Lo que Rodrigo me regaló para usar en la oficina
Esa mañana Rodrigo cerró la puerta de su despacho y sacó una pequeña bolsa dorada. Dentro había algo que cambiaría las mañanas de la oficina para siempre.
Esa mañana Rodrigo cerró la puerta de su despacho y sacó una pequeña bolsa dorada. Dentro había algo que cambiaría las mañanas de la oficina para siempre.
Valeria llevaba semanas preparando el baile. Yo sabía que iba a pasar, pero verla ahí, con ese liguero, rodeada de cuatro hombres hambrientos, fue otra cosa.
Lorena tenía fama de que le gustaban las mujeres. Yo nunca le había dado importancia hasta aquella mañana de primavera en que quedamos encerradas las dos.
Tenía veintitantos años, era negro como el azabache y tenía las manos enormes. Yo llevaba un camisón de seda. Alguien iba a cometer un error esa mañana.
Fui a la fiesta de Andrea con los nervios a flor de piel. No esperaba encontrar a su madre: una mujer madura de cuerpo perfecto y mirada de fuego que me atrapó desde el primer segundo.
Llevaba meses intercambiando correos con él, sin saber si me atrevería. El día llegó y subí al taxi con las manos temblando y las medias en la mochila.
Llevábamos meses intercambiando fotos y audios que su esposa jamás vería. Cuando por fin nos encontramos, todo lo que habíamos imaginado se volvió real.
Llevaba doce horas solo cuando la encontré en la calle, llorando. Ella tenía setenta años, una deuda y ningún lugar al que ir. Yo tenía una propuesta.
Tenía dieciocho años y ninguna experiencia. Ella tenía marido, una hija en mi clase y la habilidad de hacerme perder el sueño desde el primer día.
Llevar tres sillas plegables a un callejón de madrugada fue idea de ella. Lo que pasó después me dejó mirando desde afuera, con la boca seca y el corazón acelerado.
Él me preguntó por una dirección y yo lo acompañé sin pensarlo. Nunca imaginé que minutos después estaría contra la pared de un edificio en obras con los pantalones en los tobillos.
Me vestí más provocativa de lo necesario para ir a comprar pan. Lo supe al mirarme al espejo: no iba a la panadería por pan, iba por él.
Cuando me lo confesó, ya estábamos solos en la habitación. Su hermana me la había encargado por el día. Nadie imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Cuando levanté el pulgar en la carretera, lo único que quería era llegar a casa. Cuando noté sus ojos en el retrovisor, cambié de idea por completo.
Cuando quedé a solas con Marcos, el vecino de toda la vida, algo cambió entre nosotros. Se acercó despacio y me besó sin pedir permiso ni disculpas.
Un hombre corriente que descubrió que bajo la ropa de su esposa vivía otra versión de sí mismo, lista para salir cuando llegó el encierro.
Cuando abrió la puerta con ese vestido ajustado, supe que esa tarde iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis propios límites.
La ropa empapada pegada al cuerpo, la lluvia golpeando el techo del pajar y ninguna excusa para mantener la distancia. Así empezó su aventura.
Fui al gimnasio sin sujetador y el entrenador lo notó enseguida. Lo que vino después fue el trío más intenso que he tenido, aunque no fue real.
Estaba sola en mi habitación cuando escuché la puerta abrirse. No había llamado. No había avisado. Y yo llevaba puesto muy poco.