La propuesta que tardé una semana en aceptar
Eran seis. Todos pasando los sesenta. Me miraban sin moverse, esperando mi señal. Nunca imaginé que eso sería lo que más me encendería de todo el fin de semana.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Eran seis. Todos pasando los sesenta. Me miraban sin moverse, esperando mi señal. Nunca imaginé que eso sería lo que más me encendería de todo el fin de semana.
Cuando bajé la vista vi que sostenía el condón más grande entre los dedos. No era para mí. Y sin embargo no fui capaz de irme.
Solo quería despejarme por una noche. No esperaba que esa despedida de soltera, ese bar y ese hombre iban a quedarse en mí tanto tiempo.
Llevaba semanas soñando con lo mismo. Esa noche dejé de fingir y me miré al espejo por primera vez como realmente era.
Esa tarde en casa, mientras probábamos ropa en la sala, entendí que la mirada que Valeria me lanzaba no tenía nada de inocente.
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Fingí dormir mientras sus dedos me recorrían la piel. No sé en qué momento decidí que no quería que se detuviera, pero esa noche todo cambió entre nosotras.
Camila tiró de la sábana sin pensar y se quedó mirando justo donde no debía. Lo que vino después cambió la forma en que mi hermana y yo nos hablábamos para siempre.
Fui a aquella pensión como Tomás. La noche que don Federico me llamó Valeria por primera vez, ya no hubo manera de volver atrás.
Bajó la copa, se me quedó mirando unos segundos largos y, sin decir una palabra, caminó hacia mi recámara. Yo ya sabía lo que ese silencio significaba.
Mis amigas llevaban años con experiencia cuando yo apenas había rozado a un chico. Esa noche en Medellín lo recuperé todo de golpe.
Cuando Marcos me confesó que podía ayudarme con las dos cosas, entendí que esa noche de disco iba a terminar mucho mejor de lo esperado.
Aquella semana no debí haberme fijado en él. Pero cuando me abrazó por detrás en la piscina, supe que esa noche no iba a poder controlarme.
Andrés entró a esa tienda buscando unos pantalones y encontró algo que no esperaba: una dependienta que sabía exactamente lo que quería de él.
Me miré al espejo y la cara que vi no era la mía. Era la suya. Y dentro de ese cuerpo ajeno, algo empezó a despertar que no debería haber despertado.
Encendí la vela, susurré sus palabras y al despertar no estaba en mi habitación. Estaba de pie, con tacones, y un peso suave y cálido subiendo y bajando en mi pecho.
Subí mi torso al portal por curiosidad, sin pensarlo dos veces, y dos días después estaba tocando el timbre de un desconocido con las manos sudadas.
Rodrigo me lo dijo sin rodeos una noche, mientras yo creía que solo iba a dormir. Su voz era tranquila, casi demasiado tranquila para lo que me estaba pidiendo.
Fui a ese club de mala gana. Nicolás llegó a buscar a su hermana y se fue conmigo. Nadie lo sabe todavía, y tampoco me arrepiento.
Un vestido negro, una fiesta familiar y un baile que despertó lo que nunca debió existir entre un padre y su hija.