Cumplí mi fantasía: la primera vez de mi esposa con otro
Doce años pidiéndoselo. Cuando finalmente cedió, llamé al número del aviso antes de que cambiara de opinión. Sabía que no había vuelta atrás.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Doce años pidiéndoselo. Cuando finalmente cedió, llamé al número del aviso antes de que cambiara de opinión. Sabía que no había vuelta atrás.
A los veinte yo ya lo sabía todo; ella, en cambio, todavía se sonrojaba con un beso. Hasta que su primer 14 de febrero la convirtió en otra mujer.
Aceptó el servicio como una fantasía única, pero nunca imaginó que aquel desconocido la llevaría a descubrir orgasmos que ni sabía que existían en su cuerpo.
Cuando abrí la puerta del 412 pensando que estaría vacío, lo encontré desnudo en el sillón, mirándome como si supiera quién iba a entrar.
El autobús estaba lleno hasta reventar cuando sentí su mirada. Y después su mano, justo donde nadie podría notarlo si yo no quería que lo notaran.
Catalina entró en la habitación a las tres de la madrugada, se quitó el vestido sin mirarme y dijo que no quería dormir sola con tanto frío.
Lo conocí por internet a los dieciséis. Dos años después, una mañana de agosto, me escribió que viajaba a la capital y que era mi única oportunidad de volver a verlo.
La recogí en la misma esquina de la otra vez. Subió al auto, me besó la mejilla con timidez y supe que esa tarde iba a iniciarla en algo nuevo.
Camila temblaba cuando abrió la puerta de la suite. Me dijo que me había elegido a mí para ser el primero, pero sus manos frías delataban que no estaba lista del todo.
Cuando subí al taxi rumbo a las afueras todavía podía echarme atrás. No lo hice, y horas después me arrepentiría con las muñecas atadas al cabecero de su cama.
Lo contacté por una página de anuncios. Llevaba un año intentándolo y nunca se concretaba. Aquel 24 de diciembre fue la primera vez que me atreví.
Marcos nunca decía nada sin sentido. Pero esa tarde en el bosque, cada palabra suya era una línea que me invitaba a cruzar sin vuelta atrás.
Subí al baño con la ropa interior de Camila aún tibia entre las manos. No imaginaba que minutos después su madre estaría arrodillada frente a mí.
Cruzó la puerta de la tienda con el vestido más corto de su armario. Don Rafael había esperado años para llevarla por la puerta escondida detrás del estante.
Cuando me abrió la puerta solo con la camisa puesta, supe que esa tarde no íbamos a hablar mucho. Y no me equivoqué ni un poco.
Cuando la puerta se abrió, todavía tenía su calzoncillo apretado contra la cara. Me miró con una sonrisa que no era de enojo, sino de algo mucho peor.
Esa noche, en una esquina oscura de la ciudad, mi mujer se bajó del auto sin ropa interior y empezó a hacerse pasar por lo que nunca había sido. Yo escuchaba todo desde el teléfono.
Cuando crucé el umbral de su departamento supe que no iba a salir igual de como había entrado. Llevábamos tres semanas separados y todavía olía a él toda la casa.
Llevábamos una semana de cenas con clientes y madrugadas en blanco. Yo solo quería diez minutos de ducha y mi mano. Y entonces la puerta se abrió.
Bajamos al aparcamiento desierto de la playa, ella temblaba, y la otra ya tenía las manos en sus muslos antes de que yo apagara el motor del coche.