La noche que mi exjefe volvió solo para usarme
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
El director me miró sin pudor: «Quítate el vestido, quiero verte en lencería». Dudé un segundo, pero la beca se acababa y necesitaba el dinero.
Llevo dos semanas sin verlo y mi cuerpo no entiende de calendarios. Esta noche, sola en la cama, abrí el cajón y me dejé caer en la fantasía que solo me visita en la oscuridad.
Tenía treinta y dos años y todavía no me había permitido pensar en otra mujer sin sentir vergüenza. Esa noche apagué la luz, respiré hondo y dejé de huir.
Bebí mi café fingiendo concentrarme en el celular, pero los miraba a los dos. Si supieran que conocía cada centímetro de sus cuerpos por separado, ya nos habríamos ido los tres juntos.
Después de un par de copas, me pidió detalles de mi primera vez. No imaginé que escuchar a otro hombre dentro de mí lo pondría más duro que cualquier caricia.
Cuando me senté a horcajadas sobre él y empecé a hablar, supe que esta vez iba a contárselo todo: lo que hice aquel verano con un hombre al que ya no recuerdo el nombre.
Cada vez que lo tengo entre mis manos, me pide la misma historia: la del hombre que vino antes que él. Le doy detalles porque sé que lo enciende.
Cuando giró la cabeza en la cumbre, supe que era ella. La chica de aquella fiesta. Siete años después, su mirada todavía me reclamaba lo que nunca terminé.
Mi vida sexual y mi vida universitaria nunca se mezclaron. Hasta que una compañera contó lo que su novio escondía debajo del short, y no pude resistirme.
Era la última fila del cine de verano. Cuando el chico de al lado levantó un pico de la chaquetilla, supe que mi cuerpo de diecinueve años ya había decidido por mí.
Bajé hasta el colchón del piso, me tapé con la sábana y empecé a torturarlo en silencio. No imaginaba que la puerta de mi cuarto se abriría en el peor momento.
Pensé que todos dormían cuando me metí desnudo en la piscina. Hasta que escuché la puerta de la cocina y vi su silueta acercándose, sin prisa por desviar la mirada.
Tres goles esa tarde. Por la noche, su mensaje cambió todo. Subir a su suite o arrepentirme toda la vida de haberme portado bien.
La forma en que él la miraba en la piscina y la forma en que ella se rozó conmigo bailando bachata me hicieron entender que aquella semana cambiaría todo.
Cuando los últimos invitados se marcharon, ella sacó una botella fría y, sin avisar, empezó a quitarse el bañador dentro de la piscina.
Bajo la luna, con la arena fría pegada a los muslos, supe que esa noche le iba a contar lo que jamás había dicho. Lo que él me respondió me dejó sin aliento.
Le prometí que no me molestaría escuchar su recuerdo más sucio. Le mentí. Cuando terminó, yo ya tenía el mío preparado.
Cuando saqué el juguete del cajón aquella noche, ya no era la chica torpe de la primera vez. Sabía qué quería. Y por una vez, iba a tomármelo con calma.
Esa primera noche sin él, mi marido me hizo el amor con la misma destreza de siempre. Pero la cama era enorme y los dos lo sabíamos.