El santero del pasaje me lanzó un hechizo
Me pasó una piedra por la espalda, murmuró algo que no entendí, y de repente solo quería una cosa: que ese hombre me tomara. No sé si fue brujería. Sé que no me resistí.
Me pasó una piedra por la espalda, murmuró algo que no entendí, y de repente solo quería una cosa: que ese hombre me tomara. No sé si fue brujería. Sé que no me resistí.
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Nunca me había preguntado si podía despertar deseo en alguien veinte años más joven. Julián llegó a casa y borró esa pregunta de un solo vistazo.
Me paré en el umbral con el vino en la mano y lo miré desde lejos. Él levantó la vista. Yo sonreí. No hizo falta decir nada más.
Cuando llegué a su departamento aquella tarde de sábado, me había depilado entero y no llevaba ropa interior. Sabía exactamente a qué iba. O eso creía.
La puerta de su despacho estaba entornada. Lo que vi al asomarme no me generó celos. Me generó ganas de algo que no esperaba.
Llegamos del trabajo, cerramos la puerta y nos olvidamos del mundo. Hasta que el mensaje de la prima de Vale apareció y cambiamos de conversación.
Todos dormían a metros cuando me apoyé contra la pared fría del patio. Esa noche, mi cuñado haría algo conmigo que ningún hombre había conseguido antes.
Natalia y yo compartíamos habitación. Solo eso. Pero cuando apagamos la luz y nuestros cuerpos quedaron a centímetros, los planes cambiaron.
Cuando el portón se cerró detrás de mí, con la jarra de agua en la mano y los dos obreros mirándome, supe que lo había buscado desde el primer día.
Estábamos haciendo abdominales y entonces lo vi. No era mi hijo en ese momento, era un hombre. Y ese pensamiento me persiguió durante días.
Dos chicos de veinte años colándose en casa de la vecina mientras se duchaba. Lo que ocurrió cuando los descubrió fue algo que ninguno olvidaría jamás.
Llevaba meses siendo invisible para mi marido. Cuando el técnico llamó a la puerta esa tarde, algo en mí decidió que no iba a dejar pasar la oportunidad.
Tenía veintiún años y nunca había estado con una mujer trans. Valentina cambió eso en una sola noche con su cuerpo, su calma y su manera de guiarme sin juzgarme.
Llevaba la lencería más atrevida y ganas de que alguien me notara. Cuando él apareció entre los jardines y me vio cruzada de piernas, supe que la semana iba a ser distinta.
El profesor frenó bajo los árboles y metió la mano bajo mi falda. Era la primera vez que alguien me tocaba así, y no quise que parara.
Cuando la vi tumbada al sol en el jardín, sin la parte de arriba del bikini, entendí que ese verano iba a ser diferente a todo lo que había vivido.
Marcos llegó puntual con su traje oscuro, oliendo a colonia cara. Cuando cerré la puerta del departamento, supe que los dos estábamos a punto de cruzar una línea.
Fui a llevarle un encargo a mi suegra y terminé con las manos en algo que no era el tobillo. No puedo arrepentirme de nada.
Entró al confesionario a hablar de sus sueños. Cuando salió de la sacristía, ya no era la misma. Tenía dieciocho años y acababa de descubrir lo que su cuerpo llevaba meses pidiéndole.