Ella me besó cuando aún ardía por otra mujer
Daniela había desaparecido sin dejarme un número. Yo seguía contando los días cuando la vi en la cafetería, sonriéndole a él como nunca me sonrió a mí.
Daniela había desaparecido sin dejarme un número. Yo seguía contando los días cuando la vi en la cafetería, sonriéndole a él como nunca me sonrió a mí.
Volvía al arroyo seco cada vez que podía sin decírmelo. Él nunca hablaba más que dos palabras, y yo me arrodillaba como si ya no fuera dueño de mis rodillas.
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Cuando entré al bar y la vi al fondo, supe que esa noche no iba a dormir. Tres meses sin sus manos pesaban más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Llevaba un mes mirándole los pezones marcados bajo la blusa y fingiendo que pensaba en ecuaciones. Esa tarde se quejó del cuello y supe que era mi excusa.
Tenía dieciocho años, mi hermana veinticinco, y aquella melena negra suya me quitaba el sueño desde que tengo memoria. Aquel verano me prometí hacerla mía como fuera.
Vino a buscar las últimas cajas y yo le pedí algo absurdo: que me mintiera, durante una tarde entera, sobre todo lo que sentía cuando la tocaba.
Levantó la cabeza para darme el encendedor y entonces lo reconocí. Tomás. El mismo que a los quince años me había enseñado lo que ningún libro contaba.
Era nuestra primera pijamada sin sus padres en casa. Cuando apagó la luz, su mano buscó la mía bajo las sábanas, y entendí que llevaba años esperando ese gesto.
Llegué a la plaza esperando un café cordial con la mujer que me enseñó a leer poemas a los diecisiete. Lo que pasó después no estaba en ningún libro.
Llevaba años conociéndolo y nunca había pasado nada entre nosotros, hasta esa tarde en el parque, cuando me miró distinto y todo empezó a cambiar muy despacio.
Cuando sentí su pene contra mis nalgas en la oscuridad, supe que ninguno de los dos iba a dormir esa noche. Y quince años después, sigo pensando en ello.
Camila evitaba mirarme desde el otro lado de la piscina. Esa noche, cuando salí a tomar aire entre los naranjos, ella me siguió en la oscuridad sin que yo le pidiera nada.
Mi marido no necesita tocarme primero. Necesita ver cómo otros me miran sin permiso, cómo se traban cuando paso. Después viene él, y el deseo ya no cabe en la cama.
Cuando me crucé con ella en el pasillo del baño caí en que ya nos conocíamos: habíamos matcheado en la app la semana anterior y nadie había puesto cara a la otra hasta esa noche.
Llevábamos meses esperándolo. Mis padres por fin saldrían, ella llegó con lencería azul oscuro y los dos temblando, y entonces el cuerpo decidió otra cosa.
Llevábamos meses tonteando por el chat interno. Cuando le propuse cerrar la oficina un sábado, no creí que fuera a venir. Vino, temblando, pero vino.
La conocí entre píxeles y promesas a distancia. Ella nunca supo que cada noche, sola en mi cuarto del hotel frente al mar, me la imaginaba a mi lado.
Aquel domingo de octubre bajamos de misa empapadas por la lluvia. Entramos en su cocina a secarnos. Y allí, contra la pared, la besé como llevaba toda la vida queriendo besarla.
Tres años sin saber de ella, hasta que la vi al fondo del zaguán. No imaginé que esa noche íbamos a terminar los tres en su pieza, con la tormenta golpeando.