Aquella noche descubrí el placer entre hombres
Aparcamos en aquella obra abandonada y, sin decir palabra, su mano se apoyó en mi muslo. Su mirada lo decía todo, y yo supe que ya no había vuelta atrás.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Aparcamos en aquella obra abandonada y, sin decir palabra, su mano se apoyó en mi muslo. Su mirada lo decía todo, y yo supe que ya no había vuelta atrás.
Don Genaro me lo planteó como un juego: un agujero en la pared, un chico que me gustaba y la oscuridad. Acepté sin saber quién estaba en realidad del otro lado.
Subí a su suite con la cena que me había pedido. Ella abrió la puerta con un kimono entreabierto y supe que la noche no iba a terminar como yo había planeado.
En aquel banco del parque, con la chaqueta de Mateo sobre mis piernas, descubrí que la primera vez no se elige: te elige a ti.
Crecí entre rezos y prohibiciones, convencida de que el placer era pecado. Hasta que la mujer de al lado se sentó a mi lado en el colectivo y todo empezó a cambiar.
Ella me miraba con esos ojos color miel desde el otro lado de la barra, y cuando por fin me besó en aquel rincón oscuro, sentí algo duro presionar contra mi pierna.
La habitación tenía una sola cama, enorme, y mi amiga de toda la vida me propuso ducharnos juntas para ganar tiempo. Lo que vino después no lo esperaba.
Su pierna se apoyó contra la mía y ninguna la corrió. El mate seguía circulando, pero las dos sabíamos que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Cuando entró al gimnasio supe que la conocía, pero no de dónde. Una hora después la tenía desnuda en la ducha y mi vida estaba por partirse en dos.
Él me conoció siendo un chico tímido. Años después le abrí la puerta vestida y maquillada, y en sus ojos vi que ya no quedaba nada del amigo que creía conocer.
Cuando volvimos de la compra, encontré a mi tía con los ojos brillantes y el pelo revuelto. Algo había pasado en esa casa mientras estábamos fuera, y no fue precisamente limpiar.
Llevaba meses mirando sus fotos en la pantalla. La noche que me decidí a escribirle, no imaginaba que ese cuerpo iba a cambiarme para siempre.
Su mano subió por mi antebrazo mientras yo intentaba servirle más vino, y supe que aquella copa no era la única razón por la que me había invitado a su casa.
Cuando salí del baño a las tres de la mañana, mi tío me miraba desde la cama con una luz tenue, y supe que ninguno de los dos iba a fingir que no pasaba nada.
Mi primera vez apenas duró un minuto y me dejó convencida de que el sexo no era para mí. Hasta esa madrugada a solas, vigilando cámaras con el hombre más simpático del trabajo.
Subí al tren resignada a la soledad de mi cumpleaños. Cuando ella se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo, no imaginé lo que vendría después.
Cuando bajó del tren con dos maletas y unos tacones imposibles, supe que aquella convivencia con mi sobrina no se parecería en nada a lo que había imaginado.
Compartíamos cama porque éramos las únicas que cabíamos, hasta que a las dos de la mañana me besó sin avisar y supe que mis padres dormidos no iban a parar nada.
Llegué pensando que tomaríamos cerveza y celebraríamos su ascenso. Carla abrió la puerta con una falda diminuta y la blusa transparente. Damián aún no había llegado.
Siempre escuchaba a mis amigos hablar de esos cines a oscuras. Una tarde salí temprano del trabajo y decidí cruzar la puerta para verlo con mis propios ojos.