Mi prima Camila y la película que nunca vimos
Bajó las escaleras con el pelo mojado, una blusa rosa de tirantes y una falda negra a media pierna. Y entendí por qué se había bañado mientras yo elegía la película.
Bajó las escaleras con el pelo mojado, una blusa rosa de tirantes y una falda negra a media pierna. Y entendí por qué se había bañado mientras yo elegía la película.
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
Esa noche en la feria del barrio descubrí algo que no debía sentir por la hermana pequeña de mi novia, y la imagen de su sonrisa bajo las luces no me dejó dormir nunca más igual.
Cuando aparcamos la moto bajo los álamos y dejamos atrás la ermita, supe que aquella tarde con mi primo iba a ir mucho más allá del paseo.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Cuando bajé esa noche por agua, escuché risas que no eran de la televisión. Mi madre tenía visita. Y yo, sin proponérmelo, me convertí en testigo de todo lo que vino después.
Siete años de amistad fingiendo no sentir nada. Aquella madrugada, entre dos coches en un callejón, dejamos de fingir los dos.
Bastaba un agujero del tamaño de un guisante para verla pasar desnuda sobre el caballo blanco. Roderic abrió ese agujero, y desde entonces no pudo cerrar los ojos en paz.
Le había pedido el vestido azul y nada debajo. Cuando subió al coche y cruzó las piernas, supe que esa noche iba a obedecer todo lo que se me ocurriera.
Hacía años que no recurría a esos videoclips, pero un domingo bastó con escuchar el primer gemido grabado para que mi mano regresara al sitio exacto donde la había dejado a los catorce.
Me arreglé para el jaripeo no por la fiesta, sino por aquel jinete moreno de mirada penetrante que olía a tabaco y a campo y me había dicho que su montada me la dedicaba a mí.
Marcos era el único hombre en el pueblo que no había cerrado los ojos. Perforó la madera con un clavo y puso el ojo. Lo que vio no lo abandonó jamás.
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.
Lo dejé sobre la mesa, junto a las llaves, y me senté en el sofá del salón a esperar. Quería ver cuánto tardaba en darse cuenta de que su vida se acababa de partir en dos.
Cuando apartó las ramas del sauce y me empujó contra el tronco, supe que ya no íbamos a volver al café por las cosas que habíamos olvidado.
Crucé la puerta solo con una capa de terciopelo rojo y nada debajo. La regla era clara: nadie sabía quién era nadie, y eso lo cambió todo esa noche.
Tenía catorce años y todavía era virgen cuando bajé descalzo por el pasillo. La puerta del cuarto de mis padres no estaba bien cerrada y por la rendija salía la luz.
A los veintidós todavía me daba vergüenza mirar a los chicos a los ojos. Esa madrugada en Sevilla, encerrada en un baño con un desconocido, descubrí que de vergüenza ya no me quedaba nada.
Buscaba algo temporal mientras estudiaba. Pero esa noche, cuando él dejó el avatar y me llamó con la cámara encendida, supe que ya no podría volver atrás.
Esa noche en la casa de playa fui la fantasía cumplida de mi ex. Lo que no esperábamos era que su amigo me hiciera pedir las dos al mismo tiempo.