Mi novia se exhibió ante extraños en plena noche
Valeria llevaba minifalda sin ropa interior. Los hombres dormidos en la calle la miraban sin disimulo. Yo observaba desde el baúl de la camioneta, completamente excitado.
Valeria llevaba minifalda sin ropa interior. Los hombres dormidos en la calle la miraban sin disimulo. Yo observaba desde el baúl de la camioneta, completamente excitado.
Caminó toda la tarde entre pies ajenos que no podía tocar. En casa, Laura lo esperaba con los suyos sucios de asfalto y una sonrisa que era una orden.
Cuando don Eduardo cerró la puerta del despacho, Valeria supo que no habían venido a hablar de ningún informe. Ambos guardaban un secreto y eso los igualaba.
Valeria llevaba semanas preparando el baile. Yo sabía que iba a pasar, pero verla ahí, con ese liguero, rodeada de cuatro hombres hambrientos, fue otra cosa.
Rodrigo palideció de golpe y retiró el teléfono. Supe exactamente qué había pasado antes de que abriera la boca para explicarse.
Tenía dieciocho años y ninguna experiencia. Ella tenía marido, una hija en mi clase y la habilidad de hacerme perder el sueño desde el primer día.
Llevar tres sillas plegables a un callejón de madrugada fue idea de ella. Lo que pasó después me dejó mirando desde afuera, con la boca seca y el corazón acelerado.
Entró al cuarto de estudio con una mirada que no admitía preguntas. Me ordenó que me desnudara. Tenía reunión en veinte minutos y yo iba a ser su entretenimiento.
Me vestí más provocativa de lo necesario para ir a comprar pan. Lo supe al mirarme al espejo: no iba a la panadería por pan, iba por él.
Habíamos pasado la mañana bromeando entre los cinco, con esa tensión que no nombra nadie. Cuando empezaron a tocarse, quedó claro que la tarde iba a durar mucho.
Cuando abrió la puerta con ese vestido ajustado, supe que esa tarde iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis propios límites.
La ropa empapada pegada al cuerpo, la lluvia golpeando el techo del pajar y ninguna excusa para mantener la distancia. Así empezó su aventura.
Silvia cabalgaba sobre mí cuando vi la figura en el umbral. Mi padre. Desnudo. Mirándola fijamente, con una mano en movimiento que no dejaba lugar a dudas.
Estaba sola en mi habitación cuando escuché la puerta abrirse. No había llamado. No había avisado. Y yo llevaba puesto muy poco.
Daniela me metió un condón en el bolsillo antes de marcharse. Yo sabía que era virgen y que Marco también. Esa tarde iba a cambiar todo eso.
Él apareció entre las dunas, se detuvo a mirar y no se fue. Nosotros seguimos, y él también. Así empezó el juego más excitante que hemos tenido.
Marcos lo tenía todo preparado. A mí solo me dijo que me pusiera el vestido gris y llegara puntual a la sala de exposiciones.
Esa semana entera dormimos mal. Sabíamos lo que nos esperaba el sábado, y esa certeza convertía cada noche en un anticipo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.
Valeria lo soltó mientras nos secábamos: necesitamos una cámara. Y las tres sabíamos exactamente a quién llamar.
Tumbada en la cama del hotel con la venda puesta, escuchas cómo alguien entra en la habitación. No sabes si es hombre o mujer. Solo sabes que os mirabais en la app hace una hora.