Mi jefe no sabía que yo era una mujer trans
Cuando subí a su auto esa noche, él buscaba a la mujer de las fotos. No sabía que esa mujer era yo, su empleado más responsable de la oficina.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Cuando subí a su auto esa noche, él buscaba a la mujer de las fotos. No sabía que esa mujer era yo, su empleado más responsable de la oficina.
Tenía veintiún años y nunca había mirado a otro hombre así. Aquella tarde, en el chalet de Joaquín, descubrí que el deseo no avisa antes de aparecer.
Cuando mi padre se fue a los proveedores, bajé al obrador con la excusa de echar una mano. No imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Subí sus cajas, le preparé un café y, antes de terminarlo, ya sabía que esa vecina iba a cambiar todas mis noches en aquel edificio.
Cuando la vi entrar al consultorio supe que esa sesión no iba a ser como las demás. Y cuando le ofrecí cambiarse al baño, ya sabía qué traje le iba a dar.
Habían pasado tres meses desde mi primera vez y volví a la esquina con una sola idea en la cabeza: repetir aquello que no había podido sacarme de encima.
Frente al espejo ya no era el chico tímido de la facultad: era ella, con el corpiño de encaje y los tacos rojos. Entonces sonaron tres golpes en la puerta.
Empezamos con stickers tontos al final del turno. Después vino el apodo. Después la fantasía. Esa noche me escribió que mi casa le quedaba más cerca y no supe decir que no.
No subí a ese hotel pensando que sería yo quien terminaría en cuatro, pidiéndole que no parara. Pero ella sabía exactamente lo que yo no me atrevía a admitir.
Me advirtieron que venía con sorpresa, pero ya era tarde: esa rubia me había mirado de un modo que no supe, ni quise, resistir.
Cuando se acercó para mirar mi vestido azul, sentí su aliento en el cuello y, por un segundo eterno, no supe si lo que quería era apartarme o dejar que sus labios encontraran los míos.
Aquella mañana me rasuré las piernas, me puse las plataformas blancas y salí del auto sabiendo que toda la gente de la calle me iba a mirar. Y vaya que me miraron.
Me desperté con las ganas pegadas al cuerpo y el teléfono mudo. Si él no llamaba, al menos tenía el clóset de mi hermana y toda la tarde para mí.
Llevaba dos años deseándolo en silencio. Esa madrugada, después de la graduación, sus manos se deslizaron hasta mi cintura y supe que ya no había vuelta atrás.
Lo espié desde la puerta entreabierta del baño, desnudo sobre la cama redonda, y supe que esa noche mi cuerpo iba a aprender algo que ya no podría olvidar.
Tenía veinte años, cara de adolescente y un cuerpo andrógino que volvía locos a los hombres mayores. Una noche, en un coche oscuro, descubrí lo que valía.
Le había puesto una sola condición para llevarla al viaje: que esa noche, en el hotel, dejara de ser virgen. Camila se sentó, se quedó muda y al final asintió.
Soy casada. Soy hetero. Eso era yo cuando entré al baño del centro comercial. Lo que era quince minutos después, ya no estoy tan segura.
Subimos al cuarto entre risas y, cuando se quitó el vestido, entendí que esa noche el que iba a entregarse era yo. Y no quise frenarlo.
Pagué por verla en una pantalla y me negué a tocarla. Lo que no imaginé fue encontrármela en carne y hueso, sentada en la misma barra que yo, esa misma noche.