Esa noche, Renata me esperaba con una confesión
Cuando sentí ese bulto contra mis dedos en el sofá del balcón, supe que la noche no iba a terminar como la había imaginado. Y, lo más raro, no quise frenar.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Cuando sentí ese bulto contra mis dedos en el sofá del balcón, supe que la noche no iba a terminar como la había imaginado. Y, lo más raro, no quise frenar.
Cuando toqué el timbre de su apartamento todavía pensaba en darme la vuelta. Treinta minutos después estaba en su sala con la respiración contenida.
Llevaba meses besándola a escondidas sin que pasara nada más; aquella tarde, con la botella casi vacía, fue ella quien me arrastró hasta la ventanilla del motel.
Era el chico del barrio que entraba de suplente cuando faltaba alguno. Tardé un año entero en entender que él también me estaba mirando.
Cuando Damián se bajó el pantalón delante de mí y de su mujer, mi corazón se aceleró y supe que esa tarde no íbamos a volver de donde estábamos yendo.
Tenía cincuenta años y veinte de matrimonio cuando acepté la invitación de un hombre al que solo conocía por el chat. Me llevó al hotel y nada quedó en su lugar.
Mi esposa quería ver cómo me cogían a mí, no al revés. Lo que descubrí esa noche en la suite del hotel todavía me obliga a hacerme preguntas que no me animo a responder.
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Entré al consultorio por un dolor en el abdomen. Salí con un número guardado en el móvil y una pregunta que llevaba años evitando contestarme.
Esa noche me tocó quedarme a limpiar el departamento. No sabía que aquella derrota en la mesa de póker iba a ser el principio de algo que aún hoy me cuesta contar.
A las tres de la mañana, con el viento helado golpeando la carpa, me deslicé bajo su manta sin pedir permiso. Mauri no se movió, pero yo sabía que no dormía.
Llevaba meses pensándolo. Esa noche, en un hotel lejos de casa, encendí la app y aceptó subir a mi habitación el primero que apareció a un metro de distancia.
Habíamos visto videos raros en su computadora aquella vez en la oficina. Lo que no esperaba era que meses después, esa misma curiosidad terminara en el sillón, debajo de la cobija.
Se metió en su cama con la mano todavía oliendo a otro y le pidió al oído todos los detalles. Micaela ya estaba mojada antes de abrir la boca.
Me miré al espejo con su lencería puesta, los tacones y los labios pintados, y supe que no podía quedarme en casa. Eran las dos de la mañana.
Pensé que solo era curiosidad. Hasta que vi su foto, sentí cómo se me aceleraba el pulso, y entendí que llevaba tres años evitando lo que ya había decidido.
Nunca pensé que la primera vez que un hombre me poseyera sería detrás de la espalda de mi mujer, en una habitación que olía a champaña.
Llegué al motel quince minutos antes con las manos sudando. Cuando lo vi cruzar el estacionamiento, supe que no iba a salir de esa habitación siendo el mismo de antes.
Aquel sábado mi tía salió de prisa. Su amante seguía dormido en la habitación. Lo que hice en silencio cambió todo lo que pensaba sobre mí.
Entré al gimnasio buscando mujeres, jamás pensé que sería el entrenador quien terminaría haciéndome temblar en las duchas a medianoche.