrí todo lo que su ropa apretada llevaba semanas escondiéndome.
Ignoré el aviso de no aparecer por la oficina y aparecí igualmente. Lo que descubrí desde el conducto del aire me hizo dejar de verla como una santa.
Entre cajas y con la puerta apenas cerrada, ella se mordió el labio para no gritar mientras la sostenía pegada a mi pecho. Nadie debía oírnos.
Eran casi las once de la noche y el edificio entero parecía vacío. Cuando giré la silla, lo único que faltaba era que alguien abriera esa puerta. Y la abrieron.
Reconocí los gemidos detrás de aquella puerta. Reconocí cada cadencia. Pero la mujer del escritorio tenía algo que mi esposa juraba no tener jamás.
Llevaba horas a oscuras, con los brazos por encima de la cabeza atados al perchero, esperando que sus tacones se acercaran y abriera la puerta del armario.
La voz de Diego en el audio sonaba derrotada. Cuando escuché el nombre de ella, supe que llevaba meses engañándome desde su oficina.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
Cuando entré al bar y la vi al fondo, supe que esa noche no iba a dormir. Tres meses sin sus manos pesaban más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Llegó con un vestido negro ajustado y las pecas le brillaban bajo las luces del bar. Yo, que jamás había mirado a una mujer, ya no podía apartar los ojos de ella.
Cuando metí la mano bajo su falda, sentí algo pegajoso entre sus muslos. No era flujo. Ella bajó la mirada y supe que el jefe se le había adelantado esa tarde.
Llevaba meses guardando el secreto en el fondo del armario. Esa noche toqué a su puerta con la pollera plisada y el moño rojo, y ya no quise volver atrás.
Cuando se inclinó sobre mi escritorio para mostrarme el archivo, su falda subió dos dedos. Yo ya no podía disimular nada. Ella tampoco quería que lo hiciera.
Llevaba meses controlándola con una sola frase. Bastaba decir «gatita caprichosa» y la dueña de la empresa se convertía en mi juguete. Hasta que esa tarde alguien me observó a mí.
Cuando Daniela me preguntó si podía dormir conmigo esa noche, supe que ninguna de las dos volvería a la mañana siendo la misma mujer que había llegado a la finca.
Cuando me invitó a cenar a su casa, pensé que solo quería agradecerme. No imaginaba lo que escondía bajo aquella falda de tubo, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Bajé al parking y mi coche no arrancó. Entonces apareció Mateo de mantenimiento con el mono abierto, y yo dejé de pensar en el fin de semana.