Mi marido me ofreció a su mejor amigo esa noche
Aquella noche en el hotel descubrí que el deseo no entiende de promesas. Mi marido me ofreció en bandeja a su mejor amigo, y yo me dejé entregar.
Aquella noche en el hotel descubrí que el deseo no entiende de promesas. Mi marido me ofreció en bandeja a su mejor amigo, y yo me dejé entregar.
Cuando salí del agua, la orilla estaba vacía. Mi ropa, mis botas, mi mochila... todo había desaparecido. Estaba desnuda en medio de la selva, sin saber que era solo el principio.
Bajé al restaurante con la lencería roja bien guardada bajo el vestido y una decisión: si esa noche él no llegaba a verla, lo nuestro no salía de la pantalla.
Cuando me pidió que me desnudara y subiera a la camilla, supe que aquello iba a romper algo entre nosotros que ya nunca podríamos volver a poner en su sitio.
Cuando la vi en la parada del autobús, con el cabello cobrizo y esa blusa ajustada, supe que algo iba a pasar. No imaginé que esa tarde cambiaría todo.
Estábamos con vino cuando me dijo: «Nunca te conté todo lo de Punta del Este». Lo que siguió me dejó callada durante horas.
Pensé que solo venía a explicarme el acuerdo. No esperaba que cerrara la puerta detrás de los guardias y se acomodara el cabello con esa mirada que ya no era profesional.
La apuesta parecía una broma hasta que Tomás se levantó a demostrarlo. A partir de ahí, la tarde en el piso tomó un rumbo que ninguno esperaba.
Eva me citó dos horas antes de coger su vuelo a Boston. Cuando llegó a casa traía un perfume nuevo y una idea muy clara de cómo despedirse.
Crucé el pasillo descalza a las tres de la mañana, sabiendo que su puerta estaba entreabierta a propósito. Lo que pasó después no podemos volver a nombrarlo nunca.
Cuando entré en su cuarto y lo vi, con mi ropa entre sus manos y mi nombre en sus labios, supe que lo que vendría no tenía vuelta atrás.
Cuando don Alberto me miró de esa forma por primera vez, supe que algo en mí no era lo que los demás creían. Esa tarde lo confirmó.
Lo esperaba en la terminal con el vestido rojo que él odiaba que llevara sin sostén. Tenía la regla y un deseo que no se calmaba con nada que no fuera él.
Llegué a la despedida con tacos rojos y el corazón roto. Lo que no imaginé es que iba a terminar arrodillada frente a un desconocido, sin querer que parara nunca.
Llegó a ayudarme con el televisor nuevo, con sus brazos marcados y esa mirada que evitaba la mía. Tenía veinte años y yo ya sabía lo que iba a pasar.
Cuando Aiko entró al agua del onsen sin ropa y sin apuro, supe que ese viaje de trabajo iba a terminar de una forma que no figuraba en ningún contrato.
Me levanté a las tres de la mañana por unos gemidos que no podía ignorar. La puerta de mi madre estaba entornada y yo me quedé clavado en el pasillo.
Le había comprado un perfume y un colgante para despedirla. Ella me trajo otra cosa. Yo tenía 18 años y no había tocado a nadie en la vida.
Llevaba semanas sintiendo cómo se demoraba en abrazarme y cómo me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta. Esa madrugada decidí dejar de fingir.
Andrés se despertó desnudo en la cama de su mayor rival. Sin recuerdos de la noche anterior, solo quería irse. Pero algo no dejaba de retenerlo.