La noche que paseé a mi mujer desnuda por la avenida
Eran las tres de la madrugada cuando le pedí que se quitara el vestido en plena esquina. Pasó un taxi. Después pasó todo.
Eran las tres de la madrugada cuando le pedí que se quitara el vestido en plena esquina. Pasó un taxi. Después pasó todo.
Llevaba semanas sin noticias suyas desde que descubrió lo que pasó entre mi madrastra y yo. Cuando cruzó la puerta esa tarde, traía una maleta y una mirada indescifrable.
Contó hasta diez antes de empujar la puerta del baño. El vapor lo cubría todo y, por primera vez, decidió no huir de lo que sentía por ella.
Cuando mi jefe propuso subir a su departamento a seguir la fiesta, mi esposa dudó. Pero la curiosidad y el alcohol pesaban más que la prudencia esa noche.
Llevábamos años con un juego inofensivo: exhibirla un poco más de la cuenta. Nunca imaginé que un vagón lleno de gente nos haría cruzar todas las líneas que jurábamos no cruzar.
Cuando me dijo que me pusiera el vestido corto y los tacones, supe que esa noche no íbamos solo a cenar. Íbamos a un sitio del que solo habíamos hablado en susurros.
Buscamos el rincón menos iluminado del parque y allí, sobre la madera fría del banco, las dudas sobre su novio empezaron a desvanecerse.
Valentina dijo que iba a hacer la compra. Esa tarde, Nicolás canceló su reunión y volvió a casa antes. La chaqueta de Marcos colgaba en el perchero.
Teníamos los últimos días libres antes del casamiento. Sin ropa en casa, tomando mate, planeando la boda y recordándonos por qué nos habíamos elegido.
Ella estaba sola al borde del agua cuando llegó él. Ricardo los observó desde arriba sin poder apartar la mirada. Lo que pasó no era para nadie más.
Me quedé solo en la habitación mientras ella cruzaba al cuarto de al lado. Dos horas de espera, de imaginar, de escuchar el silencio de la pared.
Le dije que quería besarla en plena calle sin importarme quién mirara. Ella apartó las sábanas, empezó a tocarse y me miró fijo. Las compras podían esperar.
Estábamos buscando el spa para la luna de miel cuando ella puso los pies en mi regazo y empezó a acariciarme sin decir una palabra.
Estaba mirándola por la cámara cuando la llamé. Ella no sabía que la veía. Y aun así los dos terminamos haciéndonos lo mismo al mismo tiempo.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Quería hacerle a papá el mejor oral de su vida mientras Andrés lo filmaba desde el sillón. Lo que ocurrió después nadie lo planeó.
Siempre fui invisible, la chica con lentes que nadie notaba. Esa tarde en el mercado, cuando las naranjas rodaron, todo cambió de golpe.
Nadia me apretó la mano antes de entrar. Yo pensé: o nos despiden o nos casamos. Salimos con fecha de boda y con ganas urgentes de celebrarlo.
Estaba parado al otro lado de la puerta entornada, viendo lo que nunca debí ver. Lo que hice después cambió para siempre la forma en que nos mirábamos.
Estoy dentro de ella y mi mente ya está en otro lugar. No soy yo quien la está follando en mi cabeza. Siempre es el mismo desconocido.