Tres en la azotea: una jubilada que aún tiene hambre
Llevaba cinco años de sequía y mi marido acababa de proponerme un trío en el que él participaría vestido de mujer. Lo más loco: yo ya sabía a quién invitar.
Llevaba cinco años de sequía y mi marido acababa de proponerme un trío en el que él participaría vestido de mujer. Lo más loco: yo ya sabía a quién invitar.
Aquella tarde su madre no estaba en casa y él tenía una sorpresa preparada. Yo todavía no sabía que esos minutos iban a despertarme un gusto que nunca solté.
Llevaba semanas cruzándomela en el garaje con esa sonrisa. El día que se pegó a mí en el ascensor supe que aquello no iba a quedar en un saludo entre vecinos.
Solo quería respirar lejos del humo y las bromas. Jamás imaginé que, desde el asiento trasero de mi propio coche, vería lo que aquel desconocido se atrevió a hacer con mi mujer.
Entré a ese despacho gris dispuesta a suplicar por un papel. Salí sabiendo que esa noche el que iba a suplicar sería él, de rodillas y en su propia casa.
Maximiliano presumía de ser el alfa de la sala hasta que ella cruzó la puerta. Bastó un susurro y su perfume para que su imperio de humo se viniera abajo frente a todos.
Solo quería sentirme nena un rato bajo la ropa de chico. No imaginé que él se daría cuenta, ni que esa noche terminaría arrodillada frente a él.
Tenía treinta y ocho años, un marido predecible y un cuerpo que nadie había sabido leer. Esa noche, sola en casa, decidió que quería sentir algo de una vez.
Trabajábamos en el mismo edificio y bastó un roce en el ascensor para que entendiera que estaba a punto de perder algo que creía intocable: mi voluntad.
Elegí al chico más codiciado del pueblo no porque lo amara, sino porque necesitaba a alguien a quien moldear mientras mi cabeza estaba en otra parte.
Me escribió para saber dónde andaba. Veinte minutos después yo estaba en la parte de atrás de su unidad, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
Cada vez que se inclinaba a anotar mis respuestas, el chaleco se le abría un poco más, y yo ya no lograba concentrarme en ninguna pregunta del cuestionario.
Llevaba años imaginándolo, pero seguía siendo virgen de atrás. Aquella tarde de diciembre, en la habitación de un motel, por fin dejé que cruzara esa última frontera.
No fui a buscar placer. Fui a recordar un deseo enterrado: la piel suave, las curvas, sentirme deseado. Y ella, con un susurro en francés, me dio permiso.
Cuando bajó la voz para confesármelo, pensé en mil traiciones. Ninguna era esto: quería verme en la cama con su mejor amigo mientras él, sentado, no perdía detalle.
Pinté mis labios apoyada en el tronco, convencida de que estaba sola. Entonces oí el crujido de unas hojas y supe que alguien llevaba un rato observándome.
Cuando la mujer más elegante del salón me tomó de la mano y susurró «acompáñame», supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
«Ven a las cinco. Tenemos que hablar de lo del sábado. Solo.» Le escribí eso por la mañana, y desde entonces no pensé en otra cosa que en oírla bajar las escaleras.
Llevaba siete años casada y jamás había mirado a otro hombre. Hasta que mi marido me tomó de la mano y me confesó lo que de verdad deseaba.
Me senté en el borde del muelle sin buscar nada, pero su mirada de hombre que sabe lo que quiere me desarmó antes de que dijera una sola palabra.