Esa noche probé el sabor de otra mujer
Solo el filo de su tanga se interponía entre mis dedos y aquello que llevaba meses imaginando cada noche a solas.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Solo el filo de su tanga se interponía entre mis dedos y aquello que llevaba meses imaginando cada noche a solas.
Era su noche, su despedida. Pero cuando le tocó el castigo del juego, la novia se arrodilló frente a la stripper sin imaginar lo que despertaría en ella.
Llevábamos meses compartiendo cafés y confidencias. Esa tarde, con la taza todavía caliente entre las manos, ella me preguntó algo que ninguna amiga se atreve a preguntar.
—Ven, pequeña —me dijo desde la cama, y supe que cruzar esa puerta iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí misma.
Dije en voz alta que jamás había besado a nadie, y lo que mis amigas propusieron a continuación, bajo el sol de julio, terminó de la forma más inesperada.
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Compartíamos camarote desde hacía un mes, pero esa madrugada, con sus lágrimas todavía húmedas, descubrí que ella nunca había estado con otra mujer.
Cuando abrí la puerta solo con el pantalón puesto, Marlene ya sabía que Leila estaba dentro. Lo que no imaginé fue que mi secretaria se quedaría a participar.
Iba casi cada tarde a leer al café, hasta que ella se sentó frente a mí y, entre risas, dejó caer que lo que tenía bajo los vaqueros no era lo que yo imaginaba.
Cuando ella colgó el teléfono, supe que al día siguiente iría a su casa. Su marido estaba fuera. Y mi hija ya no me miraría igual nunca más.
Llegué a las siete de la tarde a cuidarla. A medianoche la cargué hasta su cama. Al amanecer pasé por su puerta entreabierta y supe que mi vida acababa de cambiar.
El vestido de mi hermana era tan corto que se me veía medio culo. Esa noche, manos de desconocidos y un ascensor a oscuras me enseñaron lo que de verdad me gustaba.
Nunca lo había hecho con nadie. Y la primera persona que entró en mí no fue mi novio, sino su padre, una tarde en que la casa quedó vacía y yo no supe decir que no.
Carla me llevaba veinte años y nunca había estado con una mujer, pero esa madrugada supo exactamente qué hacer con sus manos, su boca y mi paciencia.
Salió de la ducha con la toalla a la cintura, como cada tarde. Pero esa mirada de su vecino no era la de siempre, y lo supo antes de que abriera la boca.
El camión quedó varado en la fábrica hasta el día siguiente, y aquella tarde de cervezas terminó destapando lo que ninguno de los dos había contado jamás.
Llamó a mi puerta a medianoche con los ojos rojos y la voz quebrada. No esperaba que la última noche del viaje terminara con mi alumna en mi cama.
Llegué a las nueve, con la mochila al hombro y los nervios en la garganta. La casa estaba arriba del cerro, y nadie sabía que yo subía hasta allá esa noche.
Llevábamos meses follando con la regla de que él era hetero. Esa noche, con mi plan en pausa, me miró callado y supe que algo estaba a punto de romperse.
Me quité los tacones para cruzar el patio sin hacer ruido, y al llegar a la esquina mi corazón latía tan fuerte que pensé que él lo escucharía antes de verme.