La tarde que mi sobrino vino solo a tomar café
Lucía nunca contaba esa parte. Aquel jueves se vistió como ella sola sabía y supo que ese sobrino virgen no saldría de casa sin dejarle algo dentro.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Lucía nunca contaba esa parte. Aquel jueves se vistió como ella sola sabía y supo que ese sobrino virgen no saldría de casa sin dejarle algo dentro.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
A las dos de la mañana, en aquella sala con luces rojas, dejé de fingir que solo había venido a acompañar a mi marido. Estaba mirando. Y me estaba gustando demasiado.
Había cinco asientos vacíos en el bus y aun así eligió el mío. Sonrió, se acomodó el chal sobre el regazo, y supe que algo iba a empezar antes de salir.
Llegué al bar con la carta doblada en el bolsillo, las manos sudorosas y un plug metálico recordándome que esa noche iba dispuesto a entregarme a él.
Llevaba años deseando esos labios en silencio. Esa noche, peleando por el mando de la consola, su boca cayó sobre la mía y todo se rompió.
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Llevaba meses con la aplicación abierta sin escribir nada. La noche que por fin respondí, había un hotel discreto y un hombre llamado Iván esperándome.
La servilleta tenía un teléfono escrito y una invitación que no era de amigos. Esa noche descubrí lo que escondía Mateo y lo que llevaba años escondiéndome a mí mismo.
La conocía cerrada, intocable, la chica que durante un año me dijo que no a todo. Esa noche, semanas antes de mi boda, se arrodilló frente a mí.
Bajé del coche solo para recoger un paquete y ahí estaba él, el flaquito que me veía en bikini, ya hombre y mirándome como si todavía tuviera mil preguntas.
Nunca me había fijado en otro hombre hasta que sus ojos se cruzaron con los míos en aquel bar. Tres copas después estaba en su casa, sin saber qué hacer con las manos.
Reservé la habitación tres semanas antes. Cuando ella se mordió el labio en el rellano del segundo piso, supe que ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.
Cuando Camila salió del cuarto disfrazada de diabla con un tridente en la mano, supe que esa noche no íbamos a dormir vírgenes.
Me oculté tras la columna sin pensar. Lo que vi en esa ducha del gimnasio cambió mi forma de mirar a las otras mujeres del vestuario para siempre.
Le pedí que palpara los músculos de mi cuello para estudiar anatomía. No esperaba que terminara la lección girándome la cara y besándome como si llevara años con esas ganas.
Choqué con él al retroceder entre los puestos de verduras y su bulto rozó mis nalgas. Esa noche no pude dormir pensando en lo que había sentido.
Siempre fui la callada del salón. Nadie sospecharía que aquel viernes, mientras los pasillos quedaban en silencio, subí al tercer piso con Damián y dejé mi mochila sobre una banca.
Crecimos en casas vecinas, separados por un muro bajo. Un año de tardes en el patio bastó para que aquella noche en el auto cambiara todo entre nosotros.