Confieso lo que hice con una pareja swinger
Eran jóvenes, abiertos y querían algo distinto. Lo que no sabían es que esa noche en el hotel yo también descubriría una parte de mí que llevaba años escondiendo.
Eran jóvenes, abiertos y querían algo distinto. Lo que no sabían es que esa noche en el hotel yo también descubriría una parte de mí que llevaba años escondiendo.
Ella entró sin avisar mientras yo estaba de rodillas frente a Damián. Lo que dijo después no fue lo que yo esperaba, ni mucho menos lo que mi matrimonio podía soportar.
Ella levantó la copa desde el rincón como brindando conmigo. Él se acercó y me dijo al oído que querían llevarme al departamento de Pichincha. Yo no sabía lo que vendría después.
Mi esposa me susurró al oído que ella también deseaba ese cuerpo joven. Esa noche, en el sofá del salón, todo lo que era prohibido dejó de serlo.
Cuando su bikini se corrió en la orilla y los hombres de la playa empezaron a mirar, ella no lo ajustó. Se limitó a caminar más despacio.
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.
Pablo y Laura llegaban al resort pensando en tenis. Ocho adultos, una terraza con vistas al mar y una botella de vino de más cambiaron todos los planes.
Sandra se quitó la tanga en el baño del bar y me la puso en la mano. Húmeda, caliente. Supe entonces que no habría vuelta atrás.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Esa tarde en la playa supe que los cuatro nos miraban. Lo que no sabía era que esa noche todo lo que Roberto y yo habíamos imaginado iba a ocurrir.
Había vuelto temprano del bar. El pasillo estaba oscuro y la puerta de su cuarto, entreabierta. Me detuve solo un segundo. Ese segundo lo cambió todo.
Llevaba años con ese cajón cerrado con llave. Esa mañana lo encontré abierto, y dentro había un disco negro con el nombre de Sofía escrito en rotulador.
Lo esperé con un whisky y muy poca ropa. Él no sabía que esa noche era apenas el inicio de un plan que llevaba semanas armando en silencio.
Hay tardes en que el mejor placer es no hacer nada. Me tumbé en el sofá, abrí los brazos y le dije que fuera ella quien mandara.
Cuando puso la mano en mi pierna y notó que algo había pasado, no dijo nada. Solo arrancó y guardó silencio. Ese silencio fue lo más excitante que sentí en años.
La tele puesta, las luces apagadas, una manta que nos cubría a los tres. Nadie dijo nada. Fue mi amigo quien movió primero la mano, despacio, como si llevara tiempo esperando ese momento.
Entré en su habitación y lo encontré con los ojos llorosos. Iba a cancelar la visita de su novia por miedo a su primera vez. No pude dejarlo así.
Marcos era voyeur y llevaba años queriendo verla con otro hombre. La tarde que lo intentaron por primera vez, dos desconocidos en un restaurante cambiaron todo.
Era la mujer de mi colega: cuarenta y pocos, un cuerpo que imponía desde el marco de la puerta. Esa noche también quiso elegir a los dos.
Llevaba más de treinta años con mi cuerpo y nunca me había mirado así. Fue su comentario el que lo desató todo. Puse el espejo en la cama y abrí los ojos.