Mi amiga miró a mi novio y la castigué de rodillas
La vi en el borde del agua comiéndose con los ojos a mi novio delante de mí. Esa noche le enseñé, atada y de rodillas en mi cuarto, cuál era su lugar.
La vi en el borde del agua comiéndose con los ojos a mi novio delante de mí. Esa noche le enseñé, atada y de rodillas en mi cuarto, cuál era su lugar.
Salí dispuesta a que él me viera con otros, pero terminé entre dos coches, en una calle vacía, dejándome usar por alguien a quien apenas conocía.
Esta noche duermo en el suelo y me lo busqué yo. La paradoja de pedirle a tu Dom que te ordene algo y descubrir que ya no hay vuelta atrás.
Aquel lunes el gimnasio estaba casi vacío. Solo quería ducharme tranquila, pero crucé la puerta equivocada… y él ya estaba dentro, mirándome sin decir nada.
Crucé el complejo para llevar un mensaje y terminé rodeada de cuatro hombres mayores que me miraban como si yo fuera el plato principal de la tarde.
Serví a esa casa desde niño y vi cómo la melena de fuego de aquella mujer ponía de rodillas a los hombres más poderosos del valle, uno por uno, según el día de la semana.
Mi amiga me prometió una noche de disfraces y descontrol. Me puse el traje más atrevido del sexshop y bajé a la calle sin imaginar lo que me esperaba en ese bar.
Siempre me dije que mis deslices eran culpa del alcohol. Esa mañana, sobria y a plena luz, supe que me había estado mintiendo.
El zumbido del aire acondicionado era la banda sonora de su jaula dorada. Esa noche, una llanta reventada la dejó frente a tres desconocidos y al borde de lo que jamás se permitió desear.
Nunca me han atraído los hombres, pero la verga gruesa de un macho que sabe ordenar me pierde. ¿Eso me hace bisexual o algo peor? Necesito que alguien me lo diga.
Las dóminas los estrujan, anillan, queman. Nosotras apenas lamemos. La primera vez que miré unos de cerca fue en un piso de estudiantes, mucho antes de arrodillarme ante nadie.
Llevábamos años con una regla clara, pero aquella mañana entendí que renovar el contrato significaba subirme a la mesa de la notaría delante de todos.
Mi hermana estaba en el extranjero y me tocó a mí asistir. Cuando mi sobrino me reclamó su regalo frente a sus amigos, supe que esa noche no volvería a casa siendo la misma.
Bajé la guardia en cuanto cruzó la puerta de la cuadra. No vine a buscar nada de eso, pero su voz me ordenó arrodillarme y ya no supe decir que no.
Supe que algo iba mal en cuanto le vi la cara al entrar. No hubo saludo, solo una frialdad calculada y una orden: «Di en voz alta de qué eres responsable».
Cuando se abrió la puerta del ascensor y vi la del piso entornada, entendí que esta vez no habría reglas. Y una parte de mí lo estaba deseando desde hacía días.
Sabía que esos dos no me habían invitado solo a pescar. Y yo, si soy sincera, tampoco había dicho que sí solo por el río.
Nunca imaginé que un domingo cualquiera en el río terminaría conmigo de rodillas sobre el pasto, entregada a él y suplicando que no parara nunca.
Estoy desnuda mientras escribo esto. Y quiero que sepas exactamente lo que pasa por mi cabeza cuando cierro la puerta y nadie puede oírme.
Cerró la puerta del cuarto con toda mi ropa en las manos y me dejó de rodillas, desnuda, con una sola orden: «Te espero en el auto».