Renata me eligió para su primera vez antes de irse
Sus correos llevaban semanas en mi bandeja privada cuando aceptó la cita. Tenía dieciocho años, se iba a estudiar afuera y solo me pedía una cosa antes de partir.
Sus correos llevaban semanas en mi bandeja privada cuando aceptó la cita. Tenía dieciocho años, se iba a estudiar afuera y solo me pedía una cosa antes de partir.
Hablamos durante semanas sin enviarnos una sola foto, hasta que ella me dijo que quería ser la primera en hacérmelo, en persona, en su cama.
Bajé del taxi sin mirar atrás. Eran las once de la noche, mi mujer todavía gritaba mi nombre desde el rellano y yo solo quería desaparecer del mundo.
Llevábamos seis años separados, pero ese baby doll en la vitrina me transportó a una mañana cualquiera y a un video que tenía olvidado en una carpeta perdida del computador.
Tenía 19 años, una botella de licor barato en la mano y la certeza de que esa noche todo cambiaría. Lo que no sabía era que cambiaría en la dirección equivocada.
Empecé el diario porque no pasaba nada en mi vida y lo cerré porque empezó a pasar todo. Entre prácticas firmadas y un chico que sabía esperar, dejé de ser la misma.
Pensé que no había caída peor que aceptar que él me llevara a casa. Hasta que cerró la puerta del departamento y yo dejé el bolso en el sofá.
Cerré con llave, me giré para mirarlo y supe que esa madrugada no admitía despedidas tibias: íbamos a llevar hasta el final lo que nunca habíamos terminado.
Le pregunté inocentemente si había sido su mejor amante. Su risa fue la primera señal de que no debía haber abierto la boca aquella madrugada.
Guardé sus números en el cajón y supe que no los llamaría. Pero también supe que mi marido nunca volvería a tocarme como antes de aquella noche en alta mar.
Subí al segundo piso, abrí la puerta del baño principal y allí estaba ella, dentro de la tina con el bebé, cubierta apenas por una fina capa de espuma.
Yo tenía dieciocho años y no había estado con nadie. La tía de mi madre terminó dormida a mi lado esa noche, y todo lo que creía saber sobre el deseo se rompió en silencio.
Hay un rincón del rancho donde el roble tapa el sol y los matorrales tapan todo lo demás. Esa tarde, fui yo quien quiso ser tapada por unos ojos ajenos.
Le dejé la tanga en su mano con un beso y crucé el salón hacia el desconocido al que me había desafiado a seducir. Cuando volví, mi marido ya no era el mismo.
Pasé veintiocho años casada con un hombre que me trataba como un mueble. A los cincuenta y dos un repartidor tocó el timbre y me devolvió cosas que ni sabía que estaban perdidas.
Llevábamos meses compartiendo techo cuando, una tarde, me miró tensar los hombros frente a la computadora y dijo algo que jamás olvidé: «Ven, tómate un rato para relajarte».
Lucía nunca contaba esa parte. Aquel jueves se vistió como ella sola sabía y supo que ese sobrino virgen no saldría de casa sin dejarle algo dentro.
El agua todavía me caía por la espalda cuando ella entró al baño sin llamar, con esa sonrisa torcida que llevaba semanas evitándome.
Llegué al bar con la carta doblada en el bolsillo, las manos sudorosas y un plug metálico recordándome que esa noche iba dispuesto a entregarme a él.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.