Lo que pasó después de la despedida de mi prima
Habían pasado años desde la última vez que la vi. Cuando se sentó frente a mí en aquella barra y posó su mano sobre mi muslo, supe que esa noche no acabaría como mi prima imaginaba.
Habían pasado años desde la última vez que la vi. Cuando se sentó frente a mí en aquella barra y posó su mano sobre mi muslo, supe que esa noche no acabaría como mi prima imaginaba.
Cuando se apagaron las luces del pasillo, los gemidos empezaron del otro lado de la pared, y supe que esa semana en casa de mi tía no iba a olvidarla nunca.
Abrí los ojos con su respiración tibia en la cara y entendí que la maratón de la noche anterior no había sido un sueño. Ella seguía ahí, mirándome.
Llevaba dos días bajando las cortinas para esconder lo que hacía. Aquella última mañana decidí dejarlas abiertas, y la mujer del uniforme se quedó plantada al otro lado del patio.
Cargué ese condón durante meses sin usarlo, hasta que ella apagó la luz, se acostó a mi lado y empujó sus caderas contra las mías sin decir una palabra.
Cuando me besó frente al auto, supe que no era el alcohol. Era todo lo que había callado durante diez años saliéndole por fin de la boca.
Mañana se cumplen ocho años desde aquella última noche con él, y todavía me pregunto si fui valiente o solamente egoísta al pedirle eso.
El timbre sonó pasada la medianoche y abrí esperando una pizza. Era un extraño con una botella en la mano y la verdad sobre mi mujer en los labios.
La quemadura del aceite fue la excusa. Cuando mi primo Mateo se acercó con la sábila en la mano, supe que esa tarde no íbamos a frenar a tiempo.
Hacía frío y le ofrecí mi cama como tantas otras veces. Cuando me desperté, su mano ya buscaba algo que no era abrigo.
Compartimos cama porque hacía frío y su marido estaba borracho. A las once y media apagamos la luz. A las doce yo ya tenía la mano sobre su muslo.
Siempre me saludaba con una distancia educada y un beso en la mejilla. Esa noche, en mi sillón, su sostén cayó al suelo y comprendí que la maestra correcta no existía.
Cuando me la encontré en aquel evento, supe enseguida que algo había cambiado en ella. Lo confirmé semanas después, cuando empezó a mandarme fotos a las tres de la mañana.
Mordí la almohada cuando pronunció aquel nombre. Y entonces todo lo que había escondido durante años empezó a deshacerse entre las sábanas, golpe a golpe.
Entre piedras derruidas y el frío de febrero, Nico me miró distinto. Como si esa noche no fuéramos a volver a ser los mismos amigos de siempre.
La marea me trajo libretas y lápices el mismo día en que todo lo que creía firme entre Tomás y yo empezó a derrumbarse. No imaginé para qué iban a servirme.
Bastó una mirada instintiva a su escote para saber que iba a perderme con ella. Lo que no sabía era cuánto tardaría en confesárselo, ni cómo terminaríamos esa primera noche.
Cuando me abrió la puerta en top y licra, sudada del ejercicio, supe que esa tarde no iba a terminar como cualquier otra de las que pasábamos en su casa.
Llevaba dos años sin verla cuando golpeó mi puerta hecha pedazos, con la frente empapada y un nombre que no era el mío en los labios.
Cuando ella se inclinó para despedirse en la puerta, su boca buscó la mía y todo lo que había enterrado durante años volvió a despertar de golpe.