La primera vez que fui de otro hombre
Cuando llegué a su departamento aquella tarde de sábado, me había depilado entero y no llevaba ropa interior. Sabía exactamente a qué iba. O eso creía.
Cuando llegué a su departamento aquella tarde de sábado, me había depilado entero y no llevaba ropa interior. Sabía exactamente a qué iba. O eso creía.
Cuando le pedí que abriera un poco las piernas y el chico del fondo no pudiera dejar de mirarla, entendí que aquella fantasía era solo el principio.
Me paré en el umbral con el vino en la mano y lo miré desde lejos. Él levantó la vista. Yo sonreí. No hizo falta decir nada más.
Nunca me había preguntado si podía despertar deseo en alguien veinte años más joven. Julián llegó a casa y borró esa pregunta de un solo vistazo.
Marcos lo dijo sin rodeos en aquella cafetería: quería dejarlo todo para estar con Valeria. Lo de anoche había sido demasiado real para fingir que no pasó.
Me pasó una piedra por la espalda, murmuró algo que no entendí, y de repente solo quería una cosa: que ese hombre me tomara. No sé si fue brujería. Sé que no me resistí.
La encargada del almacén nunca le dio ni media sonrisa. Esa noche la encontró sola en la parada, sin colectivos y sin escapatoria.
Llevaba meses sin verla. Cuando la vi en la entrada del restaurante con su barriga redonda y esos ojos oscuros, entendí que me seguía gustando tanto como antes, quizás más.
Cuando la tijera terminó su trabajo, el espejo le devolvió una mirada que no era del todo suya. Y la voz que escuchó en ese salón no lo dejó en paz.
El tipo puso la mano sobre la falda de Lucía y ella no se movió. Yo estaba aplastado entre cuerpos y lo que sentí no fue lo que esperaba de mí mismo.
Laura despertó con el cuerpo pesado y un silencio extraño en el apartamento. La puerta del otro cuarto estaba entreabierta. Las camas, vacías.
Llevábamos meses construyendo algo sin nombre. La tarde que por fin me atreví a preguntarle, supe que ya no había vuelta atrás.
Pasamos de clienta y prostituto a algo que no tenía nombre. En esas vacaciones en la playa, ella rompió los tabúes que había cargado toda la vida.
Estaba sentado aparte mirando el agua con resignación. Era tímido, era virgen y era perfecto para lo que mi amiga y yo llevábamos pensando toda la tarde.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Esa noche cerrando el gym, el único socio que quedaba entró a las duchas al mismo tiempo que yo.
Natalia nunca había dormido conmigo en la misma habitación. Esa noche en Cartagena descubrí que tampoco le importaba estar sin ropa delante de mí.
Se bajó de la camioneta y no miró atrás. Dos horas y media después volvió y me dijo: vengo llenita. Y olía al semen de mi hermano.
La sala olía a aceite de coco. Su masajista de siempre no había podido venir. La sustituta era Elena, y algo en su manera de mirar me hizo notar que ese masaje no iba a ser como los demás.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
Cuando volví de la cocina y vi la mano de Marco sobre el muslo de Rodrigo, sentí unos celos que no supe si quería apagar o alimentar.