La apuesta que cambió todo entre nosotros
Una apuesta, alcohol y años de amistad. Esa noche, Adrián y Marcos descubrieron que algunos límites no están donde uno cree.
Una apuesta, alcohol y años de amistad. Esa noche, Adrián y Marcos descubrieron que algunos límites no están donde uno cree.
Llevábamos semanas escuchándonos a través de las paredes. Esa noche ella apareció en el salón con un camisón blanco y una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Nunca imaginé que Mamá Noel me llamaría a su habitación esa noche. Lo que ocurrió entre nosotras dos superó todos mis sueños eróticos juntos.
Lo cité frente a la clínica como si fuera a una charla tranquila. No le dije que no iría sola ni que desde el segundo piso se veía perfectamente la acera.
Pasé la noche sin dormir, con el teléfono en la mano, esperando que llamara. Había apostado todo con esa carta y no sabía si lo había perdido todo.
Cuando Rodrigo llegó con «él», tardé varios minutos en entender que ese cuerpo perfecto y esas caderas pertenecían a un hombre. Esa noche todo cambió.
Tenía más de setenta años y todavía levantaba pasiones. Cuando el chico del piso de enfrente llegó a pedirle azúcar, ninguno de los dos imaginó lo que vendría después.
Cuando la tormenta apagó las luces y los truenos sacudían las paredes, ella se acurrucó contra mí. Llevaba años sin sentir el calor de nadie. Eso lo cambió todo.
Me metí al agua de noche con lencería y un juguete ajustado, convencida de que estaría sola. Alguien me observaba desde la oscuridad del bar.
Llevaba días con esa fantasía dando vueltas en la cabeza. Cuando Héctor apareció en la cancha vacía, supe que la noche iba a terminar de otra manera.
Ella tenía 59 años, era rubia, con curvas que no pedían disculpas. Yo era su sobrino favorito, y llevaba días mirándola de reojo sin poder evitarlo.
Creía que la casa de al lado llevaba meses vacía. Cuando la luz del estudio se encendió una noche, descubrí que llevaba semanas siendo el espectáculo de alguien.
Cuando se agachó a buscar en el cajón del fondo, su pantalón viejo se rajó. Yo no llevaba ropa interior. El pasillo estaba desierto.
Rebeca empezó a bailar en el centro del salón y yo dejé de pensar en la cena. Marcos nos miraba desde el sofá con los ojos encendidos.
Los conocía de cuando salía con su hija. Años después los encontré en la costa y algo en la mirada de Valeria me dijo que ese verano sería diferente.
Llevábamos meses hablando por chat antes de vernos en persona. Cuando lo vi en la entrada del teatro, supe que esa noche no iba a terminar como había planeado.
Cada vez que ella me apretaba la mano, yo lo entendía: estaba cruzando las piernas despacio para que él pudiera verla entera.
Cuando abrí el chat, las manos me temblaban. Lo que encontré me partió por dentro. Pero también desató algo oscuro que no esperaba sentir.
Cuando me di cuenta de que alguien me miraba desnuda desde el edificio de enfrente, no sentí miedo. Sentí ese cosquilleo que ya no pude ignorar.
Daniela fue la primera en cruzar esa línea. Después de ella, cada amiga de mis hijas que llegaba a casa traía algo más que una simple amistad.