La última madrugada con Mateo antes de que se mudara
Cerré con llave, me giré para mirarlo y supe que esa madrugada no admitía despedidas tibias: íbamos a llevar hasta el final lo que nunca habíamos terminado.
Cerré con llave, me giré para mirarlo y supe que esa madrugada no admitía despedidas tibias: íbamos a llevar hasta el final lo que nunca habíamos terminado.
Lo vimos entre los lirios, mirándonos desde la sombra. Daniela se arrodilló sin avisar y supe que esa noche cambiaría todo lo que éramos como pareja.
Llevaba meses mintiendo a Mateo y, cuando entendió que lo sabía todo, no me derrumbé. Me puse el vestido azul, salí de casa y crucé la ciudad para encontrarme con Adrián.
Le pregunté inocentemente si había sido su mejor amante. Su risa fue la primera señal de que no debía haber abierto la boca aquella madrugada.
Guardé sus números en el cajón y supe que no los llamaría. Pero también supe que mi marido nunca volvería a tocarme como antes de aquella noche en alta mar.
Rodeé la cabaña por el lado del cuarto de bombas y vi la mano de mi mujer dentro del bóxer mojado de Marcos. Y no pude moverme de los arbustos.
Pensé que era una broma cuando me lo dijo entre cucharada y cucharada. Pero al día siguiente ya estaba llamando a Lorena para proponerle un viaje distinto al habitual.
Doblaba ropa en el sofá cuando él apareció con la cerveza en la mano y esa sonrisa que no debería haberle devuelto. Y aun así, no apartó la mirada.
Le dije a Mateo que parara, que mi hermana dormía a tres metros, pero él insistió en silencio. No imaginé que ella iba a abrir esa puerta justo entonces.
Cuando la hielera cayó al suelo no pensamos en el ruido, pensamos en mi esposa cabalgando desnuda sobre Damián. Tampoco pensamos en quién podría asomarse.
Lo vi acercarse al sofá donde ella gemía bajo el peso de su hombre. Lo que ese intruso hizo con sus dedos antes de marcharse me dejó temblando en mi rincón.
Cuando aceleré en la primera recta, ella ya tenía la mano entre las piernas. La falda subida hasta las caderas. Y los coches que nos pasaban no sabían dónde mirar.
Salí a fumar a oscuras y lo vi: agazapado tras la palmera, con la mirada clavada en la ventana donde ella se desvestía sin saber que la miraban dos.
Le dejé la tanga en su mano con un beso y crucé el salón hacia el desconocido al que me había desafiado a seducir. Cuando volví, mi marido ya no era el mismo.
Desde el despacho del piso de arriba, él ajustó el zoom. En la cocina, ella se acomodó la pretina del vaquero sabiendo que el timbre estaba por sonar.
Abrí las cortinas, encendí la lámpara del rincón y supe que él estaría asomándose desde la terraza vecina. Esa noche íbamos a darle algo que no se atrevería a pedir.
Llevábamos horas tomando cerveza alrededor de la pileta. Cuando entré a la casa buscando hielo, los gemidos venían de adentro y no eran de ella sola.
Me vestí para volar la cabeza a mi novio. Quien abrió la puerta fue su hermano mayor, y sus ojos me recorrieron entera antes de saludarme.
Vi cómo el vendedor me miraba mientras atendía a mi mujer. Cuando giró la cabeza la segunda vez, supe que no íbamos a salir del centro comercial sin más.
Cuando el primero se acercó al coche, mi mujer ya tenía la falda subida y la blusa abierta. Lo que vino después lo vi todo desde un sillón, vaso en mano, sin respirar.