Mi primera vez fue con el primo mayor de mi madre
Cuando puse la mano sobre su pecho y no la retiré, supe que esa tarde no iba a terminar como las otras. Tenía el doble de mi edad y olía a cerveza fría.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Cuando puse la mano sobre su pecho y no la retiré, supe que esa tarde no iba a terminar como las otras. Tenía el doble de mi edad y olía a cerveza fría.
Llevaba años fantaseando con perder la virginidad, pero nunca imaginé que sería entre dos hombres peleándose por decidir quién entraría primero.
A los dieciocho años creía haberlo visto todo, hasta que mi prima bajó las persianas, puso esa película y empezó a acariciarse sin quitarme los ojos de encima.
Llevábamos un día perfecto cuando vino a sentarse en mis rodillas. No imaginé que un roce, una curiosidad y un descuido mío borrarían la línea entre padre e hija.
Caí sobre Nico para inmovilizarlo, pero mi trasero terminó sobre el bulto de Iker y supe enseguida que esa tarde no íbamos a seguir jugando a luchar.
Camila me susurró en el ascensor que no llevaba nada debajo. Cuando Diego abrió la puerta, supe que la tarde se nos iba a ir de las manos.
Empecé el diario porque no pasaba nada en mi vida y lo cerré porque empezó a pasar todo. Entre prácticas firmadas y un chico que sabía esperar, dejé de ser la misma.
Pensé que no había caída peor que aceptar que él me llevara a casa. Hasta que cerró la puerta del departamento y yo dejé el bolso en el sofá.
A los cuarenta y siete años publiqué mi primer anuncio. Tardé meses en atreverme a quedar, pero esa tarde en el motel ya no había vuelta atrás.
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.
Le dije que ya podía bañarse sola. Ella bajó la cabeza y susurró que aún tenía miedo. No imaginé hasta dónde llegaría esa ducha.
Yo tenía dieciocho años y no había estado con nadie. La tía de mi madre terminó dormida a mi lado esa noche, y todo lo que creía saber sobre el deseo se rompió en silencio.
Cuando su mano se apoyó en mi cadera y me susurró «hola, bebé», pensé que era para alguna de mis amigas. Al darme vuelta, supe que esa noche no iba a terminar como esperaba.
Mi madre me había mandado a pedirle un par de huevos. Doña Marisol abrió la puerta en bata, con el pelo todavía mojado, y se quedó mirándome de un modo que jamás olvidaría.
Cuando la vi bajar del camión con la mochila rosa al hombro, entendí que ella ya lo tenía todo decidido, y que yo solo iba a cumplir mi parte del trato.
Cuando me incliné a atarme las botas, sus ojos cayeron directo al escote. No dije nada. Le dejé mirar. Y descubrí cuánto me gustaba sentirme observada.
Tenía veintidós años cuando ella me sonrió desde la otra punta del salón. No imaginé que esa misma noche me arrodillaría en su habitación, dispuesto a lo que me pidiera.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Cuando el primero se acercó al coche, mi mujer ya tenía la falda subida y la blusa abierta. Lo que vino después lo vi todo desde un sillón, vaso en mano, sin respirar.
Cada video suyo era una mentira: hablaba de energía sexual sin haber tocado a un hombre. Bajé las escaleras dispuesto a desmontarle el numerito de una vez por todas.