La pareja francesa de la cala lo cambió todo
Llevábamos treinta y cinco años casados y la pasión era un recuerdo lejano, hasta aquella tarde de junio en la cala desierta en la que ya nadie pudo apartar la mirada.
Llevábamos treinta y cinco años casados y la pasión era un recuerdo lejano, hasta aquella tarde de junio en la cala desierta en la que ya nadie pudo apartar la mirada.
Mi amigo bebió el último trago, me miró desde el sillón y empezó a contarme por qué había abandonado a su esposa una mañana de junio sin previo aviso.
Bajé del coche con las piernas dormidas y la vi esperándome en el portal, descalza, mordiéndose el labio como hacía cuando ya no aguantaba más.
En la pista la había enfrentado sin piedad; en los vestidores, con la medalla aún tibia sobre el pecho, solo quería volver a sentir sus brazos alrededor.
Llevaba semanas durmiendo en otra cama, jurando que ya no la pensaba. Hasta que la vi del otro lado del vidrio, empapada y mirándome como si nunca hubiera dejado de hacerlo.
Contó hasta diez antes de empujar la puerta del baño. El vapor lo cubría todo y, por primera vez, decidió no huir de lo que sentía por ella.
Habían pasado tres años desde la última vez. Cuando se acostó de espaldas mostrándome ese culo enorme bajo el bóxer, supe que no iba a aguantar la noche entera mirando videos.
Le pasé el dedo por la espalda y supe que iba a temblar. Mi prima nunca había besado a una mujer, pero esa noche en la aldea iba a aprender todo.
Bajé la luz del salón para que ella no me viera, pero cuando la sábana empezó a moverse bajo su cadera supe que esa noche no iba a dormir.
Bajó al comedor sin bragas y sin sujetador. Decía que no sabía lo que le pasaba, pero yo empezaba a entenderlo: ese día iba a cruzar todos los límites.
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos cuando volví al juego, y todos terminaban con la misma captura: su avatar sentada en el banco vacío, esperándome a horas distintas.
Nunca había escrito algo así. Pero esa madrugada, después de soñar con él, le confesé por mensaje cada cosa que su cuerpo le había hecho al mío.
Le abrí la puerta de su departamento con la minifalda más corta que tenía y vi cómo se le quebraba la mirada al subirla por mis piernas.
Llevaba dos semanas reviviendo en mi cabeza aquel trío con mi hermana y mi marido. Esa mañana la llamé para salir, sin imaginar cómo terminaría el día.
Cuando los demás se fueron al bar y nos quedamos solos junto a la piscina, mi tía me preguntó algo que cambió la forma en que la miraría para siempre.
Toqué el timbre con las manos heladas. No había escuchado su voz en dos años, pero al abrir la puerta supe que esa noche íbamos a terminar algo que dejamos abierto.
Cuando empecé a dormirme en el sillón, sentí su mano subiendo por mi muslo. Levanté la cabeza y Camila me miraba con una sonrisa que no le conocía todavía.
Mientras la lluvia golpeaba los cristales, el amigo de mi esposa bebía mi vodka y me hacía las preguntas exactas para que yo soltara todo lo que callaba.
Volví quemada del sol y mi tía me llamó a su cuarto para aliviarme con crema. Cuando sus manos llegaron a mis caderas, supe que algo había cambiado entre nosotras.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito y supe, por el reflejo del espejo, que él estaba mirándome. Ese día acepté los quinientos soles y todo lo que vino después.